domingo, 1 de julio de 2012

La praxis ética como filosofía



El término “praxis”, para Adolfo Sánchez Vázquez, hace referencia a una actividad consciente del hombre que transforma un cierto objeto o realidad, de acuerdo a un fin racional. En este sentido, la praxis ética es una actividad consciente y transformadora de una circunstancia humana, de cierta forma de relaciones humanas, a la vez que transforma o moldea el carácter de la persona individual.

En cuanto a la filosofía, el mencionado autor dice en su obra “Filosofía de la praxis”, que la filosofía no es una forma de praxis, sino más bien una actividad meramente teórica. Para ser una forma de praxis, no debe quedarse en la mera teoría o interpretación del mundo, sino que debe servir de instrumento para su transformación.

¿Será posible hacer esta separación entre la filosofía como mera doctrina o teoría acerca del mundo y la filosofía como praxis? ¿Es posible la filosofía como praxis? A este respecto, autores existencialistas como Nicola Abbagnano, afirman la posibilidad si no de una filosofía como pensamiento sistematizado, sí como un “filosofar”, intrínseco a la existencia de todo hombre.

Analicemos, entonces, la praxis ética del ser humano (la estructura de la acción moral), y veamos en este proceso de análisis el papel que el filosofar o la filosofía pueden tener.

Estructura del acto ético.
Antes de analizar los elementos que conforman la acción moral es necesario mencionar que, en general, como decía el filósofo Aristóteles, toda acción humana se realiza con vista a un Bien, es decir, a un valor. La realización de este Bien es algo contingente. Aunque en la decisión de realizar ese Bien hay ya una determinación, ésta no es la única. Existen otras fuerzas internas o externas, subjetivas o circunstanciales, que pueden evitar la realización de dicho objetivo. Por esto se dice que la existencia humana está sobre la base de una indeterminación problemática, según palabras de Abbagnano.

En el texto de Adolfo Sánchez Vázquez, titulado “Ética”, se describe la estructura del acto moral en seis elementos: el motivo, el fin, la decisión, los medios, el resultado y las consecuencias. Los tres primeros son de naturaleza subjetiva o ideal, mientras que los tres últimos son de carácter objetivo o material; no obstante, nos dice el mismo Sánchez Vázquez, “son como dos caras de la misma medalla”. Lo que significa que la realización del fin o bien ético en la acción moral requiere de la interrelación de factores subjetivos y objetivos y que, además, la realización de tal fin afectará no sólo al individuo que lo realiza sino también a las circunstancias que lo rodean. La decisión del acto moral genera nuevas situación objetivas que afectarán a otros.

¿Qué son esos elementos subjetivos: motivo, fin y decisión?  El motivo es la intención que impulsa al individuo a actuar, el fin es lo que quiere realizar, para lo cual toma la decisión y no sólo lo contempla en su mente. Muchas veces el motivo no es el que se cree, por lo que se debe hacer un autoanálisis para esclarecer los verdaderos motivos y actuar con fidelidad a uno mismo, con verdadera autonomía. Igualmente, el fin es algo que debe establecerse con base en un razonamiento acerca de lo que debe hacerse, de lo que resulte más adecuado en la decisión, tomando en cuenta elementos objetivos como las circunstancias, los medios y las consecuencias de la acción.

Es en esta dilucidación de los motivos y los fines pertinentes, en conexión con las circunstancias, donde entra el filosofar, la reflexión. Sincrónicamente, se deben establecer las conexiones reales entre nuestra acción individual y las circunstancias que la rodean. Uno se debe preguntar qué puede hacer para aproximarse lo más posible a lo que debe hacer, y elegir los medios disponibles. Los resultados podrán no coincidir perfectamente con el ideal trazado, pero su aproximación puede significar un replanteamiento de nuevas decisiones cuyos resultados nos acerquen más a él. Se trata de un proceso abierto de aproximación al fin en medio de la indeterminación problemática de la existencia.

Pero este proceso de reflexión y de decisión auténtica, si bien se realiza en el presente, también efectúa la conexión entre el pasado y el porvenir. Efectúa la estructuración de una totalidad, no sólo espacial, sino también temporal. Se busca con ello, en cierto sentido, la actualización del Ser del Hombre, a través del desarrollo individual y de la historia de los pueblos. Ambos procesos se conectan entre sí. Esto se pone en evidencia, por ejemplo, cuando surgen movimientos sociales sobre la base de un cambio individual generalizado ya muy maduro, pero que no había tenido ocasión de manifestarse. Las decisiones individuales acumuladas por cierto tiempo generan nuevas posibilidades de acciones colectivas.

La mayor o menor autenticidad de una decisión ética dependerá de su valor histórico, aunque no tanto de sus efectos históricos. La decisión ética es siempre de índole personal, y aunque fuese capaz de conformar un mundo perfecto si se volviese de uso universal (he aquí su valor histórico), no lo puede hacer sin el concurso de los demás; sin embargo, este obstáculo no le quita su valor histórico, ni su valor ético por excelencia, así sea un solo hombre o una sola mujer en todo el mundo quien asuma dicha decisión auténtica.

La libertad.
En la decisión auténtica, la persona afirma su libertad como individuo humano, en contra de una forma de existencia pasiva, convencional, dispersa en medio de la rutina, y se orienta hacia la trascendencia de lo histórico. Es en ella donde se manifiestan las capacidades creativas del ser humano.

A la realización de esta libertad están llamados todo hombre y toda mujer, aunque sólo unos cuantos oigan este llamado y se mantengan fieles a él, saliendo de la mediocridad de la existencia a la luz de la Historia.

Y, no obstante lo ya señalado del papel que tiene en esta decisión auténtica el ejercicio del entendimiento, no se debe olvidar que (como seres finitos que somos) la afectividad es intrínseca a nuestra naturaleza y no podemos ignorarla o renegar totalmente de ella. Al contrario, nuestro entendimiento debe fundirse con nuestra afectividad para poder transformarnos realmente y entonces auto-poseernos. Nuestro ideal debe ser algo más que una mera idea: debe ser también un fuerte sentimiento que se oponga a los afectos que nos esclavizan en una forma de vida estéril.

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