viernes, 16 de diciembre de 2011

El desarrollo moral





El ideal es un gesto del espíritu
hacia alguna perfección.
José Ingenieros

Dentro de la ética, el concepto de “virtud” puede entenderse como la facultad, poder o capacidad que tienen las personas para hacer “lo bueno”. En lo sucesivo asumiré esta definición de virtud, con el fin de exponer una propuesta personal del modo como puede desarrollarse este poder humano. Y, en vista de este propósito general, no es posible soslayar la importancia que tiene también el concepto de “conciencia moral”. Ambos conceptos corresponden a facultades humanas susceptibles de un perfeccionamiento. Además, sin conciencia moral no hay virtud; así como sin virtud, hablar de conciencia moral es hablar de una mera fantasía. Ambas facultades se interrelacionan. La virtud corresponde a la capacidad de actuar, mientras que la conciencia a la de pensar.
            Pero, ¿cómo describir un modo posible de desarrollo de la virtud y de la conciencia moral? He aquí el problema. Antes de abordarlo propiamente es necesario ubicarse en la escena del fenómeno de la moral y describir su estructura, aunque esta sólo sea tentativa o aproximada. Sánchez Vázquez nos dice a este respecto: «[…] en la moral encontramos un doble plano: a) el normativo, constituido por las normas o reglas de acción e imperativos que enuncian algo que debe ser; b) el fáctico, o plano de los hechos morales, constituido por ciertos actos humanos que se dan efectivamente […]»[1] Y entre estos elementos indispensables en todo hecho moral está implícito otro, que es el objeto de la acción y también de la norma: lo bueno.
            Echando un vistazo a la historia de la ética se ve cómo lo bueno ha tomado una gran variedad de formas, como: el conocimiento, la justicia, la felicidad, Dios, el poder, etc.[2] Su definición es imprescindible en la formación de una teoría de la moral, así como para el fin de describir un desarrollo posible de la moral. Por ello, paso a reflexionar acerca de qué es lo bueno para el ser humano.
            El hombre tiene, de manera natural, el deseo de conocer; mediante el conocimiento de la naturaleza y de su mundo se adapta a ellos y sobrevive. Así, el conocer es una función necesaria para el hombre. Pero también hay que decir que, con el uso de su razón, el hombre no sólo se adapta, sino que también influye sobre su entorno y lo transforma. Por medio de su saber y su acción, el hombre participa en la evolución de la realidad. Esto es similar a lo que José Ingenieros comenta acerca de la “perfección”:

Nada puede permanecer invariable en un cosmos que incesantemente varía; cada elemento de lo inconmensurable tiende a equilibrarse con todo lo variable que lo rodea. En esa adecuación a la armonía del todo consiste la perfección de las partes.[3]

En vista de las características esenciales de la existencia humana mencionadas, al considerarlas en el contexto de la moral (que tiene que ver con la forma en que los individuos de una sociedad deben relacionarse, buscando un bienestar genuino), nos hallamos con que lo bueno debe ser la afirmación de dichas cualidades en este contexto. El pensamiento y la acción han de dirigirse hacia la búsqueda del bienestar humano, individual y social. “Lo bueno” está implícito en la necesidad humana de conocer y hacer la propia vida. Ser bueno o “tener virtud” es cumplir con la necesidad humana de conocer y transformar en el ámbito de nuestras relaciones con el prójimo.
Así, pues, está constituida la escena de la moral: por un lado las normas, por otro, los actos, e implícitamente entre ambos, lo bueno. Estos son los elementos principales que protagonizan el desarrollo moral, mientras existen otros elementos secundarios de los cuales se hablará enseguida, al tratar sobre la forma en que interactúan los elementos principales.
Las normas y los actos morales pueden expresarse en dos formas: como costumbres o como creación. La primera es una forma pasiva y convencional, mientras que la segunda es activa y revolucionaria. Es en esta última donde hallamos el verdadero espíritu de la moral, que busca siempre renovarse a sí misma. En la moral activa, no son normas escritas o actos morales cotidianos los que rigen; en su lugar están la consciencia moral y las acciones heroicas. La consciencia moral se forma fines de acuerdo a las condiciones concretas de las relaciones sociales y sus posibilidades en el futuro:

[La] perfectibilidad incesante, al ser inteligida por la mente humana, engendra creencias aproximativas acerca de la perfección venidera […] Los ideales son hipótesis de perfectibilidad, simples anticipaciones del eterno devenir.[4]

            Los ideales son fines que la razón humana se construye en los cuales anida la posibilidad de un perfeccionamiento. En la decisión de realizarlos aparece el sentimiento del deber. Sobre este, también Ingenieros nos dice:

Sin ser ley escrita, el sentimiento del deber es superior a los mandamientos reveladores y a los códigos legales: impone el bien y execra el mal, ordena y prohíbe. Refleja en la consciencia moral del individuo la consciencia moral de la sociedad […][5]

Tanto los ideales como el sentimiento del deber no derivan de ninguna autoridad externa al sujeto que los posee, sea esta la costumbre, la iglesia o códigos legales, sino que provienen de una consciencia moral genuina en el individuo. A su vez, esta consciencia moral es la interiorización de un conjunto de relaciones en que el sujeto ha participado activamente, fortaleciendo su integridad. La consciencia moral genuina y la actividad creadora, original, son mutuamente dependientes. Así, también existe una consciencia moral enajenada que corresponde a un conjunto de relaciones en que el sujeto no vale por sí mismo, sino por su inclusión en tal conjunto de relaciones. En este caso el individuo no es creador de su vida moral, ésta no mana de sus decisiones; sino que simplemente es un “usuario” del conjunto de relaciones existentes, a las que adapta su comportamiento.
En relación con la consciencia moral, Erich Fromm distingue también una consciencia autoritaria y una consciencia humanista (enajenada y genuina, respectivamente, en los términos ya mencionados). Sobre la consciencia humanista dice:

La consciencia humanista […] contiene asimismo la esencia de nuestras experiencias morales en la vida. En ella conservamos el conocimiento de nuestro fin en la vida y de los principios por medio de los cuales lo logramos […] es la expresión del interés propio y de la integridad del hombre, mientras que la consciencia autoritaria se ocupa de la obediencia, el autosacrificio y el deber del hombre o su “ajuste social”.[6]

            Mediante una consciencia humanista (genuina) fuerte el hombre es capaz de establecer relaciones productivas con sus semejantes; mientras que con una consciencia autoritaria (enajenada) no, puesto que serán relaciones rutinarias, de sumisión o de dominio, en donde no participa como persona íntegra sino más bien como un objeto. Enajena su humanidad proyectándola fuera de sí: en otra persona, en el deber, etc.
            Ambas formas de consciencia coexisten en todo individuo, ya que en el mundo actual coexisten también las condiciones que las posibilitan, las cuales son ostentadas o internalizadas por aquel (en el cuerpo individual y desde el cuerpo social). Mas sólo podemos proponernos el desarrollo de una consciencia moral genuina, es decir, que abogue por el desarrollo personal y social. Para ello puede ser de suma utilidad el ejercicio conjunto de la “reflexión” y de la “experimentación”: reflexionar con la experiencia (vida moral cotidiana) y experimentar con los productos de la reflexión (ideales).
            En lo dicho anteriormente queda claro que los ideales están sujetos a la verificación experimental y son susceptibles de modificaciones:

[…] Sobreviven los más adaptados, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo […] Todo ideal […] es una visión remota y por lo tanto expuesta a ser inexacta. Lo único malo es carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección.[7]

            La persona tiene que elegir entre dos opciones: una vida moral rutinaria (que más bien sería una muerte moral) o una  moral creativa, en la que haga valer su condición humana esencial. Si elige la segunda, tendrá que valerse de la reflexión sobre sus experiencias espontáneas para crear sus ideales y, de la experimentación deliberada con sus ideales para verificarlos; y todo esto para lograr ese equilibrio con el cual se adapta a su medio moral, pero transformándolo también. Y para esto están llamados, no sólo los filósofos, sino todo hombre y toda mujer. Es el modo en que pueden desarrollar su moralidad, cuyos elementos son la virtud y la consciencia.





Notas:

[1] Sánchez Vázquez, A. Ética. Ed. Grijalvo. México. 1969. P. 55.
[2] Para una historia de lo bueno, consúltese: MacIntyre, A.; Historia de la ética; Ed. Paidós.
[3] Ingenieros, J. Las fuerzas morales. EDITORA LATINOAMERICANA. 1957.  P. 57.
[4] Ídem, p. 57.
[5] Ídem, p. 68.
[6] Fromm, E. Ética y psicoanálisis. FCE. México. 1986. P. 174.
[7] Ingenieros, J. Op. Cit. P. 110.

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