domingo, 5 de junio de 2011

La condición de la Existencia humana en Pascal






 
EL HOMBRE: ENTRE EL UNIVERSO Y LA NADA.
En su obra "Pensamientos", Pascal expone lo que puede llamarse una caracterización de la condición humana. En ella hace mención de la situación del hombre en el universo, de sus miserias y grandeza, así como de la solución al problema general de la existencia humana. 

Presumiblemente, el hombre se caracteriza por ser una criatura situada entre la nada y lo infinito. Su poder de acción y de pensamiento no es capaz de abarcar ese infinito, al igual que tampoco puede reconocer esa nada de la que proviene. La nada es también como otra especie de infinitud, tan alejada del conocimiento y la acción humana como el todo. Los límites humanos están descritos por la naturaleza de la cotidianidad en que se desenvuelve su existencia.

Pero, en la medida en que el ser humano sea capaz de acceder al todo lo será también a la nada, y viceversa. La nada y el todo están comunicados:

[…] no es necesaria menos capacidad –escribe Pascal en sus “Pensamientos”- para llegar a la nada que para llegar hasta el todo. Es necesario que aquélla sea infinita, tanto en uno como en otro caso; y me parece que aquel que hubiese podido llegar a conocer las últimas razones de las cosas conocería también lo infinito. Lo uno depende de lo otro, y lo uno conduce a lo otro. Los extremos se tocan, se reúnen a fuerza de ser lejanos, y se encuentran en Dios, y en Dios solamente.

Por otro lado, Pascal considera también que el conocimiento de la totalidad, del universo infinito, no es posible sin el conocimiento de las partes que lo constituyen. Todas las partes de ese todo están interrelacionadas entre sí y con el todo mismo. Por esto es que, un pretensioso conocimiento humano del universo debe iniciar por lo que inmediatamente se relaciona con la existencia humana. Pero, además de la dificultad cuantitativa que implica llegar a conocer la totalidad de relaciones que constituyen al universo, hay otra de tipo cualitativa: el ser humano es una cosa compuesta de alma y cuerpo, no una mera cosa ni un espíritu puro. Esto conduce al hombre a diversos errores en el conocimiento tanto de las cosas puramente materiales como de las espirituales, confundiéndolas entre sí.

LA MISERIA Y LA GRANDEZA HUMANAS.
El hombre posee, al igual que todas las cosas singulares, el carácter de la finitud. Sólo el universo y la nada son infinitos, y se encuentran solamente en Dios, según el pasaje antes citado. Esa finitud es lo que constituye la miseria del hombre, expresada en sus limitaciones para conocer perfectamente y para existir perfectamente, es decir, para acceder a la verdad y a la felicidad. Sólo la experiencia y el conocimiento de Dios pueden proporcionar al hombre estos bienes que, pese a que le son inaccesibles a sus meras fuerzas humanas, parecen estar grabados en su ser como necesidades inherentes a su existencia. El hombre busca la verdad y la felicidad por más que nunca pueda acceder a ellas de manera efectiva.

Por otro lado, la grandeza humana está expresada en el hecho de que el hombre es consciente de esta miseria, de su finitud: 

La grandeza del hombre es grande –afirma Pascal-, porque el hombre conoce su miseria. Un árbol no conoce su miseria. Es, pues, ser miserable el hecho de sentirse miserable; pero es ser grande, el hecho de conocer que se es miserable.
Tales miserias no provienen sino de la grandeza misma. Son miserias de gran señor, de rey desposeído.

La dignidad humana, lo que le da al ser humano su esencia, es el pensamiento; por esto, el deber más importante del hombre debe ser el uso adecuado de su pensamiento. Aunque muchas cosas del universo nos trasciendan en el orden de lo físico, nosotros podemos trascender al universo por nuestra consciencia, por nuestro entendimiento. Ningún otro ente singular en el universo tiene esta especial capacidad de poder contener en sí la totalidad de lo físico, por lo que adquiere ante nuestros ojos esa dignidad que lo aproxima a Dios. Por eso Pascal lo llama un “rey desposeído”. 

Esta imagen del rey desposeído es una clara alusión al mito bíblico del pecado del primer hombre, del pecado de Adán. Para Pascal, como para todo cristiano, el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza. Sólo por alguna falta, por alguna culpa humana, pudo el hombre descender de su condición divina a su actual condición. Pero, si nos aventurásemos en una interpretación de ese pasaje bíblico en su nexo con la explicación de la condición humana, ¿qué diferencia encontramos entre ambas condiciones, es decir, antes y después de la caída? ¿Qué ha perdido ese “rey desposeído” que es el hombre? Al parecer, ha perdido una relación directa, originaria, con Dios; pero también la ingenuidad de una existencia inconsciente de esta misma relación. Fruto de la libertad del hombre (la cual también es un reflejo de la imagen de Dios en él), su caída lo condiciona a buscar una nueva forma de unión con Dios, en la búsqueda de la verdad y de la felicidad.

La separación del hombre de Dios se expresa en una separación con respecto a la naturaleza: el hombre debe trabajar para sobrevivir, ganarse el pan “con el sudor de su frente”; pero también debe someterse a reglas morales que moldeen la conducta entre los individuos, entre los dos sexos, al igual que entre quienes realizan diferentes funciones sociales. El hombre ha sido expulsado del jardín del Edén y su único mundo es el que él mismo constituye con su libertad (la Sociedad), y ya no tiene otro destino que el destino de su Historia.

Pero, la grandeza del hombre que se expresa en su pensamiento no existe sin obstáculos. Entre estos podemos mencionar a la vanidad y las ocupaciones cotidianas. El pensamiento que subyace mientras se es vanidoso o se está ocupado no es un pensar libre, no es la consciencia de nuestra real situación en el mundo, sino una huida de él y de nosotros mismos.

La vanidad es descrita por Pascal en el siguiente pasaje:

(Nosotros no nos contentamos de la vida que tenemos en nosotros y en nuestro propio ser; queremos vivir en la mente de los otros una vida imaginaria, y nos esforzamos por esto en ostentar apariencias. Trabajamos incesantemente en embellecer y conservar este ser imaginario y descuidamos lo verdadero; y si poseemos la tranquilidad y la generosidad o la fidelidad, nos apresuramos a darlo a conocer, a fin de decorar con virtudes este ser imaginario; y aún preferiríamos separarlas de nosotros para dárselas a él; y de buena gana seríamos cobardes para adquirir la reputación de ser valientes. ¡Grande signo de la nada de nuestro propio ser, no darse por satisfecho de lo uno sin lo otro, y renunciar frecuentemente a lo uno por lo otro! Que aquel que no muriese por conservar su honor, sería infame.)

La vanidad expresa la separación del hombre de sí mismo en la “imagen pública”, la cual se vuelve un fin en sí mismo, en lugar de ser un simple medio de comunicación humana. La existencia humana como de “gran señor caído” trae consigo la necesidad de la unión del hombre con sus semejantes, para volver a la unidad originaria con la naturaleza; pero tal unión sólo es posible si en los medios que se emplean para ello se expresa la verdad de cada individuo, y no otra cosa que él no es. El verdadero pensamiento y la verdadera consciencia deben ser capaces de encarar la realidad de uno mismo, por muy dolorosa que sea, reconocerla, para que uno viva con ella adecuadamente. En la vanidad, la dignidad humana que es el verdadero pensar, se halla todavía inactiva.

Por otro lado, las ocupaciones son otro modo en que el ser humano se olvida de sí mismo, adoptando una máscara social. Correlativa a estas ocupaciones se halla también la “diversión”. 

Encárgase a los hombres, desde su infancia –escribe Pascal-, del cuidado de su bien, de su honor, y aun del bien y del honor de sus amigos. Les abruman con ocupaciones, con el aprendizaje de las lenguas y de las ciencias y se les da a entender que no podrán ser dichosos sin que su salud, su honor, su fortuna, y la de sus amigos estén en buen estado, y que una sola cosa de estas que les falte les hará desgraciados. Así se les dan cargas y negocios que les hacen fatigarse desde que apunta el día. ¡Extraña manera de hacerles dichosos, diréis! ¿Qué mejor podría hacerse para convertirles en desgraciados? ¡Cómo! ¿Qué podría hacerse mejor, decís? Se podría quitarles todos esos cuidados; con lo que se vería si pensarían en lo que son, y de dónde vienen, y a dónde van… Así es que nunca se les ocupará ni se les apartará demasiado. Por eso vemos que, si después de tantos negocios, les queda algún tiempo de descanso, lo que se les aconseja es que se diviertan, que jueguen, y que se ocupen siempre por completo.

Al igual que con la vanidad, con las ocupaciones y su correlato, la diversión, el hombre huye de conocerse a sí mismo en su finitud, en su miseria. En el fondo de su consciencia subyacen las imágenes que le señalan todos sus defectos, junto a la ineludible imagen de la muerte, que no es más que como una síntesis de todas las impotencias humanas. Pero el hombre se esfuerza por olvidar esta realidad suya, y se ocupa de las cosas exteriores, se pierde en medio de ellas.

Este recurso de olvidarse de sí, por supuesto, no cura al hombre de su real condición, sino que simplemente la oculta por un cierto tiempo, imposibilitando que el individuo busque la verdadera cura. Para Pascal, ésta última no se encuentra más que en Dios, a quien no es posible conocer ni por la razón, ni por la intuición, sino sólo por la fe. Pero el pensamiento tiene también su parte, como el medio por el que podemos reconocer nuestra miseria y la felicidad perdida que debemos buscar nuevamente.

Salomón y Job han conocido, mejor que nadie, la miseria del hombre –dice Pascal-, y han hablado, mejor que nadie, de ella: el uno el más dichoso, el otro el más desgraciado; el uno conoce, por experiencia, la vanidad de los placeres; el otro, la realidad de los males.

Pascal afirma lo paradójico que es considerar que el fastidio puede llegar a ser un gran bien para el ser humano, mientras lo lleve a sí mismo, a reconocer su finitud, su miseria, y entonces busque un remedio para ella; mientras que la diversión, que se suele tomar como un bien, puede ser el peor enemigo del hombre, en tanto que lo aleja de buscar una solución al problema fundamental de su existencia. Sólo cuando el placer y la diversión se convierten en hastío o en hartazgo y se reconoce su vanidad, como con Salomón, adquiere un valor positivo, como una vía del hombre hacia sí mismo.

Para Pascal, el problema fundamental de la existencia humana es el exilio de Dios en que se halla situada. Por esto, el ser humano debe encontrar el camino de regreso, ya no al jardín del Edén, irremediablemente perdido, sino a una nueva armonía en donde la consciencia, que es la dignidad del hombre, ocupe un lugar central, pero sólo como el camino preparatorio para el encuentro con Dios, el cual se puede realizar sólo con la fe. La filosofía, puede decirse, es también ese camino preparatorio, teniendo como objeto fundamental de estudio al ser humano; sin embargo, es la religión quien tiene la última palabra.

Fuente: Podcast Filosofía



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