jueves, 15 de abril de 2010

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo

Por Marco Sanz

Nicolás Maquiavelo nació en Florencia, Italia, el 3 de mayo de 1469. Aunque se sabe poco acerca de los primero años de su vida, es notable que recibió una muy adecuada formación humanística. En 1498, tras los cambios sobrevenidos en Florencia después de la ejecución de Savonarola, el monje que intentó imponer ascéticas formas de gobierno y religión, Maquiavelo fue promovido a ocupar un cargo importante: jefe de la segunda cancillería; contaba tan sólo 29 años de edad. Inicialmente su función estaba referida a los asuntos internos de la República, pero después fue nombrado secretario del consejo ejecutivo de la ciudad. La primera misión importante de Maquiavelo fue la llevada a cabo en 1500 ante la corte de Francia. A su vuelta desempeñó otras tareas diplomáticas. Testigo de las duras acciones llevadas a cabo por César Borgia contra sus enemigos de la ciudad de Sinigaglia, se convirtió admirador y amigo de aquél, creyendo que sus cualidades serían la solución para poner fin al desorden reinante en los estados italianos. Muerto el papa Alejandro vi, padre de César Borgia, y muy poco después su sucesor, fue elegido Julio ii, implacable enemigo de la familia Borgia. Con la venida abajo de la dinastía de los Borgia, Maquiavelo a su vez fue enviado a prisión. Después, elegido Piero Soderini primer magistrado de Florencia, Maquiavelo se convirtió en su mano derecha, inspirando la creación de una milicia y la división del territorio en distritos, bajo su propia supervisión. En 1513, acusado de conspiración, fue encarcelado y sometido a tormento. Libre al poco tiempo, en la total pobreza, Maquiavelo se retiró con su familia a una pequeña propiedad cercana a la ciudad. Fue allí donde escribió su obra más famosa y de la cual hablaremos un poco aquí: El príncipe. Dirigido a liberar a Italia de manos de los bárbaros, este libro es la exposición de la teoría política de Maquiavelo cuya premisa es grosso modo que el príncipe ideal debía establecer un poder absoluto capaz de acabar con la corrupción política y las disensiones internas del estado, y para ello recomendaba todos los medios, incluso la mentira y la violencia.

Muchos podrían estar de acuerdo en que el mayor mérito de Maquiavelo fue el haber diseñado una teoría política basándose en los hechos concretos, es decir, al margen del seductor efecto de las ideas que tienden a perder el suelo. Este aspecto de la contribución del autor florentino representa —para la mayoría—un avance en la materia pues separa de una manera tajante a la política del ámbito moral. Y esto se puede comprender muy bien si a la vez se entiende que El Príncipe es más un manual donde se normativizan la acción y el ejercicio del poder que una obra para la recreación y de inofensivas consecuencias.

Dividido en veintisiete capítulos, este libro se inicia con una abierta dedicatoria a Lorenzo de Médicis por parte de Maquiavelo; es aquí donde se muestra claramente el objetivo al cual apunta la redacción de esas páginas: «discurrir y formular reglas sobre el arte de gobernar de un príncipe».[1]

Entrado en materia, Maquiavelo va a decir que existen dos clases de principados: los hereditarios y los adquiridos o nuevos. Cada una de estas clases reúne ciertas características que facilitan o bien dificultan la manutención del poder. Así, por ejemplo, los principados hereditarios, productos de una continuación dinástica, se mantienen si no se cambian las órdenes de quienes gobernaban anteriormente y la tarea del sucesor consistiría únicamente en contemporizar con los acontecimientos; en este tipo de principado no se tiene el mayor problema pues se trata de continuar un ejercicio del poder ceñido por la tradición. Por otra parte, un principado nuevo se consigue a través de varios medios, a saber: con la ayuda de armas ajenas, gracias a la fortuna o, en todo caso, al valor; por tanto, este tipo de principado padece de cierta fragilidad y su mantenimiento requiere de un extraordinario esfuerzo. Y si se trata de uno que no es nuevo del todo sino que lo es sólo en tanto miembro adherido a un gobierno de mayor antigüedad se lo llama «mixto»; las dificultades de conservar un principado con estas características aumentan si el otro gobierno se diferencia por el idioma, las costumbres y el sistema de normas.

Para Maquiavelo cada decisión, cada gesto, cada guiño que se lleve a cabo dentro de la esfera del poder tiene sus consecuencias, es por eso que traza muy cuidadosamente los lineamientos necesarios para que ningún estrinque quede suelto y la conservación del poder sea tan efectiva como irrebatible. Maquiavelo comienza el capítulo iv haciendo alusión a un hecho histórico con la finalidad de hablar sobre los dos modos en que se gobiernan los principados: «o por un príncipe y todos los demás servidores, los cuales, como ministros, por gracia y concesión suya, ayudan a gobernar aquel reino; o por un príncipe y por barones, los cuales, no por gracia del señor, sino por antigüedad de la familia, tienen aquel puesto».[2] Propiamente en el capítulo v se hace mención de la manera más adecuada de gobernar un estado que, antes de ser ocupado por el príncipe, se regía por sus propias leyes; una de esas maneras es arruinarlos y la otra es yéndose a vivir al nuevo territorio; existe una tercera opción y es la de dejarlo con sus leyes pero creando un control en lo que a tributos y ámbito judicial se refiere a fin de conservar la fidelidad y asumir el control del poder. Un principado que se consigue por medio del valor experimenta dificultades con relación a las nuevas leyes o estatutos que impongan para fundar el nuevo Estado y la seguridad; este tema es tocado en el capítulo vi. En el vii se elucida que aquellos principados conseguidos a través de la fortuna y las armas ajenas presuponen un gran esfuerzo el conservarlos. En el viii se habla de aquel que se consigue por medio de maldades, léanse matanzas, traición, entre otras. Cada medio es ejemplificado por Maquiavelo con acontecimientos históricos y de la época, lo cual hace más comprensible los aspectos que todo príncipe debe de tomar muy en cuenta a la hora de ejercer su poder. Para Maquiavelo la conmiseración no representa un obstáculo cuando el ejercicio del poder se ve amenazado por fuerzas externas: trátese de la agitación producida por el descontento de un sector de los gobernados o la fractura de intereses dentro de la misma esfera que rodea al príncipe, éste no debe ceder y dejarse avasallar por la intriga proveniente de esas fases de su gobierno sino que, por el contrario, debe contrarrestar su efecto con mayores represalias sin que por ello tienda a convertirse en un tirano: el justo equilibrio entre ser temido y querido a la vez es una de las finalidades que todo buen príncipe debe perseguir.

En el desarrollo de su obra, Maquiavelo reconoce que un civil también tiene la posibilidad de llegar a convertirse en príncipe a través de dos vías: por medio de maldades o por la aprobación de sus conciudadanos. Sin embargo, «uno que se convierta en príncipe mediante el favor del pueblo debe conservarlo como aliado, lo cual es fácil, porque el pueblo sólo le pide no ser oprimido. Pero el que en contra del pueblo se convierte en príncipe con el favor de los grandes, debe, antes que ninguna otra cosa, tratar de ganarse al pueblo, lo que le es fácil cuando lo toma bajo su protección».[3] Por otro lado, existen los principados eclesiásticos, en los cuales «todas las dificultades se encuentran antes de poseerlos, ya que se adquieren mediante el valor o mediante la fortuna, y se conservan sin uno ni otra; se sostienen por medio de instituciones antiguas de la religión, las cuales son tan poderosas y de tales propiedades, que conservan a los príncipes en su Estado, de cualquier modo que producen y se conduzcan».[4]

En relación a las cualidades que debe reunir un príncipe, Maquiavelo anota la indiscutible necesidad de dominar el arte de la guerra. Son muchos los tópicos que encierra poseer un saber sobre el belicismo y Maquiavelo detalla en cada uno de los que él considera fundamentales para el carácter práctico de la guerra; es necesario conocer las ventajas y desventajas de apoyarse tanto de las diferentes especies de tropas como de las distintas clases de soldados pues según sean sus naturalezas el príncipe puede hacer un balance de las posibles consecuencias. En otros aspectos, un príncipe debe ser avaro pero no en extremo, debe ser temible sin perder el don de la clemencia, debe saber usar la ley y la fuerza cuando sea necesario y no hace falta que posea todas las virtudes pero sí es menester —y sobre todo conveniente—que aparente poseerlas. Maquiavelo entiende que el poder se conserva sólo cuando se logra un equilibrio entre las virtudes y los vicios, de manera que cada acción del príncipe se ejecuta no sin antes haber calculado todos los embates y consecuencias que dicha acción pueda traer consigo. Todas estas cuestiones son tratadas desde el capítulo xiv hasta el xviii, e incluso el xix está dedicado a las formas eficientes para evitar ser despreciado y odiado por parte del pueblo y allegados.

No cabe duda que estamos frente a una obra realista, que toma sus datos no de una disposición puramente especulativa sino de los hechos concretos cuya naturaleza revela esa cara contradictoria y grosera de la realidad. En todo caso, esa fue la intención de Maquiavelo: extraer todo ese material empírico para condensarlo de alguna manera en una especie de manual que no dejara de lado los aspectos determinantes de la vida política de su tiempo. Si en momentos El Príncipe puede parecer demasiado severo es por el hecho de estar basado en la vida real de la política. Contrariamente al carácter ideal y proyectista de la República de Platón, lo que intenta hacer Maquiavelo con esta obra es dar cuenta de los alcances del poder y de cómo éste debe mantenerse cuando se ejerce dentro de una realidad tan compleja y tan sesgada por intereses individuales como lo es un Estado.

Notas:

[1] Nicolás Maquiavelo, El príncipe, trad. Ángeles Cardona, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 10.
[2] Ídem., p. 24.
[3] Cfr. Nicolás Maquiavelo, Op. cit., p. 50.
[4] Ibid., p. 55.

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