domingo, 2 de septiembre de 2012

Persona y Ciudadanía en México



La situación de la violencia en México durante el sexenio del todavía presidente espurio, Felipe Calderón, no sólo pone a pensar cuál es el sentido de la persona humana, sino que lo hace en medio de una angustia inevitable. ¿Cómo es posible la muerte de casi 70 mil personas, la mayoría civiles, y la mayoría de esta mayoría ajenas a las actividades delictivas (los llamados “daños colaterales”)? ¿Cómo es posible que este presidente no manifieste ninguna contrición ante tan “inhumano” acontecimiento? ¿Por qué parece haber perdido todo valor la vida humana? 

Detenernos a reflexionar sobre estas cuestiones es algo que no se debe posponer, puesto que es muy probable que no sea un hecho casual, algo exclusivo de este sexenio, algo que va a desvanecerse cuando Calderón deje el poder. Él pudo ser el detonante, pero las condiciones para la explosión ya estaban dadas desde antes de su arribo al gobierno. El próximo gobierno de México tendrá frente a sí las mismas condiciones que han hecho posible la barbarie por la que hemos atravesado en los últimos seis años. Ellas son las raíces de la deshumanización en México, que el próximo presidente podrá intentar eliminarlas o, como lo hizo Calderón, fortalecerlas más aún.

Algunas de dichas condiciones son la pobreza, la ignorancia, la corrupción, la promoción de una cultura hedonista, consumidora y vanidosa; y todo esto, con un origen común: la ambición al dinero de una clase social parasitaria, pero capaz de reprimir a la sociedad entera en virtud de su poder político. En el fondo, nos encontramos con el modelo económico neoliberal como la causa de esta tragedia mexicana. Y los modos en que acontece la deshumanización son: la desfiguración de la persona, en lo individual, y de la ciudadanía en lo colectivo.

El valor de la persona.
¿Qué significa ser una persona? La pregunta adquiere su pertinencia al observar, por ejemplo, el fenómeno del tráfico de inmigrantes por el crimen organizado en México, como si fuera un negocio cualquiera; además de disponer de la vida de estas personas como si de ganado se tratara. Es algo vergonzoso e indignante. Igualmente, podríamos mencionar los feminicidios de Ciudad Juárez, o quienes mueren por efecto de “balas perdidas” en el fuego cruzado entre policías y delincuentes, y muchos otros casos en que las autoridades permanecen indiferentes, dejando tales crímenes en la impunidad. 

¿Quiénes son las personas? ¿Las víctimas? ¿Los victimarios? El homicidio es, quizás, la mayor afrenta a la humanidad, por lo que es algo que va contra el propio homicida, que se deforma a sí mismo en su acción para convertirse en una aberración humana, en un monstruo. Y, no obstante la inhumanidad de la acción homicida, tiene una lógica o un sentido, un motivo pasional extremo: el dinero, o algún tipo de poder que finalmente ha de retribuirles dinero. No hay una finalidad moral o de bien común en las acciones criminales, aunque organizaciones como “Los caballeros templarios” se asuman como un “grupo insurgente”. Es poco probable, por otro lado, que dichas acciones obedezcan principalmente a un mero gusto por matar seres humanos. Atribuir a la locura este problema social sería desviarnos de sus causas verdaderas e impedirnos darle una solución adecuada.

Ya en el siglo diecinueve, Marx señaló que el capitalismo es un sistema de producción que desvaloriza la vida de los trabajadores, a través de la explotación laboral; en él, es el capital quien se impone como algo vivo y con personalidad propia a los hombres, incluyendo a los mismos capitalistas, que fungen como sus agentes. El capital genera en ellos la pasión de la avaricia, así como del poder como instrumento para satisfacer aquella. Y a quienes conforman las clases desposeídas los cosifica convirtiéndolos en meras mercancías. ¿Acaso no es esto mismo lo que observamos ante la inhumana explotación de la persona en México?

La verdadera persona no debe tratarse nunca como un medio para otra cosa, sea personal o impersonal, sino que debe sernos siempre un fin en sí mismo. Pero, además, debe sobre todo respetarse lo que podríamos llamar su esencia: su voluntad libre. Esta libertad de la voluntad, sin embargo, no es algo dado de por sí en la existencia humana, sino algo que se cultiva (y que se conquista), y aunque depende en cierta medida de la condición socioeconómica del sujeto, creo que depende más de su desarrollo cultural. Este tiene que ver con la asunción de ciertos valores necesarios para la existencia humana tanto como lo son el comer, el beber y la comodidad, que conciernen más que nada a lo económico. La música, la literatura, el arte en general, la historia, la filosofía, entre otros contienen dichos valores, que deben ser inculcados a los individuos a través de la educación.

Ciudadanía débil: un México sin rostro.
Al mencionar el término “ciudadanía” no pretendo referirme a algo meramente exterior a la persona, que por el solo hecho de haber nacido en México y tener 18 años, por ejemplo, ya soy un ciudadano o tengo la ciudadanía mexicana. Más bien me refiero a la condición política que un conjunto de personas hacen valer con la fuerza de su organización, de acuerdo al marco constitucional de la nación. En este sentido, la ciudadanía no es algo que nos llega, que cae del cielo, sino que se conquista.

En cierto modo, se puede decir que la ciudadanía requiere que dentro de la sociedad se formen verdaderas personas, esto es: seres humanos activos, con una voluntad libre. El ciudadano es la persona que siempre está al cuidado de las leyes que redundan en provecho de todas y cada una de las personas que forman la sociedad, que incluso participa en su elaboración, puesto que él mismo como persona, es el principio y fin de esas leyes. Las leyes y el estado en general deben ser entendidas como un medio para el desarrollo de la persona, y no como un fin último. 

Esta participación de los ciudadanos mexicanos es la que ha estado ausente en los últimos años, al dejar pasar acciones gubernamentales que violan la constitución (como la ley televisa, en 2006), donde el poder ejecutivo y el legislativo, no han tenido la menor resistencia de la ciudadanía.

Marx y Engels, en su “Manifiesto del Partido Comunista”, exponen las distintas etapas de la organización del proletariado, desde la mera acción individual hasta la conquista de una situación en la cual se hace capaz de disputarle el poder político a la burguesía. En esa cima de la organización proletaria se promueven no sólo valores de tipo económico, como lo haría una mera organización sindical, sino de todos los tipos que sirvan a la naturaleza humana (laicos, por supuesto): valores morales, históricos, estéticos, políticos, lingüísticos, etc. Por ello, en esta lucha se busca la conformación no sólo de un nuevo gobierno, sino de una nueva persona, a través de esa organización lograda que es la ciudadanía.

Conclusiones.
Sería ocioso entrar en la indagación de si es la persona quien define la ciudadanía o es la ciudadanía lo que posibilita la emergencia de la persona. Ambas son un reflejo de la otra, son fenómenos concomitantes. Lo que importa es ver cómo es posible su desarrollo. Y, según podemos interpretar del marxismo, esto es a través de la interacción social organizada en torno al bien común. Si el crimen se organiza, ¿podemos ser tan pesimistas para creer que el amor y la solidaridad no pueden hacer lo mismo, y con igual o mayor fuerza, en torno a la justicia? 

La deshumanización en México, manifiesta en el apogeo del crimen y la explotación, tiene su origen en que no es el ciudadano quien lleva las riendas de la vida social, sino los políticos corruptos que él mismo ha tolerado: desde el presidente de la república hasta el más insignificante político; y, junto con estos políticos, los poderes fácticos del crimen organizado, entre otros. Tiene su origen en la falta de una verdadera democracia, porque no se ha conquistado la verdadera ciudadanía. Todos somos responsables de esta tragedia nacional, no sólo el gobierno. Y antes que esperar una solución de parte de la clase política, debemos construirla con nuestras propias manos.

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