jueves, 30 de junio de 2011

Más allá de la sumisión y de la simple rebeldía

Por Genaro Tolosa*

[Honorable memoria dejas aunque ya no respires Profesor Álvaro Antonio Rendón Moreno] 

Robespierre: “La inmortalidad. Nada asusta más a los sepultureros”. 

¿Por qué quejarnos tan ingenuamente? “Estamos hartos de tanta violencia”, ¿no será más bien que estamos hartos de la impotencia de nuestra violencia obscura y no aparente, vencida por la violencia cruda, desalmada de los rebeldes sociales llamados delincuentes? ¡Qué absurdo!, admitámoslo. La realidad es lucha, imposición de unas voluntades sobre otras, esto, al parecer, nunca será distinto. Me refiero a cómo funciona la naturaleza, no tanto a las sociedades, aunque siendo seres de la naturaleza, me parece muy difícil que no seamos potencialmente muy violentos algún día. ¡Me parece bien!, la potencia de ser violentos debe estar siempre en nosotros mismos, aunque el hecho tan recurrente de ser violentos con nosotros mismos hace que tengamos siempre al acecho el peor enemigo que podemos tener entre todos los seres de la naturaleza: y ese ser… es… ¡Abracadabra!... Veámonos en un espejo y sabremos muy bien quién es nuestro enemigo de enemigos. 

Nos quejamos que haya asesinos, nos quejamos pues no se atienen a cierto tipo de valorización humana de la vida. Ellos han asumido otros valores, el valor de la supervivencia que requiere la muerte inmediata del otro, y lo han hecho no sin ciertos argumentos nuestros. ¿Nos hemos preocupado por insertarlos en el promovido tejido social?, ¿basta un miserable trabajo como asalariado para satisfacer la dizque buena vida que promovemos ideológicamente? No. Hay algo digno de admirar en el delincuente, en el asesino, en el secuestrador, en el violador, en el narcotraficante, en el empresario que mata para no tener competidores, y en todo ser humano que asesina a sus semejantes. Ellos asumen sus propios valores, desechan los que no les sirven y lo hacen según el alcance de su inteligencia simiesca. ¿Matar es malo?, pregunta estúpida para ellos porque saben lo fácil que puede uno vivir siendo un parásito descarado. 

¿Qué somos nosotros “los pacíficos”? ¿No matamos? Sí, matamos, pero de manera inconsciente, aunque a veces de manera bastante consciente, estudiemos a las clases políticas y comerciantes de todo el mundo. Matamos la dignidad, matamos la ilusión por la vida, matamos el instinto, matamos la individualidad, matamos toda esperanza en esta vida gracias a los valores de la sumisión, en los valores inculcados al hombre “masa”. Nos fascina matar al hombre luchando por hacerlo un robot tiranizado por la moral que exalta el deber abstracto y no interiorizado. 

Hay hombres que no soportan el valor de la sumisión y hacen bien, se rebelan. ¡He aquí en lo que te considero estúpido, mediocre transgresor de los valores de la sumisión! Bueno, vive matando así, asume tales valores; tu problema es que los valores que le dan placer a tu cuerpo, te pueden dar una muy pronta muerte, desenlace definitivo para tus fines intrascendentes. ¿Y todo para qué? Sí, te dedicaste a ser un parásito descarado, le diste gustos, más que nada, a tus instintos más simples, penetraste como autómata cuantas vaginas dispusieron de tu finito tiempo, la bebida no existía para ti sino tú para la misma, te “inmortalizaron” en un corrido barato y digno para el olvido, digno para el basurero de la historia. ¿Te consuela algo ser recordado sólo por los tuyos? Con qué miserias te conformas. En pocas palabras, le diste sentido a tu vida gracias sólo a tu bendito y vulgar hedonismo, ese es el Dios obscuro del que eres un esclavo inconsciente,
pendejo y de pilón en apariencia alegre. Eres meta del impulso inmediato y tu meta nunca es el goce más humano. ¿Qué tan diferente eres de las bestias? Polvo intrascendente eres y serás. 

Te pregunto, ¿siempre te sientes feliz, aún la idea de morir te hace feliz?, ¿puede el auténtico hombre ser absolutamente feliz sin sentirse feliz por vivir y por morir?, ¿se puede ser totalmente feliz sin ver que con la muerte debe de haber una forzosa amistad? Te concederé a lo mucho que sí le perdiste algo de miedo a la muerte, pero aún así, ¡qué lástima!, ser feliz para ti es tu sentir y morir es ya no sentir, eso quiere decir que tu felicidad tiene principio y un patético fin, pues placentero no lo es, a menos que creas en la vida hedonista después de la muerte, no dudo que tu estupidez llegué hasta creer en esas niñerías. 

¡Pobre imbécil!, ¡qué absurda es tu vida! Estás a la deriva de las fuerzas que hacen de ti un títere conformista. ¡Tu muerte es lo único que tiene sentido para los demás! ¡Qué lamentable!, inutilizas tu más gratificador talento, limitas tu voluntad, tu poder, todo tu potencial infinito lo limitas al placer simplón, no destruyes valores del ahora para forjar los valores del mañana; eres instrumento de un fenómeno natural llamado violencia, estratégico instrumento del revolucionario. Al revolucionario no le basta el placer individual, los proyectos individuales y finitos porque estos no trascienden su muerte. El revolucionario es el más ambicioso de los ambiciosos, tiene un hambre muy distinta a tu mediocre hambre. El vivir gracias a un reto tras otro para ser más de lo que es, inmortalizando así su voluntad, y no estar encadenado nomás al vivir burdo, tan insuficiente, eso es lo que desea con todo su ahínco el revolucionario. Sí, hay que sacar provecho de los instintos más básicos para ser feliz, pero no atándonos a ellos para impedirnos ser aún más felices. ¡Lograr todo lo que podemos lograr, qué insuperable vivir! 

*Estudiante de la licenciatura en filosofía en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

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