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lunes, 17 de marzo de 2014

Una respuesta de Kierkegaard a la pregunta: ¿cómo valorar la vida?





 
por José Carlos Ramírez Molina

La existencia pertenece al hombre libre, libre de elegir, de preferir, de valorar diferentes alternativas, aceptando unas y rechazando otras, comprometiéndose en el acto libre consigo mismo. Porque al elegir y valorar lo externo, realiza al mismo tiempo una valoración interna. Así es como llega a ser más individuo y menos forma parte de la masa; porque el unirse a ésta masa, a este estado o pensamiento universal, anula la posibilidad de la responsabilidad personal, la existencia autentica y la libertad.
Es evidente que todo ser humano se distingue de los demás individuos, sólo hace falta echar una mirada. En la falaz masa de los estadios de futbol por ejemplo, la valoración se vuelve común a la totalidad porque se siente, piensa y actúan todos con un mismo fin. Esta masa enloquecida puede realizar actos que de manera individual y fragmentaria, no se concebirían. Lo que hay que buscar entonces es la individualidad, la separación de esa masa inautentica, para afirmar mis propios principios de valoración y conducta; aunque signifique ir en contra de la corriente social. Esto es la individualidad de la valoración valorante en Kierkegaard.
Tras escuchar a Schilling en Berlín, el filósofo Danés adquiere simpatía por la filosofía positiva, que versa sobre el qué de las cosas, su existencia y su valor en la experiencia concreta. No obstante, no podía pasar por alto la magnitud de la obra de Hegel, que era, mas bien una filosofía negativa, moviéndose solamente en el ámbito de las ideas abstractas y deduciendo conceptos y esencias, mientras se le escapaba la existencia individual. Al no empatizar con Hegel, y en general con un rigor sistemático, no me sorprende que se dude en considerarle un filósofo en el sentido estricto, mas bien podemos entonces considerar a Soren como un pensador subversivo y revoltoso, como en su tiempo lo fueron Aristipo de Sirene, Diógenes de Sinope y Epicuro de Samos.

La filosofía de Kierkegaard es personal, vivida, autobiográfica, y podemos decir que es un ejemplo de lo que Nietzsche dice al afirmar que los pensadores no han hecho otra cosa que plasmar sus experiencias propias, y darles un sentido universal, dando así a la experiencia individual y al cuerpo una gran razón.
La dialéctica Hegeliana es autoconciencia, conciencia universal y pensamiento absoluto. La dialéctica del pensador Danés es diferente: busca principalmente la individualidad en la existencia. Propone el transito de una etapa a otra por medio de un acto de la voluntad, de la valoración, de un salto individual a la plenitud. Por esto, la existencia es buscada y optativa. Hay que elegir entre las posibilidades o alternativas superiores, en las cuales el hombre valora, prefiere voluntariamente su forma de ser y existir.
La primera esfera de la valoración de la existencia es el estadio estético y se caracteriza principalmente por una sensibilidad dispersa en lo exterior, en esta fase predomina la valoración desde las emociones, los sentimientos y las pulsiones de vida. El representante es el hombre romántico, que disfruta la música, el drama, lo sublime, la belleza de una obra de arte, se encuentra regido por el principio del placer. El poeta inspirado por una musa puede llevar hasta el límite la imaginación y la pasión. En esta vida valorativa no hay principios morales universales, ni tampoco una determinada fe religiosa, y si, el deseo desmesurado de gozar en toda experiencia emotiva, sensible, corporal, sensual, afirmando por completo la vida y aceptando las posibilidades que pueden ser causa de placer. Porque para el hombre esteta, es lo mismo guardar la ascesis que agotar las posibilidades que brinda la vida y el deleite, por ello podemos decir que el esteta se sitúa más allá del bien y del mal.
Este hombre rechaza todo cuanto limite su afán de disfrutar del néctar de una flor que se encuentre se su caminar. Su existencia es libertad, pasión y pura vida, es pura informalidad, hay un cierto modo de vida indefinida, dispersa, dionisiaca.

Un ejemplo fascinante de esta esfera valorativa lo da Moliére en su tragicomedia Don Juan, basada en la obra del español Tirso de Molina: el buscador de Sevilla. En la obra se presenta un personaje seductor, infiel, bravo, libertino y cínico; Don Juan, caballero que colecciona sus conquistas amorosas, al que principalmente atraen jóvenes de la nobleza como también de la servidumbre, sucumbe ante la belleza de una mujer. Pero lo único que le interesa es conquistarlas para luego abandonarlas tan pronto como degusta de sus encantos. Hay incluso ocasiones en las que enfrenta a rivales demostrando su temeridad por los favores de las jóvenes. Tiene además el impulso de cuestionar a la homosexualidad y a la religión con sus normas morales. Otro ejemplo, por demás ilustrativo lo encontramos en la canción popular Gavino Barrera, hombre que obedeciendo a sus impulsos vitales, seduce a las mujeres bellas que encuentra en cada pueblo al que visita.
En Diario de un seductor el placer no se da por la seducción de la mujer, sino en el cómo llegar al fin buscado. El filosofo de O lo uno o lo otro, afirma que el hombre esteta prefiere seguir encerrado en su sótano, dominado por la pasión sin freno, pero si el hedonista logra tener conciencia de sí como ser disperso y siempre lanzado a una búsqueda insatisfecha, existe la posibilidad de que el hombre en ésta valoración esté cerca de la desesperación, pero que logre superarla. Porque puede darse cuenta de que la pasión lo acompañará durante toda su vida valorativa, como una enfermedad crónica degenerativa. Es decir, no podrá curarse, sólo logrará sublimarla en el segundo estadio. Porque así, su vida será como un mar muerto, donde no hay aves volando, pues a la mitad del camino se rinden y mueren.
Encerrado en un círculo interminable, desesperado, el sujeto tiene la alternativa de permanecer en la valoración estética o dar un salto a un nivel superior por voluntad y compromiso. Hay que elegir, o lo uno o lo otro. Esto quiere decir que al pasar de un estadio a otro sufriremos un mal rato, una angustia, pero no vamos a intentar suicidarnos, como lo hizo el sr Soren.
La siguiente postura de la valoración de la vida es la esfera ética. Aquí el hombre acepta para sí principio morales, acepta la razón razonante universal como base y forma que rige su vida, un principio de realidad, que sublima todas las pulsiones vitales, hace el bien y evita el mal. Su representante por antonomasia es nada menos que Sócrates, el héroe trágico que renuncia a si mismo para poder expresar lo universal, renuncia a la satisfacción pura de los impulsos, y afirma la ley universal de la razón apolínea. El carácter se impone a la debilidad de la sensibilidad, superándola a voluntad con ideas claras y recién paridas. Aquí el individuo siente un fuerte impulso por conocerse a sí mismo, a la autoreflexión para buscar respuestas en su interior.
La valoración estética es una evolución, es dejar de ser jóvenes para convertirnos en adultos. No como Nerón que siempre fue un niño, sumido en su ser, ira y angustia. El hombre valora desde si mismo el compromiso social, le agrada ser maestro, dice si al matrimonio, al amor único, la familia, la amistad, el trabajo, y a Dios, posee un proyecto de vida, estabilidad y continuidad.
La “crisis” de la valoración ética, viene cuando el hombre teme hacerse culpable y mira ésta culpa como posibilidad, percatándose de que puede ser incapaz de cumplir la moral con constancia y adquirir ciertas virtudes. Además, colocado frente al fenómeno de la muerte, la idea de la nada, del vacio, hace su aparición la angustia que pone al hombre frente a Dios. No hubo respuesta en lo ético y por tanto el individuo tiene que valorar su vida y volver a hacer un acto de elección, esto es, dar un salto de fe, a la valoración irracional religiosa, la cual es la cumbre de la existencia.
En el estadio de valoración religiosa hay esperanza en lugar de desesperación, confianza plena en Dios y no angustia, una alegría indescriptible. Niega a la valoración hedonista, la vitalidad del cuerpo, el placer, lo emocional, al Eros, a Dionisos y a la del compromiso con la razón, con la realidad, con Apolo; A lo estético y a lo ético. En cambio se afirma de manera rotunda la pulsión de muerte y se enaltece al yo como espíritu, realizando un movimiento casi místico hacia Dios.
Ser uno con Dios, como individuo absoluto, porque la máxima expresión del hombre individual es para Kierkegaard la relación directa con Dios. Se le ama y no se le quiere ofender, se le rinde obediencia absoluta para cualquier mandato, incluso si te pide matar a tu propio hijo, como es el caso de Abraham; o renunciar a la mujer que amas, como es él mismo el caso al abandonar a Regine Olsen.
¿Podemos ver una valoración mística en este espíritu religioso? Si, porque hay un renuncia total a lo externo, a lo sensible, incluso el aspecto del compromiso social, y además a buscar dentro de uno mismo respuestas a las valoraciones personales, y porque la fe es el punto central. El Maestro Eckart habla de Dios, naturalmente, pero lo percibe como un límite en cierto modo, un límite que debe rebasarse, un ir mas allá de Dios, hasta la deidad misma que se derrama en Dios; tal vez pueda ser esta experiencia inefable la invitación que nos hace el teólogo Soren.
La valoración en Kierkegaard es indiscutiblemente una valoración personal, subjetiva, positiva del sujeto que elige y se compromete con su valoración valorizarte. Esto puede ser deficiente porque da la impresión de excesiva subjetividad y nada de objetividad a la valoración. Pero el carácter intensamente personal es lo que fortalece, porque cada individuo en su existir lo fundamenta.
La vida siendo como es, paradójica y en constante contraste y cambio, en donde el hombre tiene que elegir, valorar, preferir, optar a cada paso, no se puede, sin embargo, regresar, porque el camino recorrido en el tiempo es imposible volverlo a recorrer. Por eso la vida puede ser comprendida viendo hacia el pasado, pero solo ha de ser vivida viendo en el presente, hacia el futuro. ¡somos libres hay que elegir lo mejor!


Bibliografía:
Risiesi Frondizi. ¿Qué son los valores?. Edit. Fondo de cultura económica.
García Morente. Lecciones preliminares de Filosofía. Edit. Porrúa “sepan cuantos”
Copleston. Historia de la filosofía, Volumen 3. Edit. Ariel filosofía.
Kierkegaard Soren. O lo uno o lo otro. Edit. TusQuest.
Kierkegaard Soren. El concepto de Angustia. Edit. TusQuest.


viernes, 8 de marzo de 2013

Diálogos con la Historia: valores éticos en Spinoza





Conversación con el historiador Mathías Lazcano acerca de los valores éticos en el pensamiento del filósofo holandés Baruch de Spinoza (5/marzo/2013). "Diálogos con la Historia" es un programa de Radio Universidad Autónoma de Sinaloa, transmitido los martes de 2:30 a 3:00 de la tarde.




El texto que se discute en este diálogo pueden hallarlo en el siguiente enlace:

Los valores éticos en la filosofía de Spinoza. 

Bibliografía:

Spinoza, B. Ética. Trotta. Barcelona. 2005. Trad. de Atilano Domínguez.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Persona y Ciudadanía en México



La situación de la violencia en México durante el sexenio del todavía presidente espurio, Felipe Calderón, no sólo pone a pensar cuál es el sentido de la persona humana, sino que lo hace en medio de una angustia inevitable. ¿Cómo es posible la muerte de casi 70 mil personas, la mayoría civiles, y la mayoría de esta mayoría ajenas a las actividades delictivas (los llamados “daños colaterales”)? ¿Cómo es posible que este presidente no manifieste ninguna contrición ante tan “inhumano” acontecimiento? ¿Por qué parece haber perdido todo valor la vida humana? 

Detenernos a reflexionar sobre estas cuestiones es algo que no se debe posponer, puesto que es muy probable que no sea un hecho casual, algo exclusivo de este sexenio, algo que va a desvanecerse cuando Calderón deje el poder. Él pudo ser el detonante, pero las condiciones para la explosión ya estaban dadas desde antes de su arribo al gobierno. El próximo gobierno de México tendrá frente a sí las mismas condiciones que han hecho posible la barbarie por la que hemos atravesado en los últimos seis años. Ellas son las raíces de la deshumanización en México, que el próximo presidente podrá intentar eliminarlas o, como lo hizo Calderón, fortalecerlas más aún.

Algunas de dichas condiciones son la pobreza, la ignorancia, la corrupción, la promoción de una cultura hedonista, consumidora y vanidosa; y todo esto, con un origen común: la ambición al dinero de una clase social parasitaria, pero capaz de reprimir a la sociedad entera en virtud de su poder político. En el fondo, nos encontramos con el modelo económico neoliberal como la causa de esta tragedia mexicana. Y los modos en que acontece la deshumanización son: la desfiguración de la persona, en lo individual, y de la ciudadanía en lo colectivo.

El valor de la persona.
¿Qué significa ser una persona? La pregunta adquiere su pertinencia al observar, por ejemplo, el fenómeno del tráfico de inmigrantes por el crimen organizado en México, como si fuera un negocio cualquiera; además de disponer de la vida de estas personas como si de ganado se tratara. Es algo vergonzoso e indignante. Igualmente, podríamos mencionar los feminicidios de Ciudad Juárez, o quienes mueren por efecto de “balas perdidas” en el fuego cruzado entre policías y delincuentes, y muchos otros casos en que las autoridades permanecen indiferentes, dejando tales crímenes en la impunidad. 

¿Quiénes son las personas? ¿Las víctimas? ¿Los victimarios? El homicidio es, quizás, la mayor afrenta a la humanidad, por lo que es algo que va contra el propio homicida, que se deforma a sí mismo en su acción para convertirse en una aberración humana, en un monstruo. Y, no obstante la inhumanidad de la acción homicida, tiene una lógica o un sentido, un motivo pasional extremo: el dinero, o algún tipo de poder que finalmente ha de retribuirles dinero. No hay una finalidad moral o de bien común en las acciones criminales, aunque organizaciones como “Los caballeros templarios” se asuman como un “grupo insurgente”. Es poco probable, por otro lado, que dichas acciones obedezcan principalmente a un mero gusto por matar seres humanos. Atribuir a la locura este problema social sería desviarnos de sus causas verdaderas e impedirnos darle una solución adecuada.

Ya en el siglo diecinueve, Marx señaló que el capitalismo es un sistema de producción que desvaloriza la vida de los trabajadores, a través de la explotación laboral; en él, es el capital quien se impone como algo vivo y con personalidad propia a los hombres, incluyendo a los mismos capitalistas, que fungen como sus agentes. El capital genera en ellos la pasión de la avaricia, así como del poder como instrumento para satisfacer aquella. Y a quienes conforman las clases desposeídas los cosifica convirtiéndolos en meras mercancías. ¿Acaso no es esto mismo lo que observamos ante la inhumana explotación de la persona en México?

La verdadera persona no debe tratarse nunca como un medio para otra cosa, sea personal o impersonal, sino que debe sernos siempre un fin en sí mismo. Pero, además, debe sobre todo respetarse lo que podríamos llamar su esencia: su voluntad libre. Esta libertad de la voluntad, sin embargo, no es algo dado de por sí en la existencia humana, sino algo que se cultiva (y que se conquista), y aunque depende en cierta medida de la condición socioeconómica del sujeto, creo que depende más de su desarrollo cultural. Este tiene que ver con la asunción de ciertos valores necesarios para la existencia humana tanto como lo son el comer, el beber y la comodidad, que conciernen más que nada a lo económico. La música, la literatura, el arte en general, la historia, la filosofía, entre otros contienen dichos valores, que deben ser inculcados a los individuos a través de la educación.

Ciudadanía débil: un México sin rostro.
Al mencionar el término “ciudadanía” no pretendo referirme a algo meramente exterior a la persona, que por el solo hecho de haber nacido en México y tener 18 años, por ejemplo, ya soy un ciudadano o tengo la ciudadanía mexicana. Más bien me refiero a la condición política que un conjunto de personas hacen valer con la fuerza de su organización, de acuerdo al marco constitucional de la nación. En este sentido, la ciudadanía no es algo que nos llega, que cae del cielo, sino que se conquista.

En cierto modo, se puede decir que la ciudadanía requiere que dentro de la sociedad se formen verdaderas personas, esto es: seres humanos activos, con una voluntad libre. El ciudadano es la persona que siempre está al cuidado de las leyes que redundan en provecho de todas y cada una de las personas que forman la sociedad, que incluso participa en su elaboración, puesto que él mismo como persona, es el principio y fin de esas leyes. Las leyes y el estado en general deben ser entendidas como un medio para el desarrollo de la persona, y no como un fin último. 

Esta participación de los ciudadanos mexicanos es la que ha estado ausente en los últimos años, al dejar pasar acciones gubernamentales que violan la constitución (como la ley televisa, en 2006), donde el poder ejecutivo y el legislativo, no han tenido la menor resistencia de la ciudadanía.

Marx y Engels, en su “Manifiesto del Partido Comunista”, exponen las distintas etapas de la organización del proletariado, desde la mera acción individual hasta la conquista de una situación en la cual se hace capaz de disputarle el poder político a la burguesía. En esa cima de la organización proletaria se promueven no sólo valores de tipo económico, como lo haría una mera organización sindical, sino de todos los tipos que sirvan a la naturaleza humana (laicos, por supuesto): valores morales, históricos, estéticos, políticos, lingüísticos, etc. Por ello, en esta lucha se busca la conformación no sólo de un nuevo gobierno, sino de una nueva persona, a través de esa organización lograda que es la ciudadanía.

Conclusiones.
Sería ocioso entrar en la indagación de si es la persona quien define la ciudadanía o es la ciudadanía lo que posibilita la emergencia de la persona. Ambas son un reflejo de la otra, son fenómenos concomitantes. Lo que importa es ver cómo es posible su desarrollo. Y, según podemos interpretar del marxismo, esto es a través de la interacción social organizada en torno al bien común. Si el crimen se organiza, ¿podemos ser tan pesimistas para creer que el amor y la solidaridad no pueden hacer lo mismo, y con igual o mayor fuerza, en torno a la justicia? 

La deshumanización en México, manifiesta en el apogeo del crimen y la explotación, tiene su origen en que no es el ciudadano quien lleva las riendas de la vida social, sino los políticos corruptos que él mismo ha tolerado: desde el presidente de la república hasta el más insignificante político; y, junto con estos políticos, los poderes fácticos del crimen organizado, entre otros. Tiene su origen en la falta de una verdadera democracia, porque no se ha conquistado la verdadera ciudadanía. Todos somos responsables de esta tragedia nacional, no sólo el gobierno. Y antes que esperar una solución de parte de la clase política, debemos construirla con nuestras propias manos.

domingo, 17 de junio de 2012

Los valores éticos en Alfonso Reyes


Alfonso Reyes (1889-1959) fue el noveno de los doce hijos del general Bernardo Reyes y de doña Aurelia Ochoa. Su padre ocupó importantes cargos durante los gobiernos de Porfirio Díaz (fue gobernador del estado de Nuevo León y Secretario de guerra y marina). 

Alfonso Reyes realizó sus primeros estudios en colegios de Monterrey, en el Liceo Francés de México, en el Colegio Civil de Monterrey, y posteriormente en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que tiempo después sería la Facultad de Derecho en la ciudad de México, en donde el 16 de julio de 1913 se graduó de abogado.

En 1909 fundó, con otros escritores, el Ateneo de la Juventud, donde Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos, entre otros intelectuales, se organizaron para leer y discutir a los clásicos griegos, acuñar agudas reflexiones sobre la literatura y la filosofía universal, y llevar a cabo una importante labor de difusión cultural. De gran relevancia fue la crítica que hicieron al positivismo y al desarrollo que tuvo en México durante el Porfiriato, mismas que provocaron una verdadera revolución cultural en el país.

En 1911, cuando tenía 21 años de edad, publicó su primer libro Cuestiones estéticas. Entre otras de sus muchas obras publicadas posteriormente se encuentran Cartones de Madrid, Visión de Anáhuac, La filosofía helenística y La cartilla moral. De esta última, publicada en 1944 con el fin de ser un texto de alfabetización, se dará en seguida una breve reseña.

Bien, naturaleza humana y cultura.
En las tres primeras lecciones de la “Cartilla Moral”, Alfonso Reyes nos ofrece un panorama de la Ética equivalente al de los clásicos griegos: su fin está en el perfeccionamiento integral del ser humano. La Ética no toca a un aspecto particular de la existencia humana, porque su objeto es el Bien, y éste es el todo del hombre, lo que guía en todo momento su  vida.

Pero este Bien que configura la naturaleza humana, dice Reyes, no debe identificarse con el provecho individual, sino con algo de otra índole, que incluso nos obliga a dejar de lado ese provecho a favor del Bien, que es “superior”. Y esta superioridad del Bien es lo que nos distingue de los animales. Por lo que el Bien es, además, inherente al espíritu y a la existencia social del hombre. 

Luego se ve- dice Reyes- que la obra de la moral consiste en llevarnos desde lo animal a lo puramente humano. Pero hay que entenderlo bien. No se trata de negar lo que de material y de natural hay en nosotros, para sacrificarlo de modo completo en aras de lo que tenemos de espíritu y de inteligencia. Esto sería una horrible mutilación que aniquilaría a la especie humana.

La condición existencial del ser humano es su sometimiento a la dicotomía entre materia y espíritu, entre pasión y razón, entre instinto y consciencia. La tarea de la ética consiste en facilitarle el camino hacia los segundos, sin negar o destruir los primeros, sino dándoles su lugar más pertinente. La tarea humana es decidir la acción más adecuada con base en el ejercicio racional.

Y es a partir de esta decisión humana individual o colectiva que se mantienen o se transforman las culturas. Mediante esas decisiones damos vida a los valores establecidos o proponemos nuevos. La cultura, por ello, es un ámbito ideal, teórico, en contraposición a la civilización, que corresponde al conjunto de las realizaciones materiales que sirven a la vida económica del hombre. No obstante, tanto cultura como civilización se complementan.

El problema consiste en saber darle a cada cosa su lugar en la jerarquía de los bienes: 

La educación moral -escribe Reyes-, base de la cultura, consiste en saber dar sitio a todas las nociones: en saber qué es lo principal, en lo que se debe exigir el extremo rigor; qué es lo secundario, en lo que se puede ser tolerante; y qué es lo inútil, en lo que se puede ser indiferente.

Los respetos.
Para acercarse al Bien, el individuo humano debe acatar ciertos “respetos”, equivalentes, dice Reyes, a los mandamientos de las religiones. El primero de estos respetos se refiere a la existencia individual de la persona, a su ser cuerpo y alma. La “dignidad” de la persona es el sentimiento que custodia la realización de este respeto. Pero no está en contradicción con el respeto a la dignidad del otro, de modo que es “indignante” presenciar el maltrato físico o moral hacia otra persona.

En círculos concéntricos al de la dignidad, pero de mayor radio, se encuentran los respetos que el individuo debe a las instituciones sociales, es decir, a los individuos que como él mismo las constituyen. Se mencionan entre dichas instituciones a la familia, las costumbres y las leyes. 

Con la vida en común de la familia comienzan a aparecer las obligaciones recíprocas entre las personas, las relaciones sociales; los derechos por un lado y, por el otro, los deberes correspondientes. […] En cuanto al respeto, aunque es de especie diferente, lo mismo debe haberlo de los hijos para con los padres y de los padres para con los hijos, así como entre los hermanos.

Según esto, la familia es la base para la conformación de los valores sociales, y el cuidado de los padres por la formación humana de los hijos debe ser respetuoso, sin caer en el autoritarismo o la obediencia por la obediencia. La existencia familiar está condicionada por el hecho de que debe salvaguardar un Bien en sí, de modo que tiene sentido el respeto recíproco entre sus miembros.

En la familia se sembrará el germen del respeto por la ley, aunque este sea de un carácter más formal que el que se realiza entre los miembros de la familia. Y este respeto a la ley también debe estar, según Reyes, al margen del autoritarismo, sujetándose a la voluntad del pueblo:

La forma misma del Estado, la Constitución, que es la ley de todas las demás leyes, se considera como emanación del pueblo en la doctrina democrática. Está previsto en este código fundamental el medio para modificarlo de acuerdo con el deseo del pueblo, expresado a través de sus representantes.

Una vez que se han propuesto estos respetos, partiendo de la realidad individual del ser humano a su realidad concreta colectiva, pasamos a los respetos más abstractos, pero no por ello menos reales. Se trata del respeto a la “patria”, a la “humanidad” y a la “naturaleza”. 

La definición dada por Alfonso Reyes de la patria es negativa: “La nación, la patria -nos dice-, no se confunde del todo con el Estado. El Estado mexicano, desde la independencia ha cambiado varias veces de forma o de Constitución. Y siempre ha sido la misma patria”. La patria no es el Estado, no tiene nada que ver con la forma de organización política de nuestra sociedad. Es más bien el conjunto de elementos de nuestro país que nos conforma humanamente de la peculiar manera en que somos, es lo que nos da identidad. Podríamos equipar a la patria con lo que en cierto sentido llamamos cultura.

La patria es el campo natural donde ejercitamos todos nuestros actos morales en bien de la sociedad y de la especie. Se ha dicho que quien ignora la historia patria es extranjero en su tierra. Puede añadirse que quien ignora el deber patrio es extranjero en la humanidad.

Respecto a la “humanidad” es de resaltar que la caracterice como una especie que no sólo lucha por autoconservarse, sino también por superarse. Este ímpetu de superación es lo que distingue al género humano de los animales. Y en la base de dicha superación está el trabajo: “el respeto a nuestra especie –afirma Reyes- se confunde casi con el respeto al trabajo humano. Las buenas obras del hombre deben ser objeto de respeto para todos los hombres”.

Este respeto por el trabajo humano se debe mostrar en la actitud de reutilización de los productos del trabajo que sean útiles, aunque sólo sea como materia prima. El desperdicio es también una forma de inmoralidad en tanto desconoce el valor del trabajo humano que está expresado en sus productos.

Y el más impersonal de los respetos es el respeto a la naturaleza. Es también el respeto a nuestra morada. La moralidad también está implícita en la conformación del hombre a su medio natural. Éste respeto suele expresarse, además, en el sentimiento estético.

El amor a la morada humana es una garantía moral, es una prenda de que la persona ha alcanzado un apreciable nivel del bien: aquel en que se confunde el bien y la belleza, la obediencia al mandamiento moral y el deleite en la contemplación estética. Este punto es el más alto que puede alcanzar, en el mundo, el ser humano.

Conclusiones.
En la Cartilla Moral, Alfonso Reyes nos ofrece en forma sintética una gama de valores que pueden denominarse como “éticos”, pero que comprenden al conjunto total de los valores humanos. De su seguimiento depende la buena formación de la persona, o el buen funcionamiento de la cultura de un pueblo. Y cuando esta cultura entra en crisis, es a dichos valores a lo que se debe atender para darle solución: la misma Historia pende de ellos.

Pero además de la Historia, la Economía, el Derecho, la Ecología y muchas otras disciplinas o ciencias entran en contacto con la Ética en esta propuesta. 

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jueves, 5 de abril de 2012

El "qué" y el "para qué" de los valores en México


Introducción
En estos días está muy de moda hablar acerca de los “valores”, pero, ¿nos hemos detenido un momento a reflexionar acerca de qué son y qué función cumplen en nuestra vida individual y social? En torno a este tema es que voy a discurrir a continuación, asumiendo una perspectiva personal.

En el uso común que hacemos del término “valor” entendemos por ello un fin que es considerado por consenso social como algo “bueno”, o bien algo “preferible”. Así, por ejemplo, sabemos que es preferible las más de las veces ser “veraz” a ser “mentiroso”, por lo que la “veracidad” es un valor; o bien, juzgamos que es mejor ser “justo”, dando a cada quien lo que le corresponde. Y estas valoraciones consideran, ya sea implícita o explícitamente, las consecuencias negativas que conllevaría el infringir la norma que está expresada en el valor. Es decir, si siempre miento, ¿qué consecuencias traería esto a la vida social en que se halla inscrita mi vida personal? No es difícil ver que ello haría que no existiera la confianza mutua y, por tanto, los conflictos interpersonales serían siempre inminentes. Los valores, pues, como fines normativos de la conducta humana tienen la función de conservar un cierto orden social y cultural, evitando que con su cumplimiento dicho orden se disuelva.

Los ejemplos mencionados son valores de tipo ético, pero también existen valores religiosos, estéticos, políticos, económicos, etc. Sin embargo, en todos ellos también hallamos la característica de ser fines normativos que el ser humano se plantea a sí mismo. Y por tener este origen humano, podemos afirmar que son también mutables en la misma forma en que lo es el Hombre. Los valores tienen un carácter histórico, al igual que la naturaleza humana. Por esto mismo es que también llegan a constituir un problema para el Hombre, puesto que hay momentos en que su historicidad nos orilla a preguntarnos por los valores que hemos de asumir.

El ser humano es un ser eminentemente práctico y, por ello, los valores se inscriben dentro de la praxis del Hombre. Y por lo mismo podemos diferenciar dos tipos de valores: 1) aquellos que se asumen en una práctica reiterativa de la actividad humana, o bien, 2) los que deben construirse para transformar la propia vida sociocultural y, con ello, también la del individuo. En el primer caso nos encontramos con valores que tienden a mantener un sistema de cosas establecido (con pequeñas variantes a nivel individual), mientras que en el segundo caso los valores planteados sirven para cambiar dicho sistema, siguiendo una praxis creativa.

El carácter histórico de los valores nos habla de su relatividad, de que dependen en su existencia de condiciones geográficas y temporales en que se manifiestan otro tipo de condiciones como: económicas, sociales, culturales, tecnológicas, entre otras. Pero, por el hecho de tener un mismo origen, es decir, en el Hombre, también han de compartir todos algunos rasgos en común que puedan considerarse de índole universal. Además, dentro de cada contexto sociocultural-histórico, los valores pueden verse con ese carácter de universalidad, como válidos para todas las personas que conformen dicho contexto.

En nuestra situación actual, ¿qué valores hemos de asumir? ¿Los reiterativos o los creativos? ¿Existen ya entre nosotros o es todavía una tarea pendiente construirlos? ¿Qué forma tienen o deben tener esos valores como fundamento y qué función social han de cumplir?


Fundamento del valor
Como ya se ha dicho, los valores tienen un origen humano, por lo que para darnos una idea general de lo que son ellos, hemos de poseer también una idea precisa de lo que es el Hombre. Se ha mencionado ya su carácter práctico, aunque aún sin precisar lo que con estos términos queremos decir. Esto es algo que haré en seguida, pero añadiendo a este rasgo fundamental del Hombre su condición de criatura consciente, pasional y activa.

El carácter práctico del Hombre implica que como toda criatura se esfuerza por perseverar en su ser: su existencia se halla en una tensión constante contra la permanente posibilidad de morir. Pero el ser humano realiza esto con el auxilio de sus semejantes, siendo su vida individual una expresión de condiciones sociales. El lenguaje, las herramientas y las formas de interrelación que los hombres han inventado en sociedad constituyen su hogar, su mundo, el espacio en que se hallan seguros. Y estas invenciones humanas implican ya un proceso de valoración, del orden cognitivo-lingüístico, económico y ético, respectivamente, e interconectados entre sí. Así que el Hombre valora desde siempre, desde su mismo origen como ser práctico que es. Hasta podemos ser tentados a plantearnos la cuestión de si los valores son creación humana o el Hombre es producto de los valores. Sin embargo, caeríamos en un error, puesto que entre ambos términos no hay una relación genética, donde uno cree al otro, sino dialéctica: son dos aspectos diferenciados de lo mismo, que se influyen recíprocamente, bidireccionalmente.

También hay que decir que, a diferencia de otras criaturas que también desarrollan actividades “prácticas” (como las abejas que construyen su panal o como las aves sus nidos), el Hombre las desarrolla de manera consciente, las planea. Es un rasgo intrínseco del ser humano planear, modelar en su mente las cosas que ha de hacer antes de hacerlas: es un ser que siempre está proyectando sus actividades. Esta actividad humana consciente y transformadora es lo que anteriormente he denominado “praxis”. Por lo mismo he apuntado antes que los valores se inscriben dentro de la praxis humana.

Pero, ¿cómo se forman los valores en el individuo social, es decir, en la persona? Los valores cognitivo-lingüísticos, económicos y éticos, que son inseparables de la existencia social del Hombre se interiorizan en las nuevas generaciones en un proceso de aprendizaje, en un proceso educativo. Mediante la educación se inculcan los fines normativos que permiten a la persona adaptarse al mundo social en que vive, sosteniendo a la vez la existencia de dicho mundo social con su propia participación en él. Este aspecto educativo de la interiorización del valor en la persona puede verse hasta cierto punto como un hecho pasivo, en el sentido de que sólo reproduce o conserva los valores establecidos: no hay en ello, aparentemente, una actividad creativa. Sin embargo, a nivel individual, podemos afirmar que sí hay actividad por parte del sujeto; se requiere cierto esfuerzo pasar de ser un individuo impulsivo e insocial a uno reflexivo y sociable, lo cual se logra en este proceso educativo.

Sin embargo, el reto mayor lo representa la necesidad de transformar los valores existentes cuando éstos ya no responden a la realidad sociocultural presente. Entonces, valorar ya no es la “conformación educativa”, sino la “crítica y creación”. Pero esta última tarea no es posible realizarla individualmente, sino que se precisa de la confluencia de muchas personas en el Hombre colectivo. La actividad y creatividad por excelencia de la persona reside en su participación consciente en este proceso, en el cual afirma su carácter de ser histórico.


Los valores cognitivo-lingüísticos, económicos y sociales
En lo que se refiere a esos tres ámbitos fundamentales de la praxis humana ya mencionados: el cognitivo-lingüístico, el económico y el social, ¿qué nos hace falta lograr? Para responder la cuestión echemos un vistazo a las instituciones sociales en que se fincan esos valores.

En el caso de los valores cognitivo-lingüísticos, tendremos que observar el estado en que se encuentran las actividades intelectuales en la sociedad, particularmente las de la literatura, la filosofía y la historia, que son las que prioritariamente emplean como instrumento el lenguaje para la expresión de imágenes y conceptos de diversa complejidad. Habrá que preguntarnos qué tan instruida está esa sociedad en esas áreas de la cultura universal. Y con esto no sólo se involucra a su vez el aparato educativo, sino también con especial influencia, los medios masivos de comunicación. ¿En qué medida la televisión, la radio, la prensa o la internet procuran la difusión de esas disciplinas, contribuyendo a la formación de personas sensibles, reflexivas y críticas?

Los propios medios de comunicación en México han hecho patente las deficiencias en la educación de los mexicanos, particularmente en sus “hábitos de lectura”. De manera más discreta ha sido la difusión del intento de eliminar la filosofía de la enseñanza del bachillerato nacional. Por ello es evidente el atraso deliberado por el propio estado mexicano en la promoción de los valores cognitivo-lingüísticos en su sistema educativo.

Y por lo que se refiere a los medios de comunicación, lamentablemente vemos que la contribución es prácticamente nula; que lo que se nos ofrece son contenidos vacíos de conceptos o de imágenes profundas. En su lugar encontramos la información superficial, emociones estereotipadas, la falta de preguntas que promuevan por emulación la actitud reflexiva. Y todo esto debe tragárselo el individuo común, ya que no tiene un control sobre estos contenidos; quizás, la información de la Red se salve un poco de este juicio, puesto que alberga una mucho más amplia variedad de contenidos de los cuales se puede echar mano; sin embargo, porcentualmente, es la de menor utilización por las personas en México.

Además de imposibilitar a los individuos en sus potencialidades creativas, en su capacidad para planear imaginativamente y formular en el lenguaje sus proyectos, de cualquier índole que sea, la debilidad en los valores cognitivo-lingüísticos, sirve al propósito de mantener un estado de cosas “conveniente” para algunos. Pero, la verdad, resulta algo sumamente grotesco tal despilfarro de las energías creativas de un pueblo, sólo para que sus mediocres dirigentes no se vean en peligro de caer de su trono.

Pasando ahora al ámbito de lo económico nos encontramos con un pobre desarrollo, además de acciones sistemáticas para conservar dicho atraso. Sólo en el discurso demagógico de los políticos se habla del progreso económico de México, generalmente refiriéndose a la creación de empleos temporales, el fomento de la inversión extranjera o del turismo. Pero lo económico no es sólo lo que implica dinero, sino más bien la manera específica en que una sociedad se relaciona con la naturaleza y se organiza para sobrevivir conquistando de la naturaleza lo que necesite. Así, la tecnología, y la técnica correspondiente, que una sociedad crea para transformar la naturaleza a su favor son expresión de los valores económicos de dicha sociedad.

En el caso mexicano, tanto la tecnología como la técnica no son propias, sino adoptadas de otras naciones. Esto no les quita en nada su efectividad; no es eso, precisamente, lo criticable, sino que no exista un proyecto de desarrollo de tecnología y técnica propio: que se promueva sistemáticamente la dependencia tecnológica. No existe, pues, una industria nacional. El valor que se grita a los cuatro vientos es que México sea un mercado seguro que las industrias trasnacionales exploten, ya sea vendiéndonos sus productos y tecnología, o “dándonos empleo”. Son valores de la mediocridad impuestos por una clase social mediocre, aunque poseedora de poder “financiero” y político (la posesión de dichos poderes no guarda una relación necesaria con la excelencia humana). El pueblo de México se ha visto obligado a seguir sus fines mezquinos marginando los verdaderos intereses nacionales.

Los valores sociales, por otro lado, están implícitos en las relaciones sociales predominantes en el seno de cierta comunidad. Dichas relaciones sociales, a su vez, se inscriben dentro de ciertas instituciones, ejemplos: la familia, el sindicato, la escuela, el partido político, la empresa, la iglesia, etc. Cada una de estas instituciones se regula por ciertos códigos o reglas de conducta que deben acatar sus miembros; en tales reglas, cuyo fin es la buena conformación de la institución (su estabilidad) se comprenden ciertos valores sociales.

El “gobierno” es una más entre las instituciones sociales, encargada de la función de administrar el buen funcionamiento del resto de las instituciones (y de ella misma); es decir, siendo el Estado la totalidad de las instituciones sociales, debemos decir que el gobierno se encarga de garantizar el buen funcionamiento del Estado. Y, como decía Juan Jacobo Rousseau, el gobierno tiende al vicio de imponer sus intereses de cuerpo parcial dentro del Estado a los intereses del conjunto: esto es particularmente cierto en el caso mexicano. En el último siglo ha predominado la figura del Presidente por encima de los otros “poderes” del gobierno, es decir, del Congreso (poder legislativo) y del Poder Judicial. La figura principal ha sido el Presidente quien, como un monarca, hace y deshace a su voluntad en los asuntos del Estado. En los últimos dos sexenios la oposición a su poder, aunque existe, sigue siendo mínima.

La forma fundamental de los valores sociales es la del “bien común”, la del fin que cada una de las instituciones sociales tiene. Por ello, estos valores son también de naturaleza ética, además de política en el caso de los valores implícitos en la institución del gobierno, puesto que se refieren al bien de toda la sociedad. La tendencia a desviarse de este bien común y propender al bien particular es la “corrupción” de las instituciones. Pero, siendo esta tendencia algo natural en el individuo, dependerá de la forma en que se organicen las instituciones si estas pueden ser “sanas” o “corruptas”, y no tanto de la buena voluntad de sus miembros.

No hace falta mencionar el lugar que la corrupción ocupa dentro de nuestras instituciones, pues es de sobra aceptado que ello constituye uno de los problemas capitales de nuestra sociedad. Sin embargo, es de hacer notar que el gobierno se limite a la mera sanción judicial y convoque a los valores morales como remedio a semejante mal, mientras que el verdadero problema, que se halla en la mala organización de las instituciones que favorecen o al menos no impiden su propia corrupción, se deja intacto. Muerto el perro no se acaba todavía la rabia. Pero de esto tampoco es ignorante el gobierno.


Valores cognitivo-lingüísticos y transformación de valores
En el desarrollo de los valores ocupan un lugar clave los valores cognitivo-lingüísticos, como mediadores entre los valores económicos y los valores sociales. En realidad, las tres esferas del valor están estrechamente vinculadas. Si en un país como el nuestro, por ejemplo, predomina la actividad comercial sobre la industrial, esta esfera del valor económico determina o corresponde con otra cierta esfera de los valores sociales, pues se tendrán cierto tipo de relaciones sociales para esa actividad económica. Y los valores cognitivo-lingüísticos servirán tanto para el buen desempeño de la actividad económica como para el de las relaciones sociales inherentes.

Otras formas de actividad económica comunes son la actividad industrial y la de servicios profesionales. Ambas están organizadas en instituciones que requieren del conocimiento y de un sistema de términos, de un lenguaje específico. Tales instituciones pueden ser los sindicatos, los colegios de profesionistas o la empresa. Lenguaje y conocimiento siguen siendo elementos de especial importancia para la cohesión de las instituciones.

Pero, igualmente, son clave para cuando se requiere de la transformación de esas mismas instituciones, junto con la acción práctica colectiva. Y es que los valores sólo adquieren validez si emanan del consenso social. El hombre común puede saber lo que es mejor, aunque haga lo peor. El problema reside en qué normas seguir para que lo mejor pueda ser aprendido, y luego desarrollado, por él. Entonces, los valores se tornan en “virtudes”, en hábitos conscientes (interiorizados) del bien común.

Por lo dicho anteriormente acerca de los valores en México, se evidencia la necesidad de transformar los valores a través de la transformación de las mismas instituciones corruptas. Ello no es algo que se haga meramente en el discurso, en lo ideal, sino en hechos concretos. Se debe abandonar la práctica reiterativa de valores inoperantes y promover nuevos valores que sean útiles a la transformación de las instituciones sociales existentes. ¿Cuáles han de ser dichos valores? Esta es una cuestión que sólo podrá resolverse en colectivo, en una situación concreta, por los miembros de las instituciones que se pretenden transformar.

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