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sábado, 14 de marzo de 2015

Verdad y Poder, de Michel Foucault



A continuación les comparto algunos extractos del diálogo "Verdad y Poder", entre M. Fontana y M. Foucault.

La historicidad que nos lastra y nos determina es belicosa; no es lenguaraz. Relación de poder y no relación de sentido. La historia no tiene "sentido", lo cual no quiere decir que sea absurda, o incoherente. Al contrario, es inteligible y debe poder ser analizada hasta en sus mínimos detalles: pero según la inteligibilidad de las luchas, las estrategias y las tácticas.

Tras 1968, es decir, a partir de las luchas cotidianas llevadas a cabo por la base, por los que tenían que debatirse en las mallas más finas de la red del poder. Es ahí donde apareció lo concreto del poder, y a la vez, la fecundidad verosímil de estos análisis de poder, para que nos diéramos cuenta de las cosas que habían permanecido hasta entonces fuera del campo del análisis político. Para decirlo muy simplemente, el encierro psiquiátrico, la normalización mental de los individuos, las instituciones penales, tienen sin duda una importancia bastante limitada si se busca solamente su significado económico. En cambio, son esenciales sin duda para el funcionamiento general de los engranajes del poder.

Por otro lado, hay que desembarazarse del sujeto constituyente, desembarazarse del sujeto mismo, es decir, llegar a un análisis que puede dar cuenta de la constitución misma del sujeto en su trama histórica. Es lo que yo llamaría genealogía, es decir, una forma de historia que dé cuenta de la constitución de saberes, discursos, dominios de objetos, etc., sin que deba referirse a un sujeto que sea trascendente con relación al campo de sucesos o cuya entidad vacía recorra todo el curso de la Historia.

En nuestros días, los intelectuales se han acostumbrado a trabajar, no en lo universal, lo "ejemplar", lo "justo y verdadero para nosotros", sino en sectores determinados, en puntos precisos en los que les sitúan sus condiciones de trabajo, o sus condiciones de vida (la vivienda, el hospital, el asilo, el laboratorio, la universidad, las relaciones familiares o sexuales). Han ganado con ello, sin duda, una conciencia mucho más concreta e inmediata de las luchas.

Desde el momento en que la politización se opera a partir de la actividad específica de cada cual, el umbral de la escritura como marca sacralizante del intelectual desaparece y pueden producirse entonces lazos transversales de saber a saber, de un punto de politización a otro: así los magistrados y los psiquiatras, los médicos y los trabajadores sociales, los trabajadores de laboratorio y los sociólogos, pueden cada uno en su lugar propio y por vía de cambios y apoyos, participar en una politización global de los intelectuales. 


 El  intelectual "universal" deriva del jurista notable, y encuentra su expresión más plena en el escritor portador de significado y valores en los que todos pueden reconocerse. El intelectual "específico" deriva de una figura distinta, no ya del "jurista-notable", sino del "sabio-experto". 

El intelectual específico se encuentra con obstáculos y se expone a unos peligros. Peligro de quedar inmerso en luchas de coyuntura, en reivindicaciones sectoriales. Riesgo de dejarse manipular por los partidos políticos o por los aparatos sindicales que conducen estas luchas locales. Riesgo sobre todo de no poder desarrollar estas luchas por falta de una estrategia global y de apoyos exteriores. Riesgo también de no ser seguido o de serlo solamente por grupos muy limitados.

Lo importante, creo, es que la verdad no está fuera del poder ni sin poder. La verdad es de este mundo; se produce en él gracias a múltiples coacciones. Y detenta en él efectos regulados de poder. Cada sociedad tiene un régimen de verdad, su "política general" de la verdad: es decir, los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos, el modo cómo se sancionan unos y otros; las técnicas y los procedimientos que están valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero.

La "verdad" está centrada sobre la forma del discurso científico y sobre las instituciones que lo producen; está sometida a una constante incitación económica y política (necesidad de verdad tanto para la producción económica como para el poder político); es objeto, bajo diversas formas, de una inmensa difusión y consumo (circula en aparatos de educación o de información cuya extensión es relativamente amplia en el cuerpo social, a pesar de algunas limitaciones estrictas); es producida y transmitida bajo el control no exclusivo pero dominante de algunos grandes aparatos políticos o económicos (universidad, ejército, escritura, media); finalmente, es el envite de todo un debate político y de todo un enfrentamiento social (luchas "ideológicas").

El intelectual responde a una triple especificidad: la especificidad de su posición de clase (pequeño burgués al servicio del capitalismo, intelectual "orgánico" del proletariado); la especificidad de sus condiciones de vida y de trabajo, ligadas a su condición de intelectual (su dominio de investigación, su lugar en un laboratorio, las exigencias económicas o políticas a las que se somete o contra las que se rebela, en la universidad, el hospital, etc.); finalmente, la especificidad de la política de verdad en nuestras sociedades.

Por "verdad", entender un conjunto de procedimientos regulados por la producción, la ley, la repartición, la puesta en circulación y el funcionamiento de los enunciados. La verdad está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que induce y la prorrogan. "Régimen" de la verdad.

Fuente: 
Foucault, M. Un diálogo sobre el poder. Altaya. Barcelona. 1994.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

¿Fin de la Modernidad?




por Mauricio Enríquez



Por Postmodernidad suele entenderse el modo de cultura que surge en occidente desde principios del siglo XX y que conjunta diversos cambios en la economía, política, arte, ética, etc. Como su nombre lo indica, se pretende que la postmodernidad, además de seguir cronológicamente a la era moderna, en cierto modo también significa algo mejor o preferible. Se habla del fin de la modernidad como un acontecimiento trascendente. Y lo sería, si fuera cierto que la postmodernidad realmente es la superación de la modernidad. 

A continuación hago un análisis comparativo de la modernidad y lo que hoy día se denomina postmodernidad. De la consideración de las características de ambos intentaré deducir si corresponden a modos de cultura esencialmente distintos o si de alguna forma son lo mismo. 


¿Qué es la Modernidad?

Para indagar acerca de las causas posibles del supuesto derrumbamiento de una época con el advenimiento de otra, es necesario tener en claro primeramente las características esenciales de dicha época. En este caso es pertinente preguntarse qué es la Modernidad, para después contrastarla con las características de lo que viene a llamarse Postmodernidad. Entonces, del cotejo de semejanzas y diferencias, cuestionar si realmente corresponden con mundos o culturas esencialmente diferentes.

De acuerdo con Anthony Giddens, una primera aproximación al concepto de la modernidad:


Se refiere a los modos de vida u organización social que surgieron en Europa desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya influencia, posteriormente, los han convertido en más o menos mundiales.1


Estos modos de vida se distinguen radicalmente de las formas pre-modernas en tres aspectos. Primero, en cuanto al ritmo de cambio, tanto en la producción, como en las relaciones sociales o instituciones. Segundo, en cuanto al ámbito de cambio, que no se limita a lo local, sino que tiende a realizarse a una escala global, merced a las interconexiones creadas en esta época. Por último, se diferencian radicalmente de las instituciones tradicionales, principalmente en las políticas y económicas, como los estados-nación y el trabajo asalariado.2

Por las características mencionadas y el momento histórico en que se presentan, se puede ver la conexión que la Modernidad guarda con lo que denominamos Capitalismo. Sería un error, sin embargo, querer equiparar ambas nociones. Bolívar Echeverría hace la distinción diciendo que mientras la modernidad corresponde a una “forma histórica de totalización de la vida humana”, el capitalismo no es más que “un modo de reproducción de la vida económica”3. Esto significa que el capitalismo es una parte de la modernidad, y que esta última engloba el conjunto total de las actividades humanas. No obstante, el capitalismo como modo de producción económica puede ser un centro de influencia decisivo sobre la modernidad, e imponerle las formas que le sean propias.

Esto último se debe al rol que han desempeñado siempre los modos de producción económica en la historia de las culturas, como una base que posibilita y delimita la generación de la superestructura ideológica. La moral, las ideas religiosas y estéticas, las costumbres, etc.; todos los proyectos de la existencia humana que buscan crear sentido y valores, se hacen sobre la base del trabajo productivo. Pero con el capitalismo, esta influencia económica en la cultura se potencia radicalmente, produciéndose lo que ya se ha mencionado respecto a la rapidez de los cambios y su extensión a escala global. Esto ha hecho de la modernidad, sin temor a equivocarse, un modo de cultura universal.

Siguiendo a Bolívar Echeverría, podemos distinguir cinco rasgos característicos de la vida moderna4: 1) el humanismo, 2) el racionalismo, 3) el progresismo, 4) el individualismo y 5) el economicismo. El primero consiste en el afán humano de supeditar la existencia misma de la Naturaleza a la esencia del Hombre: humanizar la naturaleza. Aunque tal humanización encierra en sí cierta violencia, no sólo por la técnica, que constituye el instrumento intelectual que sirve para transformar en nuestro favor a la naturaleza, sino también por la política, con la cual se establece el dominio sobre lo Otro en el campo social. La naturaleza es lo Otro del ser humano, lo que le es extraño, ajeno a su propia esencia, y busca emanciparse de ella dominándola con la ciencia y la técnica; pero ella también se expresa en la individualidad humana en el cuerpo, en el instinto del hombre, que también debe ser dominado, a través de la educación y la política.

Algo que es clave para esta dominación de lo Otro natural y social es el conocimiento racional. Bacon y Descartes en el siglo XVII expresan este pensamiento de dominación de la naturaleza y el instinto a través del conocimiento proporcionado por la ciencia moderna: la razón instrumental. Es evidente la influencia que estos pensadores (junto a otros que son posteriores, pero de la misma línea) han tenido en la conformación de la cultura moderna, así como la marginación de su contraparte, representada por aquellos pensadores que han vindicado al cuerpo como agente creador de cultura. Entre estos pensadores, defensores de una modernidad alternativa, aun no realizada, podemos contar a Spinoza, Shopenhauer, Nietzsche y Freud, entre otros.

Otro de los rasgos distintivos de la modernidad es su economicismo, entendido como la supeditación de la vida política a la vida civil; más que nada al aspecto económico de esta última. El Estado funge como un mero instrumento de la clase burguesa para facilitar su crecimiento y dominio económico, ya no sólo dentro de los límites nacionales, sino a escala internacional. Pero no sólo la esfera cultural de la política se ve alterada, desvirtuada respecto a su verdadera función, por la influencia económica, sino que también otros ámbitos, como el arte, pierden la peculiaridad de valor que representan y se ven tripulados por un mero interés económico. En fin, todas las actividades dentro de la cultura moderna capitalista tienden a pasar a la esfera del comercio, tienden a convertirse en meras mercancías. 
 
El individualismo que caracteriza a la modernidad capitalista también se fundamenta en el economicismo ya mencionado. Este individualismo consiste en privilegiar la constitución de la identidad individual a partir de la participación que tiene la persona en la actividad económica, es decir, como propietario privado, ya sea en el mero consumo de mercancías (sujeto consumidor) o en su producción (capitalista). Tanto el sujeto consumidor como el capitalista carecen de una consciencia del valor primordial de lo colectivo. 
 
Por último, Echeverría define el progresismo de la siguiente manera:


Dos procesos coincidentes pero de sentido contrapuesto constituyen siempre a la transformación histórica: el proceso de in-novación o de sustitución de lo viejo por lo nuevo y el proceso de re-novación o restauración de lo viejo como nuevo. El progresismo consiste en la afirmación de un modo histórico en el cual, de estos dos procesos, el primero prevalece y domina sobre el segundo.5


La modernidad capitalista tiene una capacidad inusitada de transformación, lo mismo de la naturaleza que de los valores culturales o de las instituciones sociales. Marx y Engels enfatizan esta capacidad del capitalismo en su Manifiesto del Partido Comunista:


Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas, las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse.6


En esta condición, el tiempo es experimentado primordialmente como futuro, pues el presente se encuentra siempre en constante disipación. Y en el futuro se encuentra siempre lo mejor; los cambios efectuados significan siempre un perfeccionamiento de lo anterior. Se supone siempre un ascenso progresivo hacia la excelencia. Pero este proceso no está dirigido por las personas, sino por la propia producción, que más que responder a las necesidades, las crea, acentuando la enajenación humana. 
 
De acuerdo con esta enumeración descriptiva de los rasgos característicos de la modernidad capitalista, se pueden hacer objeciones válidas a la modernidad misma; señalamientos que apuntan directamente a la esencia del capitalismo; síntomas de una enfermedad progresiva que aun no se manifiestan en los orígenes del capitalismo, pero que conforme este se va desarrollando desde la manufactura, pasando por la revolución industrial, hasta nuestros días, van saliendo a la superficie reclamando al hombre un remedio adecuado y, tal vez, definitivo.

Vale la pena hacer explícitas dichas objeciones a la modernidad capitalista y ver su vínculo con lo que hoy se caracteriza como la postmodernidad. Entonces podremos plantearnos las preguntas: ¿es la postmodernidad algo distinto de la modernidad? ¿A qué causas obedece su aparición histórica?


La Postmodernidad.
Las críticas al capitalismo se fundamentan todas, en cierto modo, en la que se refiere a su postura ontológica: la que expresa el dualismo metafísico de mente y cuerpo. De aquí se deriva que el modelo de orden (cosmos) para el ser humano reside en la mente, en la racionalidad. Así mismo, se deriva también su rasgo humanista, al considerar ese cosmos como un “imperio dentro de otro imperio”, como escribe Spinoza:


Parecen concebir al hombre en la naturaleza como un imperio en un imperio, puesto que creen que el hombre, más que seguir el orden de la naturaleza, lo perturba, y que tiene un poder absoluto sobre sus acciones, y sólo por sí mismo y no por otra cosa es determinado.7


Lo cierto es que resulta dudoso que ese cosmos humano sea fruto de un poder libre de la pura mente racional, al margen del cuerpo; además, que la tiranía que esta razón instrumental ha ejercido sobre la naturaleza tiene ya sus consecuencias, de las cuales no podemos escapar nosotros mismos. Ahora estamos en condiciones de objetar el conocimiento racional que ha fallado en el conocimiento de nosotros mismos como parte de la naturaleza.

Como consecuencia de las actuales catástrofes ecológicas y del fracaso de las teorías sociales en la pacificación y verdadero progreso humano, hoy día se desplaza a la racionalidad y se asumen en su lugar otras formas de entendimiento del mundo:


La condición de postmodernidad (según Lyotard) se distingue por una especie de desvanecimiento de “la gran narrativa” -la “línea de relato” englobadora mediante la cual se nos coloca en la historia cual seres que poseen un pasado determinado y un futuro predecible. La visión postmoderna contempla una pluralidad de heterogéneas pretensiones al conocimiento, entre las cuales la ciencia no posee el lugar privilegiado.8


El fracaso de esos grandes relatos revela la debilidad de las ciencias sociales y humanas en sus propuestas teóricas de una mejor sociedad. Tal fracaso se pone de manifiesto primordialmente a través de las guerras “mundiales” y la falta de democracia o mucha explotación al interior de los países. No es casual que se considere al evento de la primera gran guerra, a principios del siglo pasado, como el momento que pone fin a la modernidad y abre paso a la postmodernidad: significó el desencanto respecto de la racionalidad moderna. Además, coincide con la llamada “era postindustrial”, caracterizada por el predominio de la actividad económica de los servicios, así como el papel clave de los mass media (y, posteriormente, el conocimiento, en lo que se ha denominado “sociedades del conocimiento”) en la economía. 
 
No obstante que el conocimiento constituye en las sociedades postindustriales la clave de la riqueza, ésta sigue aun las pautas que la producción material le impone. Con obreros o automatizada, sin producción material no hay riqueza. Igualmente, la explotación económica del trabajo humano, simplemente, ha desplazado su centro de gravedad hacia el sector de los servicios: ya no hay, quizás, una clase obrera, pero sigue habiendo trabajo asalariado.

En el ámbito de lo estético, este espíritu postmoderno no podía dejar de tener su influencia, transmutando la concepción clásica del arte. Ya no se verá más a la obra de arte como un medio para educar a los espectadores o inculcarles ciertos fines; ahora, el arte no tiene más finalidad que el arte mismo. Igualmente, hay una cierta relajación en cuanto a las reglas que han de seguirse en la creación estética: “El artista y el escritor trabajan sin reglas y para establecer las reglas de aquello que habrá sido hecho9.

Los artistas postmodernos buscan la expresión de su personalidad a través de la mixtura de una multiplicidad de formas estéticas, nuevas o ya existentes, del pasado o del presente, por lo que pueden ser catalogados como eclécticos. Y si se trata de un buen arte posmoderno, buscará dar cuenta de una verdad (aletheia, en un sentido heideggeriano) que subyace a la realidad y que constituye, sin embargo, lo real. La obra de arte es el espacio en que se opera la apertura de lo real, quizás, como Heidegger explica en su libro El origen de la obra de arte, a través de la desgarradura de una lucha entre mundo y tierra10; tal vez, en la lucha entre instinto y civilización en el propio artista.

Pero, al igual que otras esferas de la vida cultural, el arte no ha escapado de la venalidad característica de nuestro tiempo. Lyotard lo señala:


La investigación artística y literaria está doblemente amenazada por la “política cultural” y por el mercado del arte y del libro.11


Las grandes inversiones que se hacen en el arte ha provocado que los artistas piensen menos en la creación de valor estético, y ha cambiado la forma en que los espectadores experimentan la obra:


El museo ha adoptado las estrategias de los medios masivos, con énfasis en el espectáculo, el culto de la famosa obra maestra, el arte percibido a través de las lentes de las cámaras. Pero lo que ganó al incrementar el público, lo perdió en términos de libertad de acceso, y disponibilidad de la mente y la mirada.12


Junto a esta popularización acrítica del arte en los museos, en las subastas se pierde de vista el valor artístico de las obras para atender el valor monetario. Entonces, lo que en realidad sólo es una obra de mediano valor estético, puede llegar a ser catalogada como obra maestra sólo por la influencia de los medios masivos o por el precio a que la compran los coleccionistas multimillonarios. 
 
En el ámbito ético, la postmodernidad nos da cuenta de un abandono de la ética kantiana, fundada en el deber establecido autónoma y racionalmente. La ética postmoderna, pues, rechaza a la ética ilustrada, remplazándola por una ética acomodaticia e individualista, hedonista, pero no en el sentido epicúreo, sino más bien protagoriano, donde “el hombre es la medida de todas las cosas”. Este relativismo (por no decir “nihilismo”) ético, donde lo bueno y lo malo depende de cada interpretación, queda expresado dramáticamente en Los hermanos Karamazov, la novela de Dostoievski, cuando Gregorio Karamazov afirma:


Pero, ¿qué será de los hombres entonces - le pregunté - sin un Dios y sin vida inmortal? Se permitirá todo, ¿van a poder hacer lo que quieran?


Pero este Dios al que se refiere Dostoievski no puede ser ya remplazado por la Razón humana, como en la ilustración, sino que se lleva consigo a dicha Razón. Lo único que le queda al hombre como modelo a seguir es, quizás, un tipo de intuición basada en la naturaleza del yo corporal, sin pretensiones de universalidad ni necesidad absoluta. La esfera de la ética, al igual que otros campos de lo humano, queda fragmentada por un relativismo epistemológico. 
 

Conclusiones.

Desde el punto de vista filosófico, la postmodernidad puede bien representar un giro importante en la manera de concebir al ser humano y la naturaleza. No obstante, algunos de quienes representan esta nueva forma de pensar, retoman o replantean ideas de filósofos modernos que han sido marginados (si no de la historia de la filosofía, sí del proyecto concreto de la cultura occidental) o malinterpretados13. Otros, como Husserl o Heidegger, ofrecen una solución al dualismo moderno entre el mundo y la conciencia, presuntamente, sin el apoyo de nadie. 
 
En el campo económico y político, en cambio, lo que actualmente vivimos no es esencialmente distinto de la modernidad capitalista, sino una consecuencia obligada de ella. La era postindustrial sigue siendo capitalista. La producción material sigue estando a la base de la riqueza, aunque el trabajo humano predomine en los servicios, o en el trabajo mental. Éste último, además, sigue siendo un trabajo asalariado, no libre sino explotado. Por otra parte, como en los orígenes del capitalismo, hoy día se quiere limitar las funciones del estado en la regulación económica. ¿En qué trascienden, entonces, la política y la economía actuales (el llamado neoliberalismo) al capitalismo moderno? En realidad, son una fase más de su evolución.

Por lo que respecta a la esfera ética, se puede decir que su abandono actual es producto de que los sistemas éticos tradicionales (el aristotélico o el kantiano, por mencionar dos ejemplos) no logran efectuarse adecuadamente, dejando pendientes sus fines de autonomía y bien común. La ética racionalista moderna resulta inadecuada en el sistema económico actual, que condiciona a las personas a ser consumidores y empleados individualistas, únicamente preocupados por la “vida buena” del confort. 
 
Pero en la base de este cambio en los valores éticos, como también en los estéticos, sigue estando el modo de vida económico en que nos desenvolvemos, valga la reiteración: el capitalismo moderno. El cual vive ahora una nueva fase en su desarrollo, pero sigue siendo moderno. Cambiarle de nombre por Postmodernidad no cambia su esencia, ni significa que debamos confundirlo con otro modo de vida, radicalmente distinto. En realidad, sigue planteándonos los mismos problemas del capitalismo, incluso acentuados.






Bibliografía.
1. Echeverría, B. Las ilusiones de la modernidad. UNAM. México. 1995.
2. Giddens, A. Consecuencias de la modernidad. Alianza Editorial. Madrid. 1997.
3. Heidegger, M. Arte y Poesía. FCE. México. 2006.
4. Lyotard, J.F. La Postmodernidad (explicada a los niños). Gedisa. Barcelona. 1987.
5. Marx, C.; Engels, F. Manifiesto del Partido Comunista. Ed. Progreso. Moscú. 1985.
6. Spinoza, B. Ética. Trotta. Barcelona. 2005.


1 Giddens, A. Consecuencias de la modernidad. Alianza Editorial. Madrid. 1997. p. 15.
2 Cfr. Giddens, A. Consecuencias de la modernidad. p. 19.
3 Cfr. Echeverría, B. Las ilusiones de la modernidad. UNAM. México. 1995. p. 138.
4 Cfr. Echeverría, B. Las ilusiones de la modernidad. pp. 149-156.
5 Op. Cit. p. 151.
6 Marx, C.; Engels, F. Manifiesto del Partido Comunista. Ed. Progreso. Moscú. 1985. p. 39.
7 Spinoza, B. Ética. Trotta. Barcelona. 2005. p. 125.
8 Giddens, A. Consecuencias de la modernidad. p. 16.
9 Lyotard, J. F. La Postmodernidad (explicada a los niños). Gedisa. Barcelona. 1987. p. 25.
10 Cfr. Heidegger, M. Arte y Poesía. FCE. México. 2006. pp. 62-63.
11 Lyotard, J. F. La Postmodernidad (explicada a los niños). p. 18.
12 Robert Hughes, en el documental La maldición de la Mona Lisa. Este enlace conduce al primero de seis videos: http://www.youtube.com/watch?v=9KgOZaQK4Hg
13 Como Spinoza y Marx, respectivamente.

jueves, 5 de abril de 2012

El "qué" y el "para qué" de los valores en México


Introducción
En estos días está muy de moda hablar acerca de los “valores”, pero, ¿nos hemos detenido un momento a reflexionar acerca de qué son y qué función cumplen en nuestra vida individual y social? En torno a este tema es que voy a discurrir a continuación, asumiendo una perspectiva personal.

En el uso común que hacemos del término “valor” entendemos por ello un fin que es considerado por consenso social como algo “bueno”, o bien algo “preferible”. Así, por ejemplo, sabemos que es preferible las más de las veces ser “veraz” a ser “mentiroso”, por lo que la “veracidad” es un valor; o bien, juzgamos que es mejor ser “justo”, dando a cada quien lo que le corresponde. Y estas valoraciones consideran, ya sea implícita o explícitamente, las consecuencias negativas que conllevaría el infringir la norma que está expresada en el valor. Es decir, si siempre miento, ¿qué consecuencias traería esto a la vida social en que se halla inscrita mi vida personal? No es difícil ver que ello haría que no existiera la confianza mutua y, por tanto, los conflictos interpersonales serían siempre inminentes. Los valores, pues, como fines normativos de la conducta humana tienen la función de conservar un cierto orden social y cultural, evitando que con su cumplimiento dicho orden se disuelva.

Los ejemplos mencionados son valores de tipo ético, pero también existen valores religiosos, estéticos, políticos, económicos, etc. Sin embargo, en todos ellos también hallamos la característica de ser fines normativos que el ser humano se plantea a sí mismo. Y por tener este origen humano, podemos afirmar que son también mutables en la misma forma en que lo es el Hombre. Los valores tienen un carácter histórico, al igual que la naturaleza humana. Por esto mismo es que también llegan a constituir un problema para el Hombre, puesto que hay momentos en que su historicidad nos orilla a preguntarnos por los valores que hemos de asumir.

El ser humano es un ser eminentemente práctico y, por ello, los valores se inscriben dentro de la praxis del Hombre. Y por lo mismo podemos diferenciar dos tipos de valores: 1) aquellos que se asumen en una práctica reiterativa de la actividad humana, o bien, 2) los que deben construirse para transformar la propia vida sociocultural y, con ello, también la del individuo. En el primer caso nos encontramos con valores que tienden a mantener un sistema de cosas establecido (con pequeñas variantes a nivel individual), mientras que en el segundo caso los valores planteados sirven para cambiar dicho sistema, siguiendo una praxis creativa.

El carácter histórico de los valores nos habla de su relatividad, de que dependen en su existencia de condiciones geográficas y temporales en que se manifiestan otro tipo de condiciones como: económicas, sociales, culturales, tecnológicas, entre otras. Pero, por el hecho de tener un mismo origen, es decir, en el Hombre, también han de compartir todos algunos rasgos en común que puedan considerarse de índole universal. Además, dentro de cada contexto sociocultural-histórico, los valores pueden verse con ese carácter de universalidad, como válidos para todas las personas que conformen dicho contexto.

En nuestra situación actual, ¿qué valores hemos de asumir? ¿Los reiterativos o los creativos? ¿Existen ya entre nosotros o es todavía una tarea pendiente construirlos? ¿Qué forma tienen o deben tener esos valores como fundamento y qué función social han de cumplir?


Fundamento del valor
Como ya se ha dicho, los valores tienen un origen humano, por lo que para darnos una idea general de lo que son ellos, hemos de poseer también una idea precisa de lo que es el Hombre. Se ha mencionado ya su carácter práctico, aunque aún sin precisar lo que con estos términos queremos decir. Esto es algo que haré en seguida, pero añadiendo a este rasgo fundamental del Hombre su condición de criatura consciente, pasional y activa.

El carácter práctico del Hombre implica que como toda criatura se esfuerza por perseverar en su ser: su existencia se halla en una tensión constante contra la permanente posibilidad de morir. Pero el ser humano realiza esto con el auxilio de sus semejantes, siendo su vida individual una expresión de condiciones sociales. El lenguaje, las herramientas y las formas de interrelación que los hombres han inventado en sociedad constituyen su hogar, su mundo, el espacio en que se hallan seguros. Y estas invenciones humanas implican ya un proceso de valoración, del orden cognitivo-lingüístico, económico y ético, respectivamente, e interconectados entre sí. Así que el Hombre valora desde siempre, desde su mismo origen como ser práctico que es. Hasta podemos ser tentados a plantearnos la cuestión de si los valores son creación humana o el Hombre es producto de los valores. Sin embargo, caeríamos en un error, puesto que entre ambos términos no hay una relación genética, donde uno cree al otro, sino dialéctica: son dos aspectos diferenciados de lo mismo, que se influyen recíprocamente, bidireccionalmente.

También hay que decir que, a diferencia de otras criaturas que también desarrollan actividades “prácticas” (como las abejas que construyen su panal o como las aves sus nidos), el Hombre las desarrolla de manera consciente, las planea. Es un rasgo intrínseco del ser humano planear, modelar en su mente las cosas que ha de hacer antes de hacerlas: es un ser que siempre está proyectando sus actividades. Esta actividad humana consciente y transformadora es lo que anteriormente he denominado “praxis”. Por lo mismo he apuntado antes que los valores se inscriben dentro de la praxis humana.

Pero, ¿cómo se forman los valores en el individuo social, es decir, en la persona? Los valores cognitivo-lingüísticos, económicos y éticos, que son inseparables de la existencia social del Hombre se interiorizan en las nuevas generaciones en un proceso de aprendizaje, en un proceso educativo. Mediante la educación se inculcan los fines normativos que permiten a la persona adaptarse al mundo social en que vive, sosteniendo a la vez la existencia de dicho mundo social con su propia participación en él. Este aspecto educativo de la interiorización del valor en la persona puede verse hasta cierto punto como un hecho pasivo, en el sentido de que sólo reproduce o conserva los valores establecidos: no hay en ello, aparentemente, una actividad creativa. Sin embargo, a nivel individual, podemos afirmar que sí hay actividad por parte del sujeto; se requiere cierto esfuerzo pasar de ser un individuo impulsivo e insocial a uno reflexivo y sociable, lo cual se logra en este proceso educativo.

Sin embargo, el reto mayor lo representa la necesidad de transformar los valores existentes cuando éstos ya no responden a la realidad sociocultural presente. Entonces, valorar ya no es la “conformación educativa”, sino la “crítica y creación”. Pero esta última tarea no es posible realizarla individualmente, sino que se precisa de la confluencia de muchas personas en el Hombre colectivo. La actividad y creatividad por excelencia de la persona reside en su participación consciente en este proceso, en el cual afirma su carácter de ser histórico.


Los valores cognitivo-lingüísticos, económicos y sociales
En lo que se refiere a esos tres ámbitos fundamentales de la praxis humana ya mencionados: el cognitivo-lingüístico, el económico y el social, ¿qué nos hace falta lograr? Para responder la cuestión echemos un vistazo a las instituciones sociales en que se fincan esos valores.

En el caso de los valores cognitivo-lingüísticos, tendremos que observar el estado en que se encuentran las actividades intelectuales en la sociedad, particularmente las de la literatura, la filosofía y la historia, que son las que prioritariamente emplean como instrumento el lenguaje para la expresión de imágenes y conceptos de diversa complejidad. Habrá que preguntarnos qué tan instruida está esa sociedad en esas áreas de la cultura universal. Y con esto no sólo se involucra a su vez el aparato educativo, sino también con especial influencia, los medios masivos de comunicación. ¿En qué medida la televisión, la radio, la prensa o la internet procuran la difusión de esas disciplinas, contribuyendo a la formación de personas sensibles, reflexivas y críticas?

Los propios medios de comunicación en México han hecho patente las deficiencias en la educación de los mexicanos, particularmente en sus “hábitos de lectura”. De manera más discreta ha sido la difusión del intento de eliminar la filosofía de la enseñanza del bachillerato nacional. Por ello es evidente el atraso deliberado por el propio estado mexicano en la promoción de los valores cognitivo-lingüísticos en su sistema educativo.

Y por lo que se refiere a los medios de comunicación, lamentablemente vemos que la contribución es prácticamente nula; que lo que se nos ofrece son contenidos vacíos de conceptos o de imágenes profundas. En su lugar encontramos la información superficial, emociones estereotipadas, la falta de preguntas que promuevan por emulación la actitud reflexiva. Y todo esto debe tragárselo el individuo común, ya que no tiene un control sobre estos contenidos; quizás, la información de la Red se salve un poco de este juicio, puesto que alberga una mucho más amplia variedad de contenidos de los cuales se puede echar mano; sin embargo, porcentualmente, es la de menor utilización por las personas en México.

Además de imposibilitar a los individuos en sus potencialidades creativas, en su capacidad para planear imaginativamente y formular en el lenguaje sus proyectos, de cualquier índole que sea, la debilidad en los valores cognitivo-lingüísticos, sirve al propósito de mantener un estado de cosas “conveniente” para algunos. Pero, la verdad, resulta algo sumamente grotesco tal despilfarro de las energías creativas de un pueblo, sólo para que sus mediocres dirigentes no se vean en peligro de caer de su trono.

Pasando ahora al ámbito de lo económico nos encontramos con un pobre desarrollo, además de acciones sistemáticas para conservar dicho atraso. Sólo en el discurso demagógico de los políticos se habla del progreso económico de México, generalmente refiriéndose a la creación de empleos temporales, el fomento de la inversión extranjera o del turismo. Pero lo económico no es sólo lo que implica dinero, sino más bien la manera específica en que una sociedad se relaciona con la naturaleza y se organiza para sobrevivir conquistando de la naturaleza lo que necesite. Así, la tecnología, y la técnica correspondiente, que una sociedad crea para transformar la naturaleza a su favor son expresión de los valores económicos de dicha sociedad.

En el caso mexicano, tanto la tecnología como la técnica no son propias, sino adoptadas de otras naciones. Esto no les quita en nada su efectividad; no es eso, precisamente, lo criticable, sino que no exista un proyecto de desarrollo de tecnología y técnica propio: que se promueva sistemáticamente la dependencia tecnológica. No existe, pues, una industria nacional. El valor que se grita a los cuatro vientos es que México sea un mercado seguro que las industrias trasnacionales exploten, ya sea vendiéndonos sus productos y tecnología, o “dándonos empleo”. Son valores de la mediocridad impuestos por una clase social mediocre, aunque poseedora de poder “financiero” y político (la posesión de dichos poderes no guarda una relación necesaria con la excelencia humana). El pueblo de México se ha visto obligado a seguir sus fines mezquinos marginando los verdaderos intereses nacionales.

Los valores sociales, por otro lado, están implícitos en las relaciones sociales predominantes en el seno de cierta comunidad. Dichas relaciones sociales, a su vez, se inscriben dentro de ciertas instituciones, ejemplos: la familia, el sindicato, la escuela, el partido político, la empresa, la iglesia, etc. Cada una de estas instituciones se regula por ciertos códigos o reglas de conducta que deben acatar sus miembros; en tales reglas, cuyo fin es la buena conformación de la institución (su estabilidad) se comprenden ciertos valores sociales.

El “gobierno” es una más entre las instituciones sociales, encargada de la función de administrar el buen funcionamiento del resto de las instituciones (y de ella misma); es decir, siendo el Estado la totalidad de las instituciones sociales, debemos decir que el gobierno se encarga de garantizar el buen funcionamiento del Estado. Y, como decía Juan Jacobo Rousseau, el gobierno tiende al vicio de imponer sus intereses de cuerpo parcial dentro del Estado a los intereses del conjunto: esto es particularmente cierto en el caso mexicano. En el último siglo ha predominado la figura del Presidente por encima de los otros “poderes” del gobierno, es decir, del Congreso (poder legislativo) y del Poder Judicial. La figura principal ha sido el Presidente quien, como un monarca, hace y deshace a su voluntad en los asuntos del Estado. En los últimos dos sexenios la oposición a su poder, aunque existe, sigue siendo mínima.

La forma fundamental de los valores sociales es la del “bien común”, la del fin que cada una de las instituciones sociales tiene. Por ello, estos valores son también de naturaleza ética, además de política en el caso de los valores implícitos en la institución del gobierno, puesto que se refieren al bien de toda la sociedad. La tendencia a desviarse de este bien común y propender al bien particular es la “corrupción” de las instituciones. Pero, siendo esta tendencia algo natural en el individuo, dependerá de la forma en que se organicen las instituciones si estas pueden ser “sanas” o “corruptas”, y no tanto de la buena voluntad de sus miembros.

No hace falta mencionar el lugar que la corrupción ocupa dentro de nuestras instituciones, pues es de sobra aceptado que ello constituye uno de los problemas capitales de nuestra sociedad. Sin embargo, es de hacer notar que el gobierno se limite a la mera sanción judicial y convoque a los valores morales como remedio a semejante mal, mientras que el verdadero problema, que se halla en la mala organización de las instituciones que favorecen o al menos no impiden su propia corrupción, se deja intacto. Muerto el perro no se acaba todavía la rabia. Pero de esto tampoco es ignorante el gobierno.


Valores cognitivo-lingüísticos y transformación de valores
En el desarrollo de los valores ocupan un lugar clave los valores cognitivo-lingüísticos, como mediadores entre los valores económicos y los valores sociales. En realidad, las tres esferas del valor están estrechamente vinculadas. Si en un país como el nuestro, por ejemplo, predomina la actividad comercial sobre la industrial, esta esfera del valor económico determina o corresponde con otra cierta esfera de los valores sociales, pues se tendrán cierto tipo de relaciones sociales para esa actividad económica. Y los valores cognitivo-lingüísticos servirán tanto para el buen desempeño de la actividad económica como para el de las relaciones sociales inherentes.

Otras formas de actividad económica comunes son la actividad industrial y la de servicios profesionales. Ambas están organizadas en instituciones que requieren del conocimiento y de un sistema de términos, de un lenguaje específico. Tales instituciones pueden ser los sindicatos, los colegios de profesionistas o la empresa. Lenguaje y conocimiento siguen siendo elementos de especial importancia para la cohesión de las instituciones.

Pero, igualmente, son clave para cuando se requiere de la transformación de esas mismas instituciones, junto con la acción práctica colectiva. Y es que los valores sólo adquieren validez si emanan del consenso social. El hombre común puede saber lo que es mejor, aunque haga lo peor. El problema reside en qué normas seguir para que lo mejor pueda ser aprendido, y luego desarrollado, por él. Entonces, los valores se tornan en “virtudes”, en hábitos conscientes (interiorizados) del bien común.

Por lo dicho anteriormente acerca de los valores en México, se evidencia la necesidad de transformar los valores a través de la transformación de las mismas instituciones corruptas. Ello no es algo que se haga meramente en el discurso, en lo ideal, sino en hechos concretos. Se debe abandonar la práctica reiterativa de valores inoperantes y promover nuevos valores que sean útiles a la transformación de las instituciones sociales existentes. ¿Cuáles han de ser dichos valores? Esta es una cuestión que sólo podrá resolverse en colectivo, en una situación concreta, por los miembros de las instituciones que se pretenden transformar.

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sábado, 9 de abril de 2011

Historia y consciencia histórica en el "Manifiesto del partido comunista"





Descripción: En el "Manifiesto del partido comunista", Carlos Marx y Federico Engels buscaron plasmar su concepción del desarrollo histórico de las sociedades, pero con ello también está implícita la cuestión del desarrollo de la libertad de los sujetos históricos a través de la integración en ellos de la "consciencia".


La concepción materialista de la Historia  


Marx y Engels exponen desde el primer apartado del Manifiesto una concepción del desarrollo histórico a través de contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción; al mismo tiempo, califican a la historia de las sociedades como la historia de las luchas de clases.


La burguesía surge del seno de la sociedad feudal como una clase portadora del progreso económico, que entra en contradicción con las formas feudales de producción y sus relaciones sociales. Así, pues, como clase progresista, se impone a la aristocracia feudal; entabla con ella una lucha política que sirva al establecimiento legítimo de su dominio económico.Una causa económica es la que explica un movimiento social y político.


De esta manera explican Marx y Engels la historia. Una clase en ascenso busca el poder, dominar al resto. Pero, en esto hay algo de irracional e inconsciente. Si acaso, se sigue sólo la racionalidad del capital y la del poder, que son correspondientes. Mas la lógica del capital y del poder, ¿se asemeja en algo a la lógica de la conducta humana? ¿Forman parte de ella, o son su todo? Lo cierto es que mientras el hombre no conozca esa lógica del capital y del poder, asistirá a la historia como espectador, víctima o títere, pero no como un agente o protagonista.


La ciencia histórica, pues, debe echar mano tanto del conocimiento del desarrollo económico como del desarrollo político, así como de sus conexiones. Marx y Engels exponen en la primera sección del Manifiesto el modo como han acontecido en su época dichos desarrollos. Y, observando su situación histórica, su presente, ven hacia el futuro.


Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación [...] las armas de que se sirvió la burguesía para derribar al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía.
Pero la burguesía ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.


La Historia como lucha de clases.



La Historia concebida por Marx no se limita al mero conocimiento del pasado; del pasado en sí mismo. La historia viva y real está en el presente, señalando futuros posibles, al igual que muestra los restos del pasado, aun pugnando por permanecer. Ya se dijo anteriormente: la historia es la historia de las luchas de clases. Pero, este principio podría formularse de este otro modo: la historia es la tensión entre el pasado y el presente que apunta a una solución futura.


Esta tensión entre el pasado y el presente se expresa en las clases sociales existentes; una más desarrollada que la otra y que representa el futuro de la sociedad. El pasado, en sí mismo, no es objeto de interés en el Manifiesto, salvo para revelarnos el proceso del cambio social; un proceso que signifique una ley que pueda ser evaluada en el presente. Por ello es que la indagación histórica en Marx  y Engels está indisolublemente ligada a una práctica histórica, fundamentalmente en el terreno político. La teoría y la práctica son inseparables.


Concretamente, ellos vieron en el proletariado a la clase social que derrocaría el régimen capitalista; ellos vieron en ella un carácter que superaba al de la clase burguesa:


Las condiciones de existencia de la vieja sociedad están ya abolidas en las condiciones de existencia del proletariado. El proletariado no tiene propiedad; sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada de común con las relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial moderno [...] despoja al proletariado todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él meros prejuicios burgueses, detrás de los cuales se ocultan otros tantos intereses de la burguesía.
Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación [...] Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la propiedad privada existente.


Estas últimas palabras en que se expresa la posibilidad de un giro histórico radical en el desarrollo de los pueblos, no significan un destino necesario. En el pasado, no fueron las clases oprimidas quienes promovieron directamente la revolución social, sino otras que eran clases poseedoras y que buscaban dominar políticamente. Si acaso, las clases desposeídas tomaron parte como clases dirigidas en tales movimientos. Por ello, podríamos afirmar que esas revoluciones, más que estar inspiradas en un verdadero ideal de justicia que beneficiara al género humano en su conjunto, sólo seguían la lógica del capital y del poder. Era, en cierto modo, una historia inconsciente, irracional; en cierto modo, una historia sin el hombre; una prehistoria. La verdadera historia es la que logra liberarse de los prejuicios económico-políticos, reconociéndolos científicamente y, poniendo en práctica una lucha política que redunde en justicia para todo el género humano.


Esta es la misión histórica que Marx y Engels atribuyen al proletariado. Pero, repito, no hay un destino necesario para él. Puede ser o no ser. Depende fundamentalmente del hombre. Su realización no ha de ser como los acontecimientos históricos anteriores, guiados por la necesidad del desarrollo económico y sus correspondientes formas políticas y culturales. La hegemonía proletaria ha de ser producto de una lucha consciente y deliberada de esa clase social. Se trata, pues, de la verdadera historia, de la historia con el hombre.


La consciencia histórica



Construir la verdadera historia implica la existencia de una consciencia histórica en los sujetos. En el Manifiesto, se expresa la manera como el proletariado fue adquiriendo esa consciencia de su misión histórica. La consciencia coincide, en realidad, con lo que los marxistas llaman "consciencia de clase". Veamos cómo Marx y Engels nos describen el desarrollo de dicha consciencia:


Al principio, la lucha es entablada por obreros aislados, después, por los obreros de una misma fábrica, más tarde por los obreros del mismo oficio de la localidad contra el burgués individual que los explota directamente. [...] Pero la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el número de proletarios, sino que los concentra en masas considerables; su fuerza aumenta y adquieren más consciencia de la misma [...]
Como consecuencia de la creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis comerciales que ello ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca al obrero en situación cada vez más precaria; las colisiones entre el obrero individual y el burgués individual adquieren cada vez nás y más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común para la defensa de sus salarios.[...]
El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros [...] Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es una lucha política.


Estas progresivas formas de organización proletaria, que van desde la mera acción particular, pasando por los sindicatos y terminando en el partido político, corresponden a diversos grados de consciencia histórica, y las consecuencias de sus actividades tienen también diversos alcances.


Pero, el carácter científico de lo histórico sólo se llega a asomar en la lucha de clases desde un partido político. En la acción política está implícita una lucha de ideas, dos o más versiones distintas sobre el mundo. En la segunda sección del Manifiesto, por ejemplo, se dice cómo los comunistas poseen una mejor comprensión del proceso histórico. Y éstos, por tanto, están en mejor posición para dirigir la lucha política del proletariado.El conocimiento histórico aparece aquí con un carácter eminentemente práctico. Tampoco es un conocimiento imparcial, puesto que es asumido por una parte de la sociedad; lo cual no significa que deje de ser objetivo o verdadero.


Conclusiones



Podemos concluir que la consideración marxista de la historia es sumamente singular, por varios aspectos que a continuación enumero:


1) La primacía del aspecto económico (es decir, la forma particular de relación del hombre con la naturaleza, en cierto momento de la historia), sobre el aspecto político y cultural.


2) La consideración de la historia económica de los pueblos y la conexión que han tenido en ellos lo económico, lo político y lo cultural.


3) Sobre la base de la consideración (científica) anterior, la reconsideración de la primacía de lo económico, es decir, la consideración de la posibilidad de trascender el determinismo económico a partir de la acción política (y cultural). Aquí se invierte la relación economía versus política y cultura.


4) La consideración marxista de la historia no puede ser imparcial, ni tampoco desligarse de la práctica (no es un saber puramente teórico).


5) La historia no puede estar dedicada al estudio del pasado en sí mismo, sin relación con el presente y el futuro.


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