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domingo, 2 de septiembre de 2012

Persona y Ciudadanía en México



La situación de la violencia en México durante el sexenio del todavía presidente espurio, Felipe Calderón, no sólo pone a pensar cuál es el sentido de la persona humana, sino que lo hace en medio de una angustia inevitable. ¿Cómo es posible la muerte de casi 70 mil personas, la mayoría civiles, y la mayoría de esta mayoría ajenas a las actividades delictivas (los llamados “daños colaterales”)? ¿Cómo es posible que este presidente no manifieste ninguna contrición ante tan “inhumano” acontecimiento? ¿Por qué parece haber perdido todo valor la vida humana? 

Detenernos a reflexionar sobre estas cuestiones es algo que no se debe posponer, puesto que es muy probable que no sea un hecho casual, algo exclusivo de este sexenio, algo que va a desvanecerse cuando Calderón deje el poder. Él pudo ser el detonante, pero las condiciones para la explosión ya estaban dadas desde antes de su arribo al gobierno. El próximo gobierno de México tendrá frente a sí las mismas condiciones que han hecho posible la barbarie por la que hemos atravesado en los últimos seis años. Ellas son las raíces de la deshumanización en México, que el próximo presidente podrá intentar eliminarlas o, como lo hizo Calderón, fortalecerlas más aún.

Algunas de dichas condiciones son la pobreza, la ignorancia, la corrupción, la promoción de una cultura hedonista, consumidora y vanidosa; y todo esto, con un origen común: la ambición al dinero de una clase social parasitaria, pero capaz de reprimir a la sociedad entera en virtud de su poder político. En el fondo, nos encontramos con el modelo económico neoliberal como la causa de esta tragedia mexicana. Y los modos en que acontece la deshumanización son: la desfiguración de la persona, en lo individual, y de la ciudadanía en lo colectivo.

El valor de la persona.
¿Qué significa ser una persona? La pregunta adquiere su pertinencia al observar, por ejemplo, el fenómeno del tráfico de inmigrantes por el crimen organizado en México, como si fuera un negocio cualquiera; además de disponer de la vida de estas personas como si de ganado se tratara. Es algo vergonzoso e indignante. Igualmente, podríamos mencionar los feminicidios de Ciudad Juárez, o quienes mueren por efecto de “balas perdidas” en el fuego cruzado entre policías y delincuentes, y muchos otros casos en que las autoridades permanecen indiferentes, dejando tales crímenes en la impunidad. 

¿Quiénes son las personas? ¿Las víctimas? ¿Los victimarios? El homicidio es, quizás, la mayor afrenta a la humanidad, por lo que es algo que va contra el propio homicida, que se deforma a sí mismo en su acción para convertirse en una aberración humana, en un monstruo. Y, no obstante la inhumanidad de la acción homicida, tiene una lógica o un sentido, un motivo pasional extremo: el dinero, o algún tipo de poder que finalmente ha de retribuirles dinero. No hay una finalidad moral o de bien común en las acciones criminales, aunque organizaciones como “Los caballeros templarios” se asuman como un “grupo insurgente”. Es poco probable, por otro lado, que dichas acciones obedezcan principalmente a un mero gusto por matar seres humanos. Atribuir a la locura este problema social sería desviarnos de sus causas verdaderas e impedirnos darle una solución adecuada.

Ya en el siglo diecinueve, Marx señaló que el capitalismo es un sistema de producción que desvaloriza la vida de los trabajadores, a través de la explotación laboral; en él, es el capital quien se impone como algo vivo y con personalidad propia a los hombres, incluyendo a los mismos capitalistas, que fungen como sus agentes. El capital genera en ellos la pasión de la avaricia, así como del poder como instrumento para satisfacer aquella. Y a quienes conforman las clases desposeídas los cosifica convirtiéndolos en meras mercancías. ¿Acaso no es esto mismo lo que observamos ante la inhumana explotación de la persona en México?

La verdadera persona no debe tratarse nunca como un medio para otra cosa, sea personal o impersonal, sino que debe sernos siempre un fin en sí mismo. Pero, además, debe sobre todo respetarse lo que podríamos llamar su esencia: su voluntad libre. Esta libertad de la voluntad, sin embargo, no es algo dado de por sí en la existencia humana, sino algo que se cultiva (y que se conquista), y aunque depende en cierta medida de la condición socioeconómica del sujeto, creo que depende más de su desarrollo cultural. Este tiene que ver con la asunción de ciertos valores necesarios para la existencia humana tanto como lo son el comer, el beber y la comodidad, que conciernen más que nada a lo económico. La música, la literatura, el arte en general, la historia, la filosofía, entre otros contienen dichos valores, que deben ser inculcados a los individuos a través de la educación.

Ciudadanía débil: un México sin rostro.
Al mencionar el término “ciudadanía” no pretendo referirme a algo meramente exterior a la persona, que por el solo hecho de haber nacido en México y tener 18 años, por ejemplo, ya soy un ciudadano o tengo la ciudadanía mexicana. Más bien me refiero a la condición política que un conjunto de personas hacen valer con la fuerza de su organización, de acuerdo al marco constitucional de la nación. En este sentido, la ciudadanía no es algo que nos llega, que cae del cielo, sino que se conquista.

En cierto modo, se puede decir que la ciudadanía requiere que dentro de la sociedad se formen verdaderas personas, esto es: seres humanos activos, con una voluntad libre. El ciudadano es la persona que siempre está al cuidado de las leyes que redundan en provecho de todas y cada una de las personas que forman la sociedad, que incluso participa en su elaboración, puesto que él mismo como persona, es el principio y fin de esas leyes. Las leyes y el estado en general deben ser entendidas como un medio para el desarrollo de la persona, y no como un fin último. 

Esta participación de los ciudadanos mexicanos es la que ha estado ausente en los últimos años, al dejar pasar acciones gubernamentales que violan la constitución (como la ley televisa, en 2006), donde el poder ejecutivo y el legislativo, no han tenido la menor resistencia de la ciudadanía.

Marx y Engels, en su “Manifiesto del Partido Comunista”, exponen las distintas etapas de la organización del proletariado, desde la mera acción individual hasta la conquista de una situación en la cual se hace capaz de disputarle el poder político a la burguesía. En esa cima de la organización proletaria se promueven no sólo valores de tipo económico, como lo haría una mera organización sindical, sino de todos los tipos que sirvan a la naturaleza humana (laicos, por supuesto): valores morales, históricos, estéticos, políticos, lingüísticos, etc. Por ello, en esta lucha se busca la conformación no sólo de un nuevo gobierno, sino de una nueva persona, a través de esa organización lograda que es la ciudadanía.

Conclusiones.
Sería ocioso entrar en la indagación de si es la persona quien define la ciudadanía o es la ciudadanía lo que posibilita la emergencia de la persona. Ambas son un reflejo de la otra, son fenómenos concomitantes. Lo que importa es ver cómo es posible su desarrollo. Y, según podemos interpretar del marxismo, esto es a través de la interacción social organizada en torno al bien común. Si el crimen se organiza, ¿podemos ser tan pesimistas para creer que el amor y la solidaridad no pueden hacer lo mismo, y con igual o mayor fuerza, en torno a la justicia? 

La deshumanización en México, manifiesta en el apogeo del crimen y la explotación, tiene su origen en que no es el ciudadano quien lleva las riendas de la vida social, sino los políticos corruptos que él mismo ha tolerado: desde el presidente de la república hasta el más insignificante político; y, junto con estos políticos, los poderes fácticos del crimen organizado, entre otros. Tiene su origen en la falta de una verdadera democracia, porque no se ha conquistado la verdadera ciudadanía. Todos somos responsables de esta tragedia nacional, no sólo el gobierno. Y antes que esperar una solución de parte de la clase política, debemos construirla con nuestras propias manos.

domingo, 5 de agosto de 2012

Juventud e Historia: #Yosoy132

Juventud e Historia.
El pensador argentino José Ingenieros dio una definición de la “juventud” con base en la capacidad individual de una persona para forjarse un ideal, y no tanto como algo que reside en los años vividos. De modo que se puede ser viejo, es decir, lo contrario al concepto de juventud de Ingenieros, aunque se tengan pocos años; o se puede ser joven, aún cuando se cuente ya con muchos de ellos. Todo depende del ánimo con que la persona busque la realización de los ideales inherentes a ella en lo individual, o correlativos a la vida colectiva; estos últimos buscará realizarlos en colaboración con otras personas tan involucradas en el ideal como él mismo lo está. 

Y por su conexión con el ideal humano, la juventud está directamente conectada con la Historia, con los cambios socio-culturales al interior de una nación. Particularmente puedo hacer mención en este momento del papel que está jugando el movimiento estudiantil #Yosoy132 como factor de presión para la democratización de los medios y otras tareas pendientes de la sociedad mexicana.  

Los cambios que exigen los estudiantes son de gran relevancia para la vida pública de México, pues se centran en los aspectos más delicados del bienestar social que han sido más golpeados por las políticas neoliberales. Su manifiesto político, expresado en los seis puntos que resumen sus exigencias es abiertamente contra el neoliberalismo mexicano: 1) democratización de medios, 2) cambio en el modelo educativo, científico y tecnológico, 3) cambio del modelo económico, 4) en el de seguridad, 5) transformación política y vinculación con los movimientos sociales y 6) el derecho universal a la salud.

La juventud del movimiento #Yosoy132 se revela en su inconformidad para seguir viviendo en un país donde no parece asomarse la menor esperanza de un mejoramiento en esos aspectos tan dañados de la vida social, en su creatividad para organizarse, y para engendrar un futuro mejor. Podría afirmarse que la Historia misma tiene su corazón, su motor principal en una tensión o lucha de sujetos antagónicos, uno de los cuales representa el pasado, la vejez de las instituciones, y otro representa el futuro, el nacimiento de nuevas posibilidades de vida nacional. Así, este movimiento estudiantil representa el futuro de México luchando contra un régimen caduco que se niega a morir.


Los futuros líderes.
Una manera muy frecuente de hacer menguar un movimiento social ha sido la de comprar a sus dirigentes (lo otro es eliminarlos, si no se dejan comprar); tomo consciencia de esto cuando leo en ciertos medios que los futuros líderes políticos han de surgir de este movimiento social. Creo que lo que debe resaltarse es que los líderes no son nada sin el movimiento social, y que se deben a él, y no al revés. Pensar en estos líderes en un futuro como políticos adheridos a las instituciones gubernamentales, francamente, me parece un panorama triste. Corresponde a un momento distinto de la acción política que es muy ajeno al que ahora están viviendo. 

Sin movimiento social no hay liderazgo, salvo, quizás, una especie de “jefatura” o cualquier otra cosa, menos liderazgo. El político desligado de las voluntades de los “gobernados” carece de juventud, porque no tiene ideales, porque tan sólo trabaja para el presente, enredado en “las reformas que el país necesita” sin tener idea de a qué país se refiere. Otro panorama sería si los políticos del futuro estuvieran siempre al pendiente de las necesidades sociales, como parecen exigir los estudiantes en su punto #5: transformación política y vinculación con los movimientos sociales. Entonces sí, y sólo entonces, sería coherente con el actuar joven de los líderes del movimiento estudiantil el actuar de los líderes políticos futuros.

No es nueva esta táctica de convocar a los dirigentes sociales a integrarse a las estructuras políticas “institucionales”. Recordemos que también al movimiento zapatista se le invitó en su momento a convertirse en un partido político. Afortunadamente, el movimiento zapatista continúa con vida como un movimiento democrático, que se alimenta de las voluntades de los ciudadanos. También podríamos mencionar algunos casos de líderes de los movimientos estudiantiles de 1968 que posteriormente han adoptado una postura reaccionaria como miembros de la clase política oficial.


Un movimiento social pacífico.
El movimiento #Yosoy132 se ha declarado como un movimiento apartidista, aunque político, y además, pacífico. Y con esta última palabra interpreto que quieren decir que no recurrirán a acciones de violencia física para lograr sus objetivos. Postura que me parece por demás prudente y adecuada. No obstante también nos plantea ciertas cuestiones que es preciso tener en consideración.

No podemos soslayar que, históricamente, las revoluciones sociales han sido revoluciones violentas. ¿Será la violencia un rasgo necesario de las revoluciones? Si así fuese, ¿no estarán en un grave error los estudiantes al pretender cambios radicales en la sociedad mexicana a partir de meras manifestaciones? ¿A qué sujetos apela #Yosoy132 en sus exigencias? ¿Al virtual ganador de las elecciones presidenciales, el PRI? Es muy poco probable que este atienda sus demandas en caso de ganar la presidencia de la república, dado su irresponsable compromiso con el neoliberalismo, con esa absoluta insensibilidad que ha mostrado hacia las necesidades de la población mexicana. La confrontación de intereses nos aparece entonces como un conflicto irreconciliable por la vía del diálogo. Se requiere de acciones que tengan consecuencias más palpables que las del mero discurso o de las manifestaciones pacíficas.

Es posible encontrar esas acciones sin caer en la violencia física, en la violencia de las armas. A pesar de que al PRI y sus representados no les queda ni un poquito de legitimidad para gobernar, agotada toda su imaginación para pactar con sus adversarios, les queda de su lado, sin embargo, todo un sistema de instituciones corruptas, la desinformación mediática y la fuerza bruta. #Yosoy132 y demás movimientos sociales cobijados bajo su nombre tienen la ardua tarea de actuar desde dentro de las instituciones para transformarlas, no sólo pedir ni esperar nada de las autoridades (que están en su derecho como lo estamos todos los ciudadanos). Sólo este tipo de acciones directas puede tener un efecto transformador. 

Los ciudadanos deben tomar con sus propias manos lo que les corresponde. Por ejemplo, si yo soy profesor y veo la necesidad de un cambio en el modelo educativo, no tengo por qué pedirlo, sino hacer los cambios necesarios en colaboración con otros profesores y hacer que estos cambios tengan un valor “oficial”; o si veo la necesidad de una reforma laboral que realmente mejore las condiciones de trabajo y no lo contrario, yo como trabajador de base miembro de un sindicato y a través de él propongo la reforma más conveniente y exijo que se haga vigente. En la vida pública de México ha faltado esta participación ciudadana y se ha dejado todo a la voluntad de los políticos, pero esto debe terminar puesto vemos que no ha servido al bien común. Exigir a los políticos que hagan bien su trabajo es sólo una parte del ejercicio democrático, la otra parte, la parte activa, está en las decisiones del ciudadano organizado en su ámbito particular de actividad.

Enlaces:


viernes, 25 de mayo de 2012

Medios, comunicación y conocimiento



Estructura de la comunicación

Sin duda que la comunicación es un proceso intrínsecamente humano, que está en la base de la conformación de las sociedades y, por ende, de los individuos o personas. Respecto de porqué es el hombre un ser más gregario que todo otro animal, el filósofo griego Aristóteles afirmó que “la palabra está para hacer patente lo provechoso y lo nocivo, lo justo y lo injusto…y la participación común en estas percepciones es lo que constituye la familia y la sociedad”. Por tanto, la palabra cumple la función de transportar un valor de índole social, que trasciende el ámbito limitado de la existencia individual. En contraste, según Aristóteles, los animales tienen “voz”, mas no “palabra”, y con dicha voz sólo pueden comunicar entre sí las experiencias individuales del dolor y del placer.

En nuestros tiempos, algunos teóricos de la comunicación describen su estructura a través de elementos como: el emisor, el receptor, el mensaje, el medio, el código y el referente. Emisor y receptor son, claro, los sujetos que se comunican, que comunican un cierto mensaje, un hecho ya sea de la realidad objetiva o de la pura consciencia, un hecho mental. Y el medio común que utilizamos para esto es el lenguaje hablado, la lengua o idioma. Pero también se pueden mencionar otros medios, surgidos gracias al desarrollo técnico: el libro y los periódicos, el telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión, y en nuestros días, la internet. En términos generales, podemos definir al medio como el soporte material o vehículo en que se transmite el mensaje, y dicho medio está condicionado técnicamente.

La conexión entre la naturaleza de los medios, el tipo de comunicación, la cultura y la estructura social ha sido un tema de gran interés en nuestro tiempo. Hoy día se plantea, incluso, la idea de que estamos arribando a una nueva etapa dentro de la comunicación humana, y que esto ha de traer cambios sustanciales en las culturas y sociedades contemporáneas. Por ello, veamos un poco acerca de esta conexión entre la tecnología comunicativa y la cultura.

Medios y revolución socio-cultural.

En la historia de la humanidad se pueden reconocer dos momentos decisivos en la conformación de medios de comunicación masiva a distancia. El primero coincide con la invención de la imprenta en el siglo XVI, el segundo a partir del telégrafo durante el siglo XIX. Luego de este último se han venido en cascada estrepitosa el teléfono, la radio, la televisión y, la que para muchos constituye la tercera revolución: la de internet. Pero, ¿semejantes desarrollos técnicos de la comunicación han hecho de esta algo diferente? ¿Han cambiado con ello a las sociedades?

En la primera revolución, la de la imprenta, es claro que significó el inicio de un proceso de educación y autoeducación de las masas. Proceso lento, pero efectivo, que llevó a la secularización de la cultura, antes bajo dominio absoluto de la iglesia. Dicho proceso se expresó en el ideal de la libertad de expresión. Y, sin embargo, así, como mero ideal ha permanecido desde entonces, puesto que la prensa no ha sido nunca un espacio de expresión democrática real, es decir, en poder de la ciudadanía, sino en poder del estado y de las clases sociales dominantes.

La segunda revolución mediática parece seguir a otra de tipo económico: la revolución industrial. Desde el telégrafo hasta la televisión la clase capitalista ha utilizado estos medios en diversos modos para afirmar su poder económico y político: desde servir a la organización de sus actividades, pasando por la propaganda que ha forjado al sujeto “consumidor”, hasta la promoción de una cierta ideología que le asegura su poder. Y en todo esto, los beneficios que quedan para los pueblos es algo meramente circunstancial, cuando hay tales beneficios.

En cuanto a internet, en México representa un medio poco empleado (por razones socioeconómicas, principalmente), en comparación con la radio o la televisión, por ejemplo. Sin embargo, parece ser un medio que se mantiene al margen de los intereses económicos y políticos de las clases gobernantes. Hay, pues, en este medio si no una democratización, sí una mayor libertad para la expresión individual y a una escala global. Pero, ¿está en posibilidad de generar una nueva cultura? ¿Es cualitativamente distinto a los medios electrónicos tradicionales?

Información y conocimiento.

La raíz del problema en las tecnologías tradicionales de comunicación reside tanto en su uso monopólico y no democrático, como en la falla de un aspecto elemental del proceso comunicativo: la retroalimentación. El mensaje va siempre del emisor al receptor, pero no siempre emisor y receptor son los mismos. El que es receptor en un momento dado puede convertirse a su vez en emisor, porque la comunicación es, esencialmente, “diálogo”. Pero, los medios tradicionales de comunicación, en la medida en que sirven como mero instrumento de poder ideológico, evitan sistemáticamente el diálogo, o lo remplazan por un falso diálogo. Evitan la participación comunitaria en la expresión de opiniones.

De esta suerte, la llamada “opinión pública” no es más que la opinión de quienes dominan. Dominio que, más que fundarse en la capacidad de ellos, se funda en la incapacidad de los otros, de las masas que viven sumidas en la ignorancia.

Hoy que se halla tan de moda hablar de la “sociedad de la información” o de la “sociedad del conocimiento” deberíamos antes aprender a distinguir entre información y conocimiento. No son lo mismo. Filosóficamente, entre información y conocimiento puede haber un mundo de diferencia. La primera concierne a lo inmediato, a lo dado a través de los sentidos, que no es pasado por el tamiz de la reflexión, del diálogo crítico. Por otro lado, el conocimiento da cuenta de la realidad de las cosas, nos devela el ser de las cosas. Es lo que intentan constantemente las ciencias y la filosofía.

Pero lo que impera en los medios de comunicación, incluyendo en cierta medida a las nuevas tecnologías, es el tránsito de mera información, porque el conocimiento, además de estar plasmado en conceptos, requiere siempre de la discusión, del diálogo, y es lo que hace falta. Y la información, por sí misma, sin este elemento crítico que menciono, no sirve para crear o transformar, salvo para ser usada en el mantenimiento de un cierto orden socio-cultural establecido.

Para concluir: ¿significan las nuevas tecnologías una nueva revolución cultural? Como ya he mencionado, las revoluciones culturales anteriores e inherentes a los cambios en las tecnologías de la comunicación sólo han transformado instrumentalmente el proceso comunicativo, pero dejando intacto su perfeccionamiento en un encuentro más profundo entre los seres humanos, que debería ser el objetivo principal. Una verdadera revolución en los medios cumpliría con este fin. Por esto es que considero que un cambio cultural válido puede ser realizado tanto a través de las nuevas tecnologías como de las tradicionales y depende más que nada de su democratización. De momento, parece que internet es el espacio más propicio para ello, pero, ¿qué nos hace creer que no pueda convertirse también en un medio de control? Sólo cabe apelar a la organización de los medios por los propios ciudadanos para hablar entonces de un verdadero cambio socio-cultural.

sábado, 21 de abril de 2012

Sobre la Cartilla Moral de Alfonso Reyes

El debate es una sección del programa Plaza de Armas, transmitido por el canal Capital 21, de la Ciudad de México. Esta sección se acoge al canon clásico de la mesa de discusión, pero haciéndolo con el propósito no ya de enfrascarse en la fórmula vacía y abstracta del diálogo ad infinitum mediante el que nunca se llega a cosa alguna, sino con el de ir a la raíz misma de las cuestiones. El programa es conducido por Ismael Carvallo.

En esta emisión se presenta la entrevista con Alejandro Mejía y Alfonso Vázquez, de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM, para debatir en torno a "La Cartilla Moral". Éste es un texto preparado por el maestro Alfonso Reyes en el contexto de una campaña de alfabetización. Según el propio Reyes, en su prefacio de 1944 (Obras Completas, FCE, tomo XX), las lecciones no pudieron aprovecharse entonces. Varias décadas después, Andrés Manuel López Obrador ha puesto en circulación el texto de Reyes, proponiéndolo como documento de discusión en el contexto de su segunda campaña presidencial, de cara a las elecciones de este 2012.

jueves, 19 de abril de 2012

Diálogos con la Historia: La patria y sus constructores


Diálogos con la Historia es un programa de radio producido por la Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa, conducido por el historiador Matías Lazcano Armienta.

En la presente emisión se ofrece la entrevista con el filósofo Claudio Bustos Salgado, de la Escuela de Filosofía y Letras de la UAS, realizada el 13 de septiembre de 2011, en torno al concepto de "patria" y de los fundadores de la "patria mexicana". 


jueves, 5 de abril de 2012

El "qué" y el "para qué" de los valores en México


Introducción
En estos días está muy de moda hablar acerca de los “valores”, pero, ¿nos hemos detenido un momento a reflexionar acerca de qué son y qué función cumplen en nuestra vida individual y social? En torno a este tema es que voy a discurrir a continuación, asumiendo una perspectiva personal.

En el uso común que hacemos del término “valor” entendemos por ello un fin que es considerado por consenso social como algo “bueno”, o bien algo “preferible”. Así, por ejemplo, sabemos que es preferible las más de las veces ser “veraz” a ser “mentiroso”, por lo que la “veracidad” es un valor; o bien, juzgamos que es mejor ser “justo”, dando a cada quien lo que le corresponde. Y estas valoraciones consideran, ya sea implícita o explícitamente, las consecuencias negativas que conllevaría el infringir la norma que está expresada en el valor. Es decir, si siempre miento, ¿qué consecuencias traería esto a la vida social en que se halla inscrita mi vida personal? No es difícil ver que ello haría que no existiera la confianza mutua y, por tanto, los conflictos interpersonales serían siempre inminentes. Los valores, pues, como fines normativos de la conducta humana tienen la función de conservar un cierto orden social y cultural, evitando que con su cumplimiento dicho orden se disuelva.

Los ejemplos mencionados son valores de tipo ético, pero también existen valores religiosos, estéticos, políticos, económicos, etc. Sin embargo, en todos ellos también hallamos la característica de ser fines normativos que el ser humano se plantea a sí mismo. Y por tener este origen humano, podemos afirmar que son también mutables en la misma forma en que lo es el Hombre. Los valores tienen un carácter histórico, al igual que la naturaleza humana. Por esto mismo es que también llegan a constituir un problema para el Hombre, puesto que hay momentos en que su historicidad nos orilla a preguntarnos por los valores que hemos de asumir.

El ser humano es un ser eminentemente práctico y, por ello, los valores se inscriben dentro de la praxis del Hombre. Y por lo mismo podemos diferenciar dos tipos de valores: 1) aquellos que se asumen en una práctica reiterativa de la actividad humana, o bien, 2) los que deben construirse para transformar la propia vida sociocultural y, con ello, también la del individuo. En el primer caso nos encontramos con valores que tienden a mantener un sistema de cosas establecido (con pequeñas variantes a nivel individual), mientras que en el segundo caso los valores planteados sirven para cambiar dicho sistema, siguiendo una praxis creativa.

El carácter histórico de los valores nos habla de su relatividad, de que dependen en su existencia de condiciones geográficas y temporales en que se manifiestan otro tipo de condiciones como: económicas, sociales, culturales, tecnológicas, entre otras. Pero, por el hecho de tener un mismo origen, es decir, en el Hombre, también han de compartir todos algunos rasgos en común que puedan considerarse de índole universal. Además, dentro de cada contexto sociocultural-histórico, los valores pueden verse con ese carácter de universalidad, como válidos para todas las personas que conformen dicho contexto.

En nuestra situación actual, ¿qué valores hemos de asumir? ¿Los reiterativos o los creativos? ¿Existen ya entre nosotros o es todavía una tarea pendiente construirlos? ¿Qué forma tienen o deben tener esos valores como fundamento y qué función social han de cumplir?


Fundamento del valor
Como ya se ha dicho, los valores tienen un origen humano, por lo que para darnos una idea general de lo que son ellos, hemos de poseer también una idea precisa de lo que es el Hombre. Se ha mencionado ya su carácter práctico, aunque aún sin precisar lo que con estos términos queremos decir. Esto es algo que haré en seguida, pero añadiendo a este rasgo fundamental del Hombre su condición de criatura consciente, pasional y activa.

El carácter práctico del Hombre implica que como toda criatura se esfuerza por perseverar en su ser: su existencia se halla en una tensión constante contra la permanente posibilidad de morir. Pero el ser humano realiza esto con el auxilio de sus semejantes, siendo su vida individual una expresión de condiciones sociales. El lenguaje, las herramientas y las formas de interrelación que los hombres han inventado en sociedad constituyen su hogar, su mundo, el espacio en que se hallan seguros. Y estas invenciones humanas implican ya un proceso de valoración, del orden cognitivo-lingüístico, económico y ético, respectivamente, e interconectados entre sí. Así que el Hombre valora desde siempre, desde su mismo origen como ser práctico que es. Hasta podemos ser tentados a plantearnos la cuestión de si los valores son creación humana o el Hombre es producto de los valores. Sin embargo, caeríamos en un error, puesto que entre ambos términos no hay una relación genética, donde uno cree al otro, sino dialéctica: son dos aspectos diferenciados de lo mismo, que se influyen recíprocamente, bidireccionalmente.

También hay que decir que, a diferencia de otras criaturas que también desarrollan actividades “prácticas” (como las abejas que construyen su panal o como las aves sus nidos), el Hombre las desarrolla de manera consciente, las planea. Es un rasgo intrínseco del ser humano planear, modelar en su mente las cosas que ha de hacer antes de hacerlas: es un ser que siempre está proyectando sus actividades. Esta actividad humana consciente y transformadora es lo que anteriormente he denominado “praxis”. Por lo mismo he apuntado antes que los valores se inscriben dentro de la praxis humana.

Pero, ¿cómo se forman los valores en el individuo social, es decir, en la persona? Los valores cognitivo-lingüísticos, económicos y éticos, que son inseparables de la existencia social del Hombre se interiorizan en las nuevas generaciones en un proceso de aprendizaje, en un proceso educativo. Mediante la educación se inculcan los fines normativos que permiten a la persona adaptarse al mundo social en que vive, sosteniendo a la vez la existencia de dicho mundo social con su propia participación en él. Este aspecto educativo de la interiorización del valor en la persona puede verse hasta cierto punto como un hecho pasivo, en el sentido de que sólo reproduce o conserva los valores establecidos: no hay en ello, aparentemente, una actividad creativa. Sin embargo, a nivel individual, podemos afirmar que sí hay actividad por parte del sujeto; se requiere cierto esfuerzo pasar de ser un individuo impulsivo e insocial a uno reflexivo y sociable, lo cual se logra en este proceso educativo.

Sin embargo, el reto mayor lo representa la necesidad de transformar los valores existentes cuando éstos ya no responden a la realidad sociocultural presente. Entonces, valorar ya no es la “conformación educativa”, sino la “crítica y creación”. Pero esta última tarea no es posible realizarla individualmente, sino que se precisa de la confluencia de muchas personas en el Hombre colectivo. La actividad y creatividad por excelencia de la persona reside en su participación consciente en este proceso, en el cual afirma su carácter de ser histórico.


Los valores cognitivo-lingüísticos, económicos y sociales
En lo que se refiere a esos tres ámbitos fundamentales de la praxis humana ya mencionados: el cognitivo-lingüístico, el económico y el social, ¿qué nos hace falta lograr? Para responder la cuestión echemos un vistazo a las instituciones sociales en que se fincan esos valores.

En el caso de los valores cognitivo-lingüísticos, tendremos que observar el estado en que se encuentran las actividades intelectuales en la sociedad, particularmente las de la literatura, la filosofía y la historia, que son las que prioritariamente emplean como instrumento el lenguaje para la expresión de imágenes y conceptos de diversa complejidad. Habrá que preguntarnos qué tan instruida está esa sociedad en esas áreas de la cultura universal. Y con esto no sólo se involucra a su vez el aparato educativo, sino también con especial influencia, los medios masivos de comunicación. ¿En qué medida la televisión, la radio, la prensa o la internet procuran la difusión de esas disciplinas, contribuyendo a la formación de personas sensibles, reflexivas y críticas?

Los propios medios de comunicación en México han hecho patente las deficiencias en la educación de los mexicanos, particularmente en sus “hábitos de lectura”. De manera más discreta ha sido la difusión del intento de eliminar la filosofía de la enseñanza del bachillerato nacional. Por ello es evidente el atraso deliberado por el propio estado mexicano en la promoción de los valores cognitivo-lingüísticos en su sistema educativo.

Y por lo que se refiere a los medios de comunicación, lamentablemente vemos que la contribución es prácticamente nula; que lo que se nos ofrece son contenidos vacíos de conceptos o de imágenes profundas. En su lugar encontramos la información superficial, emociones estereotipadas, la falta de preguntas que promuevan por emulación la actitud reflexiva. Y todo esto debe tragárselo el individuo común, ya que no tiene un control sobre estos contenidos; quizás, la información de la Red se salve un poco de este juicio, puesto que alberga una mucho más amplia variedad de contenidos de los cuales se puede echar mano; sin embargo, porcentualmente, es la de menor utilización por las personas en México.

Además de imposibilitar a los individuos en sus potencialidades creativas, en su capacidad para planear imaginativamente y formular en el lenguaje sus proyectos, de cualquier índole que sea, la debilidad en los valores cognitivo-lingüísticos, sirve al propósito de mantener un estado de cosas “conveniente” para algunos. Pero, la verdad, resulta algo sumamente grotesco tal despilfarro de las energías creativas de un pueblo, sólo para que sus mediocres dirigentes no se vean en peligro de caer de su trono.

Pasando ahora al ámbito de lo económico nos encontramos con un pobre desarrollo, además de acciones sistemáticas para conservar dicho atraso. Sólo en el discurso demagógico de los políticos se habla del progreso económico de México, generalmente refiriéndose a la creación de empleos temporales, el fomento de la inversión extranjera o del turismo. Pero lo económico no es sólo lo que implica dinero, sino más bien la manera específica en que una sociedad se relaciona con la naturaleza y se organiza para sobrevivir conquistando de la naturaleza lo que necesite. Así, la tecnología, y la técnica correspondiente, que una sociedad crea para transformar la naturaleza a su favor son expresión de los valores económicos de dicha sociedad.

En el caso mexicano, tanto la tecnología como la técnica no son propias, sino adoptadas de otras naciones. Esto no les quita en nada su efectividad; no es eso, precisamente, lo criticable, sino que no exista un proyecto de desarrollo de tecnología y técnica propio: que se promueva sistemáticamente la dependencia tecnológica. No existe, pues, una industria nacional. El valor que se grita a los cuatro vientos es que México sea un mercado seguro que las industrias trasnacionales exploten, ya sea vendiéndonos sus productos y tecnología, o “dándonos empleo”. Son valores de la mediocridad impuestos por una clase social mediocre, aunque poseedora de poder “financiero” y político (la posesión de dichos poderes no guarda una relación necesaria con la excelencia humana). El pueblo de México se ha visto obligado a seguir sus fines mezquinos marginando los verdaderos intereses nacionales.

Los valores sociales, por otro lado, están implícitos en las relaciones sociales predominantes en el seno de cierta comunidad. Dichas relaciones sociales, a su vez, se inscriben dentro de ciertas instituciones, ejemplos: la familia, el sindicato, la escuela, el partido político, la empresa, la iglesia, etc. Cada una de estas instituciones se regula por ciertos códigos o reglas de conducta que deben acatar sus miembros; en tales reglas, cuyo fin es la buena conformación de la institución (su estabilidad) se comprenden ciertos valores sociales.

El “gobierno” es una más entre las instituciones sociales, encargada de la función de administrar el buen funcionamiento del resto de las instituciones (y de ella misma); es decir, siendo el Estado la totalidad de las instituciones sociales, debemos decir que el gobierno se encarga de garantizar el buen funcionamiento del Estado. Y, como decía Juan Jacobo Rousseau, el gobierno tiende al vicio de imponer sus intereses de cuerpo parcial dentro del Estado a los intereses del conjunto: esto es particularmente cierto en el caso mexicano. En el último siglo ha predominado la figura del Presidente por encima de los otros “poderes” del gobierno, es decir, del Congreso (poder legislativo) y del Poder Judicial. La figura principal ha sido el Presidente quien, como un monarca, hace y deshace a su voluntad en los asuntos del Estado. En los últimos dos sexenios la oposición a su poder, aunque existe, sigue siendo mínima.

La forma fundamental de los valores sociales es la del “bien común”, la del fin que cada una de las instituciones sociales tiene. Por ello, estos valores son también de naturaleza ética, además de política en el caso de los valores implícitos en la institución del gobierno, puesto que se refieren al bien de toda la sociedad. La tendencia a desviarse de este bien común y propender al bien particular es la “corrupción” de las instituciones. Pero, siendo esta tendencia algo natural en el individuo, dependerá de la forma en que se organicen las instituciones si estas pueden ser “sanas” o “corruptas”, y no tanto de la buena voluntad de sus miembros.

No hace falta mencionar el lugar que la corrupción ocupa dentro de nuestras instituciones, pues es de sobra aceptado que ello constituye uno de los problemas capitales de nuestra sociedad. Sin embargo, es de hacer notar que el gobierno se limite a la mera sanción judicial y convoque a los valores morales como remedio a semejante mal, mientras que el verdadero problema, que se halla en la mala organización de las instituciones que favorecen o al menos no impiden su propia corrupción, se deja intacto. Muerto el perro no se acaba todavía la rabia. Pero de esto tampoco es ignorante el gobierno.


Valores cognitivo-lingüísticos y transformación de valores
En el desarrollo de los valores ocupan un lugar clave los valores cognitivo-lingüísticos, como mediadores entre los valores económicos y los valores sociales. En realidad, las tres esferas del valor están estrechamente vinculadas. Si en un país como el nuestro, por ejemplo, predomina la actividad comercial sobre la industrial, esta esfera del valor económico determina o corresponde con otra cierta esfera de los valores sociales, pues se tendrán cierto tipo de relaciones sociales para esa actividad económica. Y los valores cognitivo-lingüísticos servirán tanto para el buen desempeño de la actividad económica como para el de las relaciones sociales inherentes.

Otras formas de actividad económica comunes son la actividad industrial y la de servicios profesionales. Ambas están organizadas en instituciones que requieren del conocimiento y de un sistema de términos, de un lenguaje específico. Tales instituciones pueden ser los sindicatos, los colegios de profesionistas o la empresa. Lenguaje y conocimiento siguen siendo elementos de especial importancia para la cohesión de las instituciones.

Pero, igualmente, son clave para cuando se requiere de la transformación de esas mismas instituciones, junto con la acción práctica colectiva. Y es que los valores sólo adquieren validez si emanan del consenso social. El hombre común puede saber lo que es mejor, aunque haga lo peor. El problema reside en qué normas seguir para que lo mejor pueda ser aprendido, y luego desarrollado, por él. Entonces, los valores se tornan en “virtudes”, en hábitos conscientes (interiorizados) del bien común.

Por lo dicho anteriormente acerca de los valores en México, se evidencia la necesidad de transformar los valores a través de la transformación de las mismas instituciones corruptas. Ello no es algo que se haga meramente en el discurso, en lo ideal, sino en hechos concretos. Se debe abandonar la práctica reiterativa de valores inoperantes y promover nuevos valores que sean útiles a la transformación de las instituciones sociales existentes. ¿Cuáles han de ser dichos valores? Esta es una cuestión que sólo podrá resolverse en colectivo, en una situación concreta, por los miembros de las instituciones que se pretenden transformar.

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sábado, 31 de marzo de 2012

El movimiento estudiantil chileno. 2011.


Diálogos con la Historia es un programa de radio producido por la Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa, conducido por el historiador Matías Lazcano Armienta. 

En esta emisión se presenta la entrevista con Daniela Carrasco Orellana, joven militante chilena, realizada el 13 de diciembre de 2011. Durante ese año, la juventud de ese país se manifestó intensamente en pro de mejoras al sistema educativo y social.


viernes, 16 de marzo de 2012

Diálogos con la Historia: El corrido mexicano


Diálogos con la Historia es un programa de radio producido por la Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa, conducido por el historiador Matías Lazcano Armienta. 

En este programa, transmitido en vivo el 13 de marzo de 2012, se desarrolla la entrevista con el maestro e investigador Juan Antonio Fernández Velázquez, en torno al tema del "corrido mexicano" durante los siglos XIX y XX.


 


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