viernes, 27 de mayo de 2011

Los valores éticos en la filosofía de Spinoza





1. El concepto inmanente del valor.
El concepto de valor, tal como se entiende en la actualidad, denota un fin apetecible, algo que es preferible, y que se erige como una norma. Se habla de fines, tanto en el terreno de la conducta moral como en la creación artística; en las acciones políticas tanto como en la vida religiosa. Dada esta definición del valor como un fin apetecible, interesa examinar la posibilidad de que en la Ética de Spinoza pueda haber una axiología de los valores éticos y en qué forma. ¿Qué tanta actualidad podrá tener dicha axiología, si es que existe?

Para empezar, hay que decir que Spinoza hace una crítica directa al uso tradicional de las causas finales, trascendentes, en la investigación de la verdad. Esta consideración de las causas finales por la tradición metafísica trae como consecuencias que el ser humano se halla esclavizado por dos ilusiones: la ilusión de la libertad de la voluntad y la ilusión teológica. La primera consiste en que los hombres creemos ser libres sólo porque tenemos conciencia de nuestros deseos aunado al hecho de que ignoramos las causas eficientes que los determinan. La ignorancia de estas determinaciones hace creer al hombre que son deseos libres de su voluntad. 

Ser conscientes de nuestros deseos no implica, para Spinoza, un conocimiento adecuado de las cosas o de uno mismo. La conciencia expresa fundamentalmente efectos, resultados finales de procesos de pensamiento, mas no sus principios, es decir, lo que las cosas son realmente. Así, por el hecho de que el hombre aprende a andar erguido afirma que él es para andar en esa posición, pero sin explicar por qué, es decir, qué causas lo han determinado a ello. Igualmente, por el hecho aparente de que el ser humano es la criatura que domina a las demás, la mera conciencia hace decir al hombre que la naturaleza ha sido dispuesta para ello. El hombre extrapola la ilusión de voluntad libre al mundo en que vive, e inventa la voluntad divina. Hay en el mundo un orden que es producto de la voluntad de Dios. Esta es la segunda ilusión ya mencionada.

Considerando la crítica que hace Spinoza a las causas finales, su negación de toda teleología, la primera idea que surge en la mente es que anula todo valor. Éste, entendido como un fin apetecible, que se convierte en norma, no implica un conocimiento adecuado de las cosas ni de uno mismo. Los valores, entendidos así, como normas trascendentes a la experiencia del individuo, inducen en el hombre el hábito de la obediencia más que el de conocer. Y esta crítica, si la ubicamos en el contexto histórico en que es planteada por Spinoza, depende del hecho de que el filósofo holandés se hallaba obligado por la necesidad de romper con el sistema de valores de su época que se basaba en la exaltación de la pasiones tristes, es decir, en la promoción de la impotencia humana y su esclavitud, y esto, en nombre de una supuesta “Virtud”.

La crítica spinoziana a la teleología implica la crítica de los valores, si entendemos por estos al conjunto de normas que se imponen en la vida moral y que significan la paralización del desarrollo de los individuos. Para Spinoza no existen un Bien ni un Mal, absolutos, trascendentes, que deban regir a los seres humanos. Sin embargo, existen “lo bueno” y “lo malo”, como valoraciones particulares de los individuos. Estos valores son inmanentes a la vida misma de los individuos, inseparables de ella. Existen, a la vez, valores colectivos; es decir, aquellos que son hechos en conjunto por los individuos y que implican el consenso de todos. En ambos casos, ya sean valores particulares o colectivos, cada uno de ellos expresa la naturaleza o necesidad de quien lo estipula.

Si hay un criterio general de valor, éste es el del conato, el del esfuerzo por perseverar en el ser. La esencia y la virtud de todo ser humano han de ser este empeño que ponga por autoconservarse. Este conato, que es consciente, recibe el nombre de deseo. Las circunstancias exteriores al individuo pueden ser favorables o adversas a su deseo, y esto generará una cierta valoración, positiva o negativa. La valoración corresponde a un cierto estado del individuo, en su totalidad, tanto corporal como anímica. Es decir, no es una valoración racional o meramente sensible; para Spinoza lo que sucede en el cuerpo acontece paralelamente en el alma, por lo que no es posible separar la experiencia del conocimiento. Por ello, los “buenos” valores son aquellos que elevan el poder tanto del alma como del cuerpo, los que son frutos de la experiencia y del esfuerzo intelectual más originales, y que promueven esta experiencia y este esfuerzo. Unos valores que sólo promuevan la obediencia y la no-crítica, el no pensar o conocer, necesariamente son nocivos para el hombre.

Aquí podría plantearse, por otro lado, esa pregunta que suele hacerse en cuanto a los valores, si éstos son algo subjetivo u objetivo: ¿Son objetivos, o subjetivos, los valores para Spinoza? No son objetivos, puesto que no existen independientemente del individuo: deseamos algo, no porque sea bueno en sí mismo, sino porque lo deseamos primero, entonces decimos que es bueno. Todo valor presupone un individuo que valora. Tampoco es subjetivo el valor, en el sentido de que exista solamente en el alma. La afecciones del cuerpo, que moldean el deseo, implican siempre tanto la naturaleza del cuerpo humano como la naturaleza de lo que nos afecta. Así que, no nos inclinamos hacia ciertas cosas sólo por la fuerza de nuestro deseo, sino que hay en ellas mismas algo que concuerda parcialmente con nuestra naturaleza, y por eso las deseamos. La objetividad de los valores también se deriva del hecho de que el concurso de la multitud de valoraciones de los individuos de una comunidad se equilibra en una cierta valoración común, social, que luego existe al margen de los individuos. De esto podemos concluir que la valoración constituye una correlación de fuerzas: la tensión entre nuestro deseo y los objetos de nuestra inclinación o rechazo. Ambos elementos coexisten y no es posible hablar del valor separándolos.

La concepción inmanente del valor es, en resumen, la consideración del deseo como valor fundamental, que determina los otros valores en la tensión entre dicho deseo y las circunstancias objetivas que afecten al individuo. Dichos valores se conforman en una red de relaciones, entre individuo y objetos, y entre individuo e individuo. Y son inseparables de la experiencia y el pensamiento, al igual que estos mismos son inseparables. El concepto de valor que puede considerarse en Spinoza es el de este valor inmanente, que no se refiere puramente a entes ideales o meros sentimientos o a los objetos mismos, por separado, sino a la estructura de lo real como relaciones entre individuo y objetos, y entre individuo e individuo, en el mundo. 

2. Los valores éticos y el conocimiento.
Cuando el esfuerzo por perseverar en el ser de un individuo se ve reprimido, dicho individuo experimentará una afección de tristeza; pero, si su deseo se ve apoyado, será afectado de alegría. Estas dos afecciones constituyen la base de un sinnúmero de otras afecciones particulares, que recibirán sus nombres dependiendo de los objetos y las circunstancias con que se den. Por esto, la alegría y la tristeza, son llamados afectos primitivos. Aquí podemos llamarlos también “valores fundamentales”. A continuación expondré algunos valores que se derivan de estos valores fundamentales.

El amor, por ejemplo, sería el valor relativo al afecto de alegría cuando ésta se halla asociada a un objeto exterior. Uno ama cierto objeto porque nos produce alegría, es decir, un tránsito a un mayor grado de perfección, porque favorece de alguna manera nuestra potencia de existir. El contrario a este valor sería el odio, que se relaciona con la tristeza asociada también con un objeto exterior. Pero, el individuo que odia no sólo padece la tristeza que le produce el objeto odiado, sino que se esfuerza por evitarla, ya sea rechazando al objeto odiado, o huyendo de él, etc. Está en la naturaleza del ser humano, esforzarse por evitar los afectos tristes y crear los alegres puesto que, como ya dijimos, el conato o deseo es la esencia del hombre para Spinoza.

La esperanza es otro valor, y consiste en la alegría inconstante asociada a un hecho futuro o pasado de cuya verificación se tiene duda. Y un valor estrechamente asociado a ésta es el miedo, que es la tristeza que sobreviene cuando el individuo imagina que el objeto de su esperanza no se realiza. Los hombres sujetos a estos valores padecen lo que Spinoza llama fluctuaciones del ánimo, porque se ven alternativamente afectados por uno y otro valor.

La misericordia es el valor que consiste en el amor, en cuanto afecta de tal manera que se goza del bien de otro y se sufre por su mal. La envidia, por el contrario, es el odio mismo, en cuanto afecta al hombre de tal modo que se alegra del mal de otro y se entristece por su felicidad.

La soberbia es el valor que consiste en estimarse a sí mismo en más de lo justo por excesivo amor de sí mismo. Spinoza considera que este afecto no tiene contrario, es decir, que por odio hacia sí el individuo se estime en menos de lo justo. Sin embargo, considera que la abyección es estimarse a sí mismo en menos de lo justo por tristeza, es decir, por la consideración de la propia impotencia.

La gloria es el valor que consiste en la alegría asociada a una acción propia, por la cual somos alabados por los demás. La vergüenza, por el contrario, es el valor consistente en la tristeza asociada a una acción propia por la cual se ha sido vituperado.

Todos estos, que Spinoza llama afectos, nosotros bien podemos llamarlos valores. Se ajustan a la definición de valor inmanente dada más arriba. Puesto que todos son alegrías o tristezas, y éstos, son tránsitos a una mayor o menor perfección del individuo que las experimenta. No constituyen algo donde el individuo permanezca indiferente. Implican una tensión relativa entre el objeto que nos afecta y nuestro deseo. Y, además, son valores éticos, puesto que conciernen a las relaciones interpersonales.

Pero, obviamente, entre los valores inmanentes mencionados, no todos son deseables. Spinoza aboga por los afectos o valores alegres y considera que los tristes deben evitarse. Pero ambos tipos de valores éticos deben conocerse, para estar en posibilidad de realizar los alegres y evitar los tristes. Es aquí, con estos valores éticos, tanto positivos como negativos, donde este filósofo hace su propuesta de un modelo de la naturaleza humana, el cual debe ser realizado para garantizar el perfeccionamiento del hombre.

Ya antes se mencionó que para el filósofo holandés la experiencia y el conocimiento son fenómenos simultáneos. Pues bien, los verdaderos valores serán aquellos que sirvan al desarrollo de las potencialidades vitales y cognitivas en el individuo. En cierto sentido, podemos observar una jerarquía de valores, correspondientes a cada uno de los géneros de conocimiento, a saber: 1) con la imaginación, 2) con la razón y 3) con la ciencia intuitiva. Aunque, según Gilles Deleuze, en estos tipos de conocimiento sólo hay ruptura entre el primero y el segundo; entre el segundo y el tercero no la hay. 

Al primer género de conocimiento, que es confuso y mutilado, inadecuado, corresponde una forma de experiencia donde el individuo no actúa, sino que padece una acción del exterior; sufre una pasión, porque no es causa adecuada de su conducta. El individuo carece de autonomía, de libertad. No es capaz de organizar adecuadamente su conducta, es decir, conforme a su deseo o un deseo común con otro individuo.  Con la imaginación, pues, predominan los afectos tristes, sin embargo, también hay afectos alegres que resultan inadecuados, puesto que no dependen del individuo mismo sino de causas externas.

Los valores éticos descritos anteriormente expresan lo que el individuo humano es y no lo que debe ser. Naturalmente se halla inclinado hacia unos y hacia otros. Pero su estudio se hace con el propósito de que el individuo sepa elegir la mejor conducta, la que contribuya más a su bienestar. Así, pues, el mero sufrir estos afectos sin tener conciencia de ellos correspondería a un nivel de valoración que sería el más bajo. En cambio, si uno tiene desde antes de experimentarlos dicha conciencia o la elabora mientras los vive en un proceso de reflexión, entonces puede elegir y su conducta será distinta de aquel que no tiene conciencia de sus afectos; entonces, el individuo es más libre y puede actuar: su valoración será mejor. La jerarquía se da más bien en la forma de valoración que en los valores mismos.

En el segundo género de conocimiento, que es la razón, el individuo determina desde sí mismo el orden adecuado de los fenómenos del mundo que experimenta. Al mismo tiempo expresa o crea un valor, que puede ser de tipo ético, estético, político, lógico, económico, etc. Todos ellos, a la vez que implican un conocimiento, implican una acción. Sólo mediante la razón el individuo o los individuos en conjunto pueden crear valores. Y esta construcción de los valores estará guiada por el esfuerzo de perseverar en el ser de esos individuos y por los afectos alegres. Éstos últimos son aquellos en que el cuerpo humano se compone armoniosamente con los objetos que lo afectan, por lo cual se da un conocimiento adecuado de ellos. El resultado es la postulación o planteamiento de un valor positivo. De hecho, aún la identificación de los valores negativos tiene que darse a través de un conocimiento, y éste implica un esfuerzo y un despliegue de la potencia de conocer y, por tanto, la alegría. Por esto, podemos decir que, el conato y los afectos alegres son los únicos criterios que han de normar toda buena valoración. Ellos serían los únicos deberes.

Con la razón se relacionan los valores correspondientes al conocimiento de las cosas singulares y de las afecciones que producen en uno mismo. Por esto último, implican también un autoconocimiento. En la medida en que este conocimiento sea más perfecto se tendrá una visión total de la naturaleza cada vez más adecuada, es decir, un mejor conocimiento de Dios. La experiencia de este conocimiento de Dios implica el valor supremo del ser humano, que Spinoza denomina beatitud. También aquí está implícita la alegría: el conocimiento de Dios produce la máxima alegría, por lo cual el individuo lo ama con un amor intelectual



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