domingo, 1 de junio de 2014

Dos aspectos de la religiosidad

 


por Mauricio Enríquez

La filosofía de la religión tiene por objeto de sus indagaciones la naturaleza específica de los hechos o fenómenos religiosos, los cuales orbitan en torno al concepto fundamental de lo sagrado. Este concepto, también puede entenderse como lo absoluto, o lo indeterminado, o lo infinito, o simplemente, Dios, entre otras posibles denominaciones. Y estas indagaciones filosóficas mencionadas se deslindan de aquellas que son impulsadas por ciencias particulares como la psicología, la sociología o la antropología social, en que aspiran a una determinación esencial de lo religioso sin reducir o simplificar en la abstracción al fenómeno religioso, sino respetando la compleja totalidad que lo conforma. 
 
El fenómeno religioso no se agota en la experiencia subjetiva del individuo, como una suerte de ilusión de la conciencia, sino que puede ser (y de hecho es) algo compartido por una comunidad; asimismo, la dinámica de las instituciones religiosas es tan solo un aspecto parcial de la religiosidad; en fin, aunque se diga que lo religioso es algo exclusivo del ser humano y, por tanto, corresponde a la antropología su análisis, no debe soslayarse que los contenidos de las religiones no se refieren sólo al hombre, su quehacer en el mundo y los productos de este quehacer, sino también a lo que le es extraño dentro de la naturaleza, y tan lejano como las innumerables estrellas del firmamento. Así, lo religioso en su realidad es un fenómeno que difícilmente puede ser explicado adecuadamente por las ciencias particulares.

En lo que sigue expondré mi particular forma de ver la religiosidad, término por el que entiendo en general la actitud humana frente a lo sagrado. Para esto es que primero he de hacer una somera conceptualización de lo sagrado, siguiendo una vía que no sea monopolizada por ninguna perspectiva científica particular, aunque pueda tomar elementos de alguna de ellas. Me atendré sobre todo al uso del buen juicio. Igualmente, una vez sentado el concepto o categoría principal, continuaré con el mismo método en la delimitación de dos aspectos que, personalmente, me parecen destacados de la actitud religiosa: el temor y la devoción. Con relación a ellos, se analizarán sus dimensiones de racionalidad e irracionalidad.

1. Lo sagrado.
Pensando en una definición lo más próxima a su realidad podría decirse que lo sagrado es aquello que en la existencia humana escapa constantemente a ser atrapado, ya sea en un sentido físico o en un sentido intelectual. Es un ser, o el Ser, no una entidad particular. Es, además, absolutamente determinante y no puede ser determinado por nada. La naturaleza, y dentro de ella el mundo del hombre, están determinados por la fuerza o poder de lo sagrado. Los seres humanos existimos moviéndonos siempre dentro de ese poder, somos parte de él, pero nos distinguimos de él. Tal distinción es la misma que podría establecerse entre lo finito y lo infinito, o entre lo que puede medirse y lo que es inconmensurable. La forma de determinación propia de lo sagrado no es la de la causalidad, la de la conexión exterior de una causa (lo sagrado) y un efecto (naturaleza y mundo), sino la de la expresión del poder particular de las cosas: cada cosa expresa el poder de lo sagrado en su propio poder. 

La actitud del ser humano ante lo sagrado constituye su religiosidad, la cual puede asumir diversas formas de acuerdo con la personalidad de cada quien, aunque existen algunas formas típicas. Cada una de estas formas puede ser más o menos racional, más o menos irracional. El caso es que la religiosidad parece ser una característica esencial del ser humano, aún cuando no se asuma como religioso o creyente.

¿Cómo explicar esta religiosidad intrínseca del hombre? El psicoanalista alemán Erich Fromm escribió en El arte de amar, uno de sus libros más populares, acerca de una condición necesaria de la existencia humana que él denominó “separatidad”. Según Fromm, la separatidad es producto de la experiencia traumática del nacimiento, en que el neonato se siente arrancado de la seguridad del mundo materno (la matriz); producto de esta afección, el hombre se siente solo y angustiado, y busca de alguna manera la unidad existencial perdida con el nacimiento. ¿Cómo lo hace? Hay varias maneras. Una de ellas es la que lleva a cabo el artista cuando, al crear su obra, se une símbolicamente con el mundo. Otra de ellas es la unión a través del amor, del cual hay varios tipos: amor fraterno, sexual, materno, a Dios, etc. La religiosidad como amor a Dios sería para Fromm una de las respuestas al problema de la separatidad humana, la cual es una condición intrínseca a nuestra naturaleza.

Y quizás sea este amor a Dios el que comprenda en sí al resto de tipos de amor de que nos habla Fromm en su libro, además de ser el único que resuelve de manera absoluta el problema de la soledad humana.

2. El temor.
El miedo o temor es una de las actitudes que puede adoptar el ser humano frente a lo divino. Esto, debido al carácter avasallador de su poder, así como por su naturaleza oscura, incognoscible. En las religiones primitivas, el temor ante el poder de los fenómenos naturales y la ignorancia de sus causas, determina la actitud religiosa a través del tabú, del sacrificio u otros ritos, mediante los cuales se espera escapar a las consecuencias negativas de la “ira de los dioses”. 
 
Pero no es el temor una actitud exclusiva de las religiones primitivas, sino que aún en las más desarrolladas, como el judaísmo o el cristianismo, se mantiene este temor bajo la forma de la “conciencia culpable”. En estas religiones, el creyente se ve impulsado a actuar con fidelidad a un cierto sistema de normas morales, por miedo a mantenerse en la condición innata de “pecador”. Y es que “la paga del pecado es la muerte”, entendida como esa separación en que nos hallamos de la unidad originaria. Nacemos en la muerte, pero queremos pasar de la muerte a la vida, salvarnos, recuperar la relación con lo sagrado. 
 
El problema del temor como parte de la religiosidad es que sólo nos remite a la obediencia absoluta, sin ningún cuestionamiento. Desobedecer es pecado. Pero esta desobediencia es por lo general con respecto a la autoridad religiosa y, no tanto contra las “leyes divinas”, las cuales son interpretadas por el ser humano de una manera siempre provisional, nunca definitiva o exacta. Así es como el legítimo temor que puede ser un estímulo para el conocimiento degenera en un acicate para la obediencia más dogmática. Y vemos que el temor, ya sea legítimo o no, es primordialmente de una índole irracional; aunque el legítimo puede tener cierto grado de racionalidad, en tanto que no encadene al creyente a determinado tipo de conducta, sino que abra a ésta gracias al estímulo de la reflexión y del ejercicio del pensamiento.

3. La devoción.
Mientras que el temor es una especie de tristeza ante la posibilidad de que nos ocurra un mal, y esto nos motiva a recuperar nuestra perdida relación con lo sagrado para estar tranquilos o felices, la devoción no es otra cosa que la alegría que surge en nosotros, producto de esa misma relación recuperada. Es la alegría que conlleva la práctica religiosa y que se refuerza a sí misma en ella.

Al igual que el sentimiento de temor, la devoción puede adoptar dos formas generales: aquellas que se fundamenten en la pura imaginación y la pasividad humana, y por otro lado, aquellas formas en que la devoción va acompañada de cierto grado de actividad racional. Entiendo aquí por imaginación y razón en el sentido que a estos términos les da el filósofo Baruch de Spinoza. 
 
La imaginación es un tipo de pensamiento del cual no somos entera o principalmente su causa, sino que es causado en nosotros por algo exterior que nos afecta. En este sentido, la imaginación ha de entenderse siempre como una forma pasiva de la facultad humana de conocer. Por otro lado, la razón significa la forma activa de representarnos el mundo donde, como dice Spinoza, afirmamos las propiedades de las cosas mediante el establecimiento de sus oposiciones y similitudes, desde un esfuerzo del alma. La razón forma ideas “adecuadas” porque éstas son productos de una actividad conciente del alma y no del azar de nuestras afecciones, como en la imaginación.

Prácticamente todas las formas religiosas se fundan en la imaginación. Todas ellas implican elementos de tipo simbólico: ritos, objetos rituales, fetiches, hábitos, tabús, etc. Por ejemplo, en nuestro contexto, la religión católica posee muchos de esos elementos: el rezo a los santos, las imágenes de tales santos, el crucifijo o el escapulario, etc. En estos elementos, lo sagrado como algo absoluto e infinito se pierde, pervirtiendo la devoción genuina en una simple superstición o idolatría. La alegría originada en cualquier práctica religiosa que implique estos elementos no deriva de una verdadera relación con lo sagrado, y por tanto es una devoción ilegítima.

Una verdadera devoción no puede apelar a la mera imaginación del creyente, sino que debe sobre todo despertar sus funciones psicológicas superiores, su racionalidad. Y aunque no pueda penetrar cabalmente el misterio de lo divino, se aproximará más a ello.

4. Conclusiones.
El ser humano no puede evadirse de la necesidad intrínseca a su naturaleza de buscar la reunión con lo absoluto o sagrado. Esta necesidad puede manifestarse en diversos modos que constituyen las distintas religiones. Y en tales religiones hay en un mayor o menor grado elementos de tipo racional. Esta diferencia de grado racional no puede soslayarse cuando se pretende discernir entre una religión arcaica y otra más desarrollada. 
 
Las actitudes o sentimientos del temor y de la devoción, presentes en todas la formas de religiosidad, son también susceptibles de calificarse de adecuadas o inadecuadas. Lo adecuado de estos aspectos de la religiosidad consiste en permitir la apertura de las posibilidades de desarrollo del hombre. Por esto, las religiones que van más allá de meras representaciones afectivas de lo sagrado y que exigen el uso del entendimiento para acceder a ello, son más adecuadas que las que no lo hacen. La religiosidad, como característica inseparable del ser humano, se expresa más cabalmente en ellas.

5. Referencias bibliográficas.

Fromm, E. El arte de amar. Paidós. Barcelona. 2007.
Otto, R. Lo santo. Alianza editorial. Madrid. 2005.
Spinoza, B. Ética. Trotta. Barcelona. 2005.


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