jueves, 19 de enero de 2012

La Existencia como problema metafísico

INTRODUCCIÓN
Martin Heidegger expone en su ensayo “¿Qué es metafísica?” un sentido inédito de esta disciplina filosófica. Más aún: concluye que no es una disciplina filosófica sino una condición inherente a la naturaleza humana. Para ello, Heidegger se plantea un interrogante metafísico, lo elabora y finalmente llega a una respuesta. En este proceso se muestra el significado de la metafísica.

El problema planteado en la citada obra es la cuestión acerca de la nada. Y, como problema metafísico, abarca en su totalidad el problematismo de la metafísica, involucrando necesariamente al sujeto que se lo plantea. En su desarrollo, además, salen a la luz una serie de  conceptos correlativos a la cuestión de la nada, a saber: negación, ente en total, angustia, existir, trascendencia, entre otros.

El propósito de este ensayo es desarrollar un problema metafísico en torno a la cuestión de la existencia, partiendo del material (tanto conceptual como metodológico) que el propio Heidegger nos proporciona en su libro.

¿Qué es existir? Este es el interrogante de mi problema metafísico que, antes que nada, tendré que justificar debidamente en la primera sección de este trabajo, para luego proceder a su elaboración y respuesta. En el desarrollo de este problema sostengo implícitamente la consideración de que hay una sola definición de la esencia de la existencia, pese a que se manifiestan diversos géneros de existencias y, que tal definición logra dar sentido y comprende a todos ellos.

JUSTIFICACIÓN DE LA PREGUNTA POR LA EXISTENCIA
¿Cómo podemos justificar el interrogante por la existencia? Ante tal interrogante estamos, de inicio, como la ciencia ante el problema de la nada[1]. Aparentemente no es una cuestión de la que debamos preocuparnos: el que las cosas y nosotros mismos existamos es lo más trivial que puede haber. Además, ¿para qué preguntar por la existencia en tanto que existencia?

Ciertamente, no se trata de cuestionar la existencia de tal o cual cosa en especial, sino a la existencia en su totalidad, incluyendo la propia existencia. Por esto es que tal cuestión sobrepasa a la intención y el alcance de cualquier cuestión científica particular. Las ciencias indagan el modo de ser de las cosas desligándolas del resto y de uno mismo como investigador. Igualmente, todos nosotros nos movemos en una cotidianidad donde conocemos la existencia de muchas cosas, pero, ignorando la relación intrínseca que guardan con el resto y con nosotros mismos.

Heidegger nos expone esta situación en ¿Qué es metafísica?:

[…] en todas las ciencias, siguiendo su propósito más auténtico, nos las habemos con “el ente mismo”. […] La referencia al mundo que impera en todas las ciencias, en cuanto tales, las hace buscar el ente mismo, para hacer objeto de escudriñamiento y de fundamentación, en cada caso, el “qué” de las cosas y su modo de ser. En las ciencias se lleva a cabo –en idea- un acercamiento a lo esencial de cada cosa.
Esta especialísima referencia al ente mismo en el mundo es sustentada y conducida por una actitud de la existencia humana, libremente adoptada. También en su hacer y omitir, pre y extracientíficos, el hombre tiene que habérselas con el ente. Pero la ciencia se distingue porque concede a la cosa misma, de manera fundamental, explícita y exclusiva, la primera y última palabra.[2]

En todo conocimiento, por más simple o complejo que sea, hay una referencia a las cosas; a la existencia de las cosas concretas, mas no al mundo en su totalidad o a la existencia en tanto que existencia. Así pues, el conocimiento científico, igual que el común, es un conocimiento cosificado, en el sentido de que sólo da cuenta de cosas, mas no del mundo o realidad íntegra.

La pregunta por el conjunto organizado de las cosas (mundo) es tan válida como la pregunta por una de esas cosas en particular. El hecho de que no se plantee tan comúnmente es, quizás, por el grado de complejidad que implica responderla. Sin embargo, además de ser una pregunta extrema es también radical, puesto que si se explica el todo se explica a las partes que lo constituyen orgánicamente.

LAS FORMAS DE LA EXISTENCIA
¿Cuál es la esencia de la existencia? La cuestión ya está planteada y, para responderla, es preciso elaborarla. Como dice Heidegger: “La elaboración de la cuestión debe colocarnos en aquella situación que haga posible la respuesta, o que patentice la imposibilidad de la misma”[3].

Empecemos por enumerar y describir las distintas acepciones del término existencia. ¿Qué es lo que decimos que existe? Existen las cosas inanimadas, existen los seres vivos, existimos nosotros (seres concientes) y existen cosas que son producto de nuestra actividad. Y en cada uno de estos géneros de existencia, lo que les da el carácter de tales a sus individuos es su unidad, que los distingue de otros. Al mismo tiempo, entre los diversos géneros, hay una diferenciación, aunque más formal.

Vemos aquí, entonces, lo que parece un rasgo característico de toda forma de existencia: su unidad diferenciadora. Cada cosa tiene su identidad, pero ésta se sostiene en la diferenciación con otras cosas. En palabras de Spinoza: “Cada cosa, en tanto que es en sí, se esfuerza en perseverar en su ser”[4]. Así, pues, la existencia de toda cosa se desenvuelve en una tensión (conatus) entre su forma actual de ser y cualquier otra posible (que puede entenderse como su no-ser o nihilidad).

No obstante, las maneras en que cada una de las formas de existencia antes citadas se esfuerzan en perseverar en su ser son distintas. Por lo mismo son formas distintas de existencia. Pero estas diferencias son algo que no podemos dejar pasar si queremos dar con una definición más rigurosa de la existencia en general. Por ello, analicemos más detenidamente estas diferencias.

Tenemos que la manera como la materia inanimada persevera en su ser es a través de la preservación de sus propiedades en medio de la contingencia de cambios y de las afecciones que recibe de otras cosas. Una piedra, por ejemplo, “existe” como tal si conserva sus propiedades físicas esenciales, como: su dureza, su estado sólido, su cohesión interna, etc. Si por alguna causa dejara de ser dura y se hiciera frágil, o se fundiera por alta temperatura, o se pulverizara, dejaría de existir como piedra y sería otra cosa: lava o talco, por ejemplo. Pero la existencia de la piedra como tal, en tanto que es un esfuerzo por perseverar en su ser, comprende la posibilidad de no ser piedra.

En cuanto a la existencia de seres vivos, con capacidad de percepción o sin ella, podemos decir que no se caracteriza por propiedades, como en la materia inerte, sino por facultades ó funciones. Dichas facultades son la organización específica de un cierto conjunto de seres inanimados.

En los seres vivos podemos encontrar facultades como la digestión, el crecimiento, la reproducción, la percepción, entre otras. Su existencia se define, entonces, por el despliegue de estas funciones. Dicho despliegue es su conatus. Y, respecto a la existencia inanimada, significa estar más allá. Ser vivo es no ser materia inerte. Pero esta existencia se sostiene sobre la posibilidad de no estar vivo, es decir, de la muerte, de volver a la forma inanimada de existencia. Sólo se persevera en vivir porque se puede morir.
Esta relación entre vida y muerte fue también señalada por Engels, en su tiempo:

Ya hoy debe desecharse como no científica toda fisiología que no considere la muerte como elemento esencial de la vida […], que no incluya la negación de la vida como elemento esencial de la vida misma, de tal modo que la vida se piense siempre con referencia a su resultado necesario, la muerte, contenida siempre en ella en estado germinal. No otra cosa que esto es la concepción dialéctica de la vida. […] Vivir es morir.[5]

Con esto, pues, se confirma que la interpretación de la esencia de la existencia como tensión entre ser y no-ser, como conatus, es algo factible en la existencia de la materia inerte y de los seres vivos. Pero, ¿a qué se debe el tránsito de la existencia inanimada a la existencia organizada de los seres vivos?

Es necesario responder a esta cuestión si se quiere tener una concepción más comprensiva de la existencia. ¿Qué relación existe entre las diversas formas de existencia? Manteniéndome al margen del problema de explicar un proceso de transición de una forma a otra de la existencia, consideraré a éstas en su correlación en la realidad actual. No podemos negar, por ejemplo, que los seres vivos utilizan a la materia inerte para conservarse. Es decir, que una forma de la existencia se subordina a la otra. La vida se vuelve un fin, mientras que las cosas un medio. Algo semejante ocurre en el paso de la mera existencia viva a la existencia racional.

Podría conjeturarse que los seres vivos se han constituido a partir de la existencia inanimada en un proceso azaroso donde el conjunto de existencias involucradas alcanzan entre sí una situación de equilibrio, generándose la unidad diferenciadora de una nueva forma de existencia. En dicho proceso las formas anteriores de existencia desaparecen como tales, dando origen a una nueva. En tal caso, la transformación se basaría en la misma tensión entre ser y no-ser antes mencionada, pero donde ha predominado el no-ser. Por lo que puede atribuirse al no-ser la esencia de la existencia como transmutación de una forma de existencia a otra, es decir, como sobrepasar o trascender de una forma a otra.

LA TRASCENDENCIA
Pero es en el paso de la existencia meramente animal a la existencia humana donde se pone de manifiesto con sentido más comprensivo el significado de la trascendencia y, por ello, la esencia de la existencia en general. El ser humano existe, trascendiendo a la existencia inanimada y a la existencia animal, por medio de la conciencia.

Dicha conciencia se caracteriza por ser la negación del conocimiento meramente sensible que caracteriza a los animales. Es el no-ser, la nada, de dicho conocimiento. De modo que el ser humano no se halla orientado, en tanto que ser humano, hacia un encuentro inmediato con las cosas, sino más bien hacia un reflejo de las mismas. El hombre, por esencia, trasciende a las cosas con que tiene contacto; no se halla prisionero en su percepción.

Esencialmente, la trascendencia humana respecto de la existencia animal, se revela en una nueva forma de conducta y de representación de la realidad. Así, pues, el hombre utiliza herramientas para controlar la realidad y posee un lenguaje para reflejar dicha realidad y tener control sobre su propia conducta.
Tanto el uso de herramientas como el del lenguaje son formas de conducta que son la negación de la conducta animal. En aquella tensión entre ser y no-ser ha predominado el no-ser, la nada. Y este trascender o sobrepasar de una forma de existencia a otra por medio de la negación se da junto a una correlativa integración de la anterior forma de existencia con su entorno. Las relaciones de cada cosa existente con su entorno posibilitan su negación y su trascender.

En el trascender del hombre sobre la existencia animal se da el mundo. Heidegger nos dice:

Llamamos a aquello hacia lo cual el Dasein como tal trasciende el mundo y ahora determinamos la trascendencia como ser-en-el-mundo (In-der-welt-sein). El mundo constituye la esencia unitaria de la trascendencia […][6]

Este mundo no es el del conjunto de cosas en sí, como algo objetivo en absoluto, ni tampoco la pura representación que de él tiene el sujeto (Dasein). Es tan sólo aquello hacia lo que se orienta el hombre como ser que niega su conducta animal y su conocimiento meramente sensible. Es algo más allá de la inmediatez de las cosas y de la percepción; es creación humana, y el hombre, a su vez, se halla determinado por él.

Así, pues, la esencia de la existencia humana consiste en el trascender y, éste, a su vez, tiene su base en la negación.

Existir (Ex-sistir) significa: estar sosteniéndose dentro de la nadaSosteniéndose dentro de la nada, la existencia está siempre allende el ente en total.[7]

Esta caracterización de la trascendencia que se funda en la nada o la negación y que se ha aplicado al trascender de una forma de existencia a otra es considerada por Heidegger como parte integral de la propia existencia cotidiana del hombre. El hombre, que ya ha emergido del mundo natural, está en constante posibilidad de retornar a él. De ahí que la propia existencia cotidiana del hombre se sostiene en la nada, tanto como en su conatus.

CONCLUSIÓN
Se ha visto, pues, cómo las distintas formas de existencia de las cosas singulares pueden ser descritas como un esfuerzo por perseverar en su ser (conatus). Además, atendiendo a las relaciones que sostienen estas distintas formas de existencia (materia inanimada, seres vivos y el hombre) se observa que unas se subordinan a otras de manera que una contiene a las otras y las determina. Y es en el hombre donde cohabitan todos los distintos géneros de la existencia.

Pero, esta acepción de la esencia de la existencia implica la posibilidad siempre real del no-ser, de la nada de las cosas. Esta nada tiene un papel esencial en el desenvolvimiento de la existencia de las cosas. Y, por lo que se observa en la diversidad de géneros de la existencia, es esencial en la estructuración de formas más perfectas de existencia. La nada posibilita, pues, la trascendencia en las cosas y, en el hombre, en particular, su trascender como ser conciente: de sí  mismo y de las demás existencias.

Además, el hombre sólo es hombre si pertenece a un mundo. El mundo es la totalidad organizada que determina la forma específicamente humana de existir. El hombre es parte de esta totalidad y, a su vez, ella misma es expresión de la trascendencia del hombre. Este mundo se caracteriza por la existencia de esas creaciones propiamente humanas: las herramientas y los símbolos (especialmente el lenguaje).

BIBLIOGRAFÍA
1.      Engels, Federico. Dialéctica de la naturaleza. Obras filosóficas. FCE. México. 1987.
2.      Heidegger, Martin. De la esencia del fundamento.
3.      Heidegger, Martin. ¿Qué es metafísica? Siglo XXI. Argentina. 1979.
4.      Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico. Porrúa. México. 1999.

NOTAS
[1] ¿Qué es metafísica? p. 42.
[2] ¿Qué es metafísica? p. 40.
[3]  Idem. p. 42.
[4] Ética. III, 6.
[5] Dialéctica de la naturaleza. p. 507.
[6] De la esencia del fundamento. p. 74.
[7] ¿Qué es metafísica? p. 49.


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